martes, 30 de diciembre de 2025

El Almirante de la Nada: Cuando la vida es prestada

A menudo me preguntan de dónde saco mis historias. La respuesta siempre es la misma: no las invento, las robo. Los escritores somos, en esencia, espías con licencia para contar lo que vemos. Observamos los gestos, los silencios y las grietas por las que se escapa la verdad de las personas.

El Mar Menor, ese espejo de aguas tranquilas que tanto amo, es el escenario perfecto para estas observaciones. En los clubes náuticos, entre el tintineo de las drizas y el brillo del sol sobre la fibra de vidrio, se representa a diario la comedia humana. Y a veces, la tragedia.

Hace poco, recordando mis días de navegación y convivencia en el pantalán, me vino a la mente la figura de un hombre que todos conocemos. Quizás no se llame Pepe, quizás su barco no esté en Murcia, pero existe. Es ese hombre que vive una vida que no le pertenece, manteniendo las apariencias para comprar un poco de respeto social.

Hoy quiero compartir con vosotros este relato corto. Una historia sobre la dignidad, las máscaras que nos ponemos para sobrevivir y la soledad que se esconde tras una sonrisa de capitán.

Espero que os guste.

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En el Club Náutico, la jerarquía no la dictan los galones, sino la eslora. Sin embargo, Pepe era la excepción que confirmaba la regla. Todos lo conocíamos como "Pepe el del yate", un título nobiliario que él llevaba con una sonrisa perenne, bronceada por el sol de Murcia y blanqueada por la salitre.

Era un tipo carismático, de esos que entran en la cantina y el camarero ya sabe que debe poner una ronda de marineras. Su barco, comparado con el mío —un crucero de doce metros con flybridge—, era apenas una cajita de cerillas flotante, un juguete de fibra de vidrio pulido hasta la obsesión. Pero Pepe lo trataba como si fuera el Bismark. Siempre estaba allí, baldeando la cubierta, ajustando defensas con la ayuda de unos marineros del puerto, cuidando que ningún grano de arena osara posarse en la teca sintética.

Hicimos buena amistad. Pepe era el rey de la hospitalidad prestada. Nos invitaba a fiestas en su pequeña cubierta, donde el vino peleón sabía a gloria y las risas rebotaban en el agua quieta del Mar Menor. En esos momentos, Pepe era el capitán de su destino, un hombre feliz.

Pero había una incoherencia en su guion. Una grieta en el personaje.

De vez en cuando, el "yate" se transformaba. Aparecía un coche de gama alta en el aparcamiento y descendía un hombre seco, con aspecto de notario aburrido o de ministro en vacaciones forzosas. Cuando ese hombre —el Señor Importante— pisaba el pantalán, Pepe se desmoronaba. Su carisma se evaporaba. Dejaba de ser nuestro amigo el capitán y se volvía invisible, servil. Si pasábamos por su lado, nos saludaba con un gesto furtivo, avergonzado, o directamente miraba al agua, como si temiera que nuestra familiaridad manchara la inmaculada presencia de sus invitados.

Aquello nos desconcertaba. "¿Qué le pasa a Pepe?", nos preguntábamos mientras brindábamos en mi barco, viéndolo a lo lejos, encogido, sirviendo copas a unos desconocidos que ni siquiera miraban el mar.

La verdad emergió una tarde de septiembre, fondeados cerca de la Isla del Barón.

Habíamos salido a navegar en mi barco. El Mar Menor estaba como un plato, una lámina de mercurio bajo un cielo violeta. Pepe aceptó mi invitación con una gratitud excesiva. Se sentó en la popa, con una cerveza en la mano, y por primera vez lo vi sin la máscara. No miraba su barco a lo lejos con orgullo, sino con cansancio.

—No es mío, Antonio —dijo de pronto, rompiendo el silencio que solo interrumpía el chapoteo del agua contra el casco.

Lo miré, sin entender.

—El barco. La "cajita de cerillas". No es mío.

Pepe se bebió la cerveza de un trago, como si necesitara tragar también su propia vergüenza. Me contó la historia con la voz rota de quien lleva años actuando en una obra que detesta. El verdadero dueño era aquel hombre gris, el Señor Importante, un empresario de Madrid al que el mar le importaba un bledo. Había comprado el barco por capricho de su mujer y para pasear a los nietos dos semanas en agosto. El resto del año, el barco era un estorbo.

—Llegamos a un acuerdo —confesó Pepe, con los ojos húmedos—. Yo soy el marinero. Me paga un sueldo por mantenerlo impecable, por encender los motores para que no se gripen, por vigilar que no entre agua. Y el pago incluía el permiso de usarlo. "Sácalo, Pepe, que los barcos parados se pudren", me dijo.

Pepe bajó la cabeza.

—Y yo lo sacaba. Y os invitaba a vosotros. Y por unas horas, me creía el dueño. Me creía alguien. Pero cuando él viene... cuando él viene, Antonio, recuerdo lo que soy. Solo el guardián del juguete de otro.

El viento de Levante sopló suave, trayendo el olor a sal y a algas. Miré a Pepe, a mi amigo Pepe, y no vi a un mentiroso. Vi a un hombre que había construido una dignidad de cartón piedra para sobrevivir a la mediocridad de su vida. Un hombre que amaba el mar más que el dueño legítimo, pero que no tenía los papeles para demostrarlo.

—La procesión va por dentro, ¿eh, Pepe? —le dije, poniéndole una mano en el hombro.

Él asintió, mirando hacia la Manga, donde las luces empezaban a encenderse. 

—Por dentro y en silencio, Antonio. Como los barcos fantasmas.

Desde ese día, cuando lo veo en el club, limpiando ese barco ajeno con la devoción de un padre, ya no veo al simpático "Pepe el del yate". Veo al actor más triste del Mar Menor, interpretando el papel de su vida a cambio de un poco de viento en la cara.


Nota del autor: Todos conocemos a alguien así, o quizás nosotros mismos hemos sido Pepe alguna vez, fingiendo ser capitanes en barcos ajenos. La vida tiene estas paradojas: a veces el que posee las cosas no las disfruta, y el que las disfruta no las posee.

¿Y tú? ¿Has conocido a algún "Almirante de la nada"? Te leo en los comentarios.

Antonio Capel Riera



viernes, 26 de diciembre de 2025

Los Niños de la Sirena

Este relato nace de una madrugada en una área de caravanas europea. Dos ancianos discuten por una tontería… pero en realidad no discuten ellos, sino los niños que fueron bajo las sirenas de la guerra. Una reflexión sobre la memoria, el dolor que no caduca y la paz interior que Europa aún no ha terminado de conquistar.

Fue la pandemia la que me enseñó la diferencia brutal entre sobrevivir y vivir. Cuando el mundo se cerró, yo me quedé aislado en mi barco; lo que siempre había sido símbolo de libertad se convirtió en una celda flotante de salitre, donde los días se repetían como olas idénticas. Sobrevivía, sí… pero no vivía.

Por eso, cuando todo pasó, tuve necesidad física de horizonte, de aire que no oliera a mar estancado, de movimiento real.

La camper fue mi salvación. Una casa pequeña con ruedas que te permite huir sin romper con nada, solo ir a buscar la vida que se te escapó durante el encierro. Desde entonces frecuento esas áreas de caravanas donde reina una coreografía silenciosa: mesas plegables impecables, saludos cordiales en tres idiomas, orden europeo, serenidad… apariencia de que ya nada duele.

Eso creía. Hasta aquella madrugada.

Me despertó una discusión que empezó áspera, como un motor frío, y terminó ardiendo. A la mañana siguiente los vi con la luz implacable del día: dos hombres octogenarios. Me sorprendió su firmeza. Tenían la dignidad recta en la espalda, el cuerpo aún entero, como esos edificios viejos que han aguantado bombardeos… pero siguen en pie. Uno era francés. El otro, alemán.

Discutían por una tontería —un cable, una sombra, una plaza—, pero el tono no correspondía al motivo. Y entonces lo comprendí. Fue como si alguien abriera una ventana antigua y entrara de golpe la memoria.

Cuando el mundo estalló en los años cuarenta, ellos no eran soldados. Eran niños.

Niños que aprendieron antes que la tabla del dos el sonido exacto de una sirena. Niños arrancados de la cama de madrugada, corriendo hacia sótanos húmedos con el corazón pequeño latiendo más deprisa de lo que un cuerpo pequeño aguanta. Niños que aprendieron demasiado pronto que el cielo podía matar.


Eso no se olvida nunca. Eso se queda tatuado en el hueso.

Por eso el francés no discutía por un aparcamiento. Gritaba desde aquel niño que descendía escaleras de hormigón mientras su madre le apretaba la mano. Y el alemán contestaba desde otra herida más silenciosa: la de crecer sabiendo que el mundo entero miró a tu país con horror, cargando una culpa que tú no escogiste, pero que te acompaña como sombra alargada.

Yo los miraba en silencio desde la ventana de mi camper y sentí una tristeza antigua. Nos gusta pensar que Europa es madura, que el tiempo cura, que las guerras quedan encerradas en libros de historia. Mentira. La guerra continúa cuando ya no caen bombas: sigue viviendo dentro de quienes escucharon las sirenas siendo niños… y siguen buscando refugio aunque ahora el refugio sea una parcela en un camping de lujo.

Aquella mañana comprendí algo que ningún tratado político explica:
las guerras no terminan cuando se firma la paz… terminan cuando dejan de doler.

Y viendo a aquellos dos hombres, fuertes todavía, orgullosos todavía… y heridos todavía, entendí que esa paz —la verdadera, la del alma— aún no ha llegado. Porque las sirenas dejaron de sonar hace ochenta años… pero los niños que las escucharon siguen vivos por dentro.

antonio capel riera


martes, 23 de diciembre de 2025

Ella no estaba a su altura… según ellos

La vida en los hospitales no solo cura cuerpos: también revela jerarquías, silencios y pequeñas tragedias que nunca salen en los informes clínicos. Hay historias que no ocurren en quirófanos ni consultas, sino en pasillos, cafeterías y miradas que pesan más que cualquier diagnóstico. Esta es la historia del doctor Algezares, un hombre que llegó lejos gracias al esfuerzo propio y al amor de una mujer… hasta descubrir que, en ciertos lugares, el mérito no siempre basta y las normas invisibles deciden dónde uno debe” sentarse.


La vida hospitalaria fue un mundo cerrado, con normas no escritas y una manera precisa de medir a las personas. La formación de los médicos resultó tan desigual como sus historias: algunos hicieron la carrera con la comodidad de un apellido conocido; otros, como el doctor Algezares, la levantaron a base de renuncias.

Algezares estudió con pocos medios y mucha vergüenza de pedir. Lo sostuvo su novia de toda la vida, auxiliar de clínica en uno de los grandes hospitales de la Región de Murcia. Ella dobló turnos; él aprobó asignaturas. Cuando terminó la carrera, el doctor no se cansó de agradecerlo: en su casa, entre los suyos, incluso en público. Nadie dudó de dónde venía aquel título.

Pero el hospital no funcionó con recuerdos.

Allí la jerarquía fue clara y silenciosa: médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, conductores, limpieza, mantenimiento. Cada cual tuvo su sitio, incluso en la cafetería. No estuvo bien visto que un médico bajara a tomar café con una auxiliar. Se toleró con una enfermera —rango universitario, pieza complementaria—, pero no más abajo. No por maldad, sino por costumbre.

Al principio, el doctor Algezares bajó con su novia como siempre. Luego llegaron las miradas. Algún comentario suelto. Frases envueltas en consejo: que ese ya no era su estatus, que ahora representaba otra cosa. Él escuchó sin responder, convencido de que aquello no iba con él.

Las idas al café se hicieron menos frecuentes. Y cuando ocurrieron, fueron a horas raras, con poca gente. El hospital siguió funcionando, pero algo quedó atrás.

Un día, el doctor Algezares empezó a bajar con una pediatra. Flamante, joven, de bata impecable. Nadie dijo nada. Nadie tuvo que decirlo.

El noviazgo de toda la vida se deshizo sin ruido. El agradecimiento, que antes llenó las conversaciones, desapareció como si nunca hubiera sido necesario. Ella siguió entrando por la misma puerta, con el mismo uniforme. Él también, pero ya no miró igual.

Desde entonces, el doctor Algezares tomó el café donde 'debía'.

Antonio Capel Riera

domingo, 21 de diciembre de 2025

Antonio Capel Riera (Tony Capel)

En este blog, Antonio Capel Riera (Tony Capel), escritor, pionero del rock murciano y piloto, comparte relatos, memoria y cultura…

viernes, 19 de diciembre de 2025

Cinco meses de vida garantizada

La vida, a veces, tiene un humor muy particular. Fui a pedir cita para el especialista y salí sin saber si reír o llorar… hasta que entendí que, en lugar de angustiarme por la espera, podía celebrarla como una prórroga de vida. Porque a veces la mejor medicina no está en la consulta, sino en cómo decidimos mirar el tiempo que aún tenemos.


Cuando voy a pedir cita para un especialista en la Seguridad Social siempre me pasa lo mismo: entro serio… y salgo sin saber si reír, llorar o pedir palomitas. Y lo digo con cariño, porque nuestra sanidad es de las mejores del mundo; lo malo es que va un poco desacompasada con el calendario de los mortales.

Esta mañana, en pleno diciembre, necesitaba cita para el dermatólogo. La muchacha del mostrador, amable como un amanecer con café, me pidió la tarjeta, miró la pantalla, tecleó, volvió a mirar, hizo una pausa dramática digna de Hollywood… y me dijo con dulzura:

—Mayo.

Y ahí tuve que elegir qué persona quería ser:
la que protesta porque la cita tarda cinco meses…
o la que celebra que el Sistema Nacional de Salud acaba de certificar que voy a seguir vivo, como mínimo, hasta mayo, y además lo bastante sano como para poder esperar.

La decisión fue fácil: me fui contentísimo. Oiga, que no todos los días te regalan cinco meses garantizados por el Estado… y gratis.

Así que he decidido vivirlos, disfrutarlos y reírme un poco mientras tanto. Los médicos llegarán cuando tengan que llegar… y si llegan tarde, será buena señal.

Porque al final la vida es como esa cita:
unos ven la lista de espera…
y otros vemos tiempo regalado.

Sentencia capeliana:
A veces no falta médico: lo que sobra es prisa… y lo que falta es aprender a agradecer que todavía estamos aquí para esperar.

antonio capel riera

lunes, 15 de diciembre de 2025

Morir por los pies

En la universidad nos enseñaron muchas cosas, pero algunas frases se te quedan grabadas para siempre. No por su dureza, sino porque el tiempo, desgraciadamente, se empeña en darte la razón.

Por mi especialidad se ha cumplido siempre aquello que nos repetían en la facultad con una seriedad casi bíblica:

El diabético muere por los pies… y se queda ciego.

No era una metáfora ni una exageración académica.
Era una advertencia.

Un diabético que no cuida sus pies es un firme candidato a la amputación y, con algo de mala suerte, a una infección generalizada que ya no entiende de excusas ni de buenas intenciones. El verdadero problema no es solo la enfermedad, sino algo más humano y más triste: muchos diabéticos no quieren entenderla. Se niegan. No ponen parte de sí.

Y eso, con los años, se paga caro.

Los recuerdo con tristeza serena, nunca con reproche.

Recuerdo especialmente a una señora que venía a la consulta sonriente, asegurando que cada vez veía mejor, mientras se quejaba de que le dolían muchísimo los pies. Al mirarla con calma entendí enseguida lo que ocurría: llevaba los zapatos cambiados. No lo notaba. No podía notarlo.

No le dije cuál era su verdadero mal.
A veces decir toda la verdad de golpe no cura; solo asusta.

Le hablé con tranquilidad. Le dije que íbamos a solucionar el problema: unas cremas hidratantes, cuidado diario, y asunto resuelto. Se levantó del sillón agradecida, casi adorándome, convencida de que el problema había desaparecido.

Yo me quedé sentado unos segundos más.

No celebré la victoria.

Porque sabía que, en realidad, habíamos ganado una batalla pequeña… en una guerra mucho más grande, una guerra silenciosa contra la negación, el miedo y la falta de conciencia de una enfermedad que no perdona descuidos.

Y por eso, con los años, he llegado a un axioma sencillo, sin adornos y sin discusión:

Un diabético vigilado y controlado vive más y mejor que uno que no lo es.

Antonio Capel Riera


sábado, 13 de diciembre de 2025

La niña mejor peinada del barrio

Una historia mínima sobre dignidad, infancia y silencios que protegen

Hay infancias que no se recuerdan por lo que faltó, sino por cómo se sostuvo lo poco que había.
Esta es la historia de una niña, de su abuela y de unas mañanas silenciosas en las que la dignidad se peinaba despacio, antes de ir al colegio.


La abuela de mi vecina era siempre la primera en levantarse.
Yo la veía desde mi ventana, todavía medio dormido, cuando el cielo apenas había decidido si iba a ser un buen día o no.

En mi casa, a esa hora, todo seguía en silencio. En la suya, la abuela ya estaba de pie.

Éramos compañeros de colegio y casi siempre salíamos a la vez. Caminábamos juntos unas dos manzanas hasta la escuela. A veces hablábamos, a veces no. No hacía falta.

Algunas mañanas mi madre se ofrecía a llevar a mi vecinita en coche. Lo hacía con naturalidad, como quien no quiere que se note. Su madre era viuda y trabajaba mucho. En aquella casa nada sobraba, pero tampoco faltaba lo esencial.

Yo notaba las diferencias.
Las luces en su casa eran débiles. Cuando pasaban de una habitación a otra, apagaban una y encendían la siguiente. En la mía, las luces se quedaban encendidas sin que nadie se acordara de ellas.

Pero lo que más me llamaba la atención era la abuela.

Cuando yo miraba por la ventana, ella ya estaba peinando a la niña. Lo hacía despacio, con una paciencia antigua. El peine brillaba y el pelo quedaba perfecto.

En el colegio, la niña era siempre la mejor peinada. Tal vez por eso parecía la más limpia. Y tal vez por eso algunas compañeras no la miraban con buenos ojos.

A veces se acercaban. Decían cosas. Yo me acercaba también. No decía nada. Me quedaba allí. Solía bastar.

Fuimos amigos muchos años.
Un día, antes de entrar en la universidad, me dijo simplemente:

—Gracias.

No explicó nada más.
No hacía falta.

Después perdimos el contacto. La vida suele hacer eso con la gente que fue importante demasiado pronto.

A veces me pregunto qué habrá sido de ella. Me gusta pensar que alguien la peina todavía con el mismo cuidado. Y si no, que al menos recuerde que hubo mañanas en las que todo estaba en su sitio.

©antonio capel riera


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Pepi, la Chica de Ojos Verdes que Encendió el Rock en Murcia

En la Murcia roquera de finales de los sesenta, cuando soñábamos con guitarras eléctricas y fama sin un duro en los bolsillos, existía un santuario: la tienda de discos donde reinaba Pepi, la chica de los ojos verdes. Todos suspirábamos por ella, aunque su corazón tenía dueño… y ese dueño ni siquiera lo sabía. Este relato rescata aquella inocencia y la magia de una generación que vivió el rock con hambre, ilusión y algún que otro amor imposible.

PEPI, LA CHICA DE OJOS VERDES

A veces recuerdo aquellos años como quien abre una caja de zapatos llena de cintas viejas, púas gastadas y sueños que nunca terminaron de afinarse. En los albores de la Murcia roquera de finales de los sesenta, todos queríamos ser famosos. O, al menos, parecerlo. Una guitarra —aunque fuera prestada o medio rota— bastaba para creerse parte de algo grande.

Actuábamos donde podíamos: verbenas, patios de colegio, terrazas, fiestas donde nos dejaban tocar por amor al arte… o porque no había presupuesto para otra cosa. Muchas veces no nos pagaban; y cuando sí, el dinero se evaporaba en cuerdas nuevas, refrescos y algún capricho discreto que jamás confesaré.

Los discos eran tesoros, y sólo había un lugar donde encontrarlos: la tienda de discos de Pepi.

Pepi…
Esos ojos verdes aún alumbran rincones de mi memoria. No era solo la encargada; era la sacerdotisa de nuestra educación musical. Tenía una mirada que hacía olvidar guitarras hechas con cajas de fruta y amplificadores que sonaban como una lavadora enfadada.

Y por Pepi suspirábamos todos, desde el batería más tímido hasta el cantante más chulesco. Pero la bella Pepi tenía un secreto: su corazón latía por un músico guapetón de uno de los grupos más sonados de aquel tiempo.
Un muchacho con pose de estrella, que entraba a la tienda a hojear vinilos sin saber —o sin querer saber— que la mitad de los suspiros de Murcia llevaban su nombre.

La tragedia dulce fue que él nunca lo advirtió.
Ni una pista, ni una mirada, ni un gesto que le devolviera el sentimiento.
El amor de Pepi fue una canción bonita… pero nunca grabada.

Nosotros lo intuíamos.
Los músicos tenemos oído para esas cosas.

Aun así, todos inventábamos excusas para verla: que si las últimas novedades discográficas, que si había llegado un single imposible, que si buscábamos “inspiración”.
Mentira piadosa.
Íbamos a ver a Pepi.

Conocía a todos los grupos de Murcia: los Music Men, Siglo XX, Los Grillos, Los Capicúas, Los Brujos, Los Juniors, Sixfer's, Momentos, Sombras, Roller, Jorister's, etc…

¡A todos...!
Sabía quién desafinaba, quién cambiaba de batería cada dos semanas, quién se enamoraba y quién lloraba a escondidas.

Recuerdo un día en que nuestro ingenuo del grupo —el de las gafas de culo de vaso— entró decidido:

—Pepi, ¿ha llegado ya el último de los Beatles?
Ella sonrió, apoyada en el mostrador:
—No, pero has sido el primero en preguntar.

Y él levitó dos días.

La mayoría de las veces salíamos de la tienda sin comprar nada: no teníamos ni para una púa. Pero volvíamos con el alma encendida. Éramos estudiantes, éramos pobres… pero éramos felices. Soñábamos con escenarios enormes mientras tocábamos sobre sillas plegables. Soñábamos con discos propios mientras remendábamos cables que se rompían cada dos ensayos.

Lo más bonito no era tocar:
era esperar.
Esperar un disco, una canción nueva, un rumor… o la sonrisa verde de Pepi, que afinaba mejor que cualquier pedal.

Hoy no recuerdo la precariedad, sino la luz suave de la tienda, el olor a vinilo recién abierto y esa ingenuidad bendita que tenía la vida cuando todo estaba a punto de empezar… aunque no lo supiéramos.

Qué tiempos más bonitos.
Qué tiempos más ingenuos.
Qué suerte haberlos vivido.


viernes, 5 de diciembre de 2025

La Noche en que Aprendí a Mirar

En estas fechas de luces y villancicos, no todas las mesas están completas. Este relato nace de una revelación infantil que marcó mi manera de mirar la Navidad: el descubrimiento de que, mientras unas familias celebran, otras sirven la celebración. A veces, la mayor lección llega cuando eres niño y te das cuenta de que la tristeza trabaja en silencio


De niño, las Navidades eran un territorio mágico. Para unos reinaba Papá Noel; para otros, los Reyes Magos. Pero para todos —incluido yo— eran días de luces, regalos y ese olor a comida que parecía salir de los manteles y no de la cocina.

Aun así, muy temprano empecé a notar que aquella alegría tenía sombras. No grandes, no dramáticas… de esas sombras pequeñitas que solo un niño con alma observadora es capaz de ver.

Tenía un compañero de colegio —delgadito, siempre con los cordones desatados— que cada vez que hablábamos de las fiestas bajaba la mirada. No lo entendía. Con lo bonito que era soñar con juguetes nuevos y turrón, ¿qué podía dolerle a él?

Un día me atreví a preguntar.

—¿Y tú con quién pasas la Nochebuena?

—Con mi mamá —dijo sin levantar la cabeza—. Mi papá trabaja.

Yo, en mi ingenuidad de niño bienintencionado, imaginé un padre héroe: policía, médico, bombero… un hombre luchando contra incendios mientras su familia cenaba sin él. Así lo veía mi mente: épico y triste a la vez.

Pero mi amigo negó con suavidad:

—No… mi papá es camarero. Tiene que servir la cena en una casa de gente que yo ni conozco.

Aquella respuesta se me quedó entre pecho y espalda, como cuando uno intenta tragar saliva y no baja.

La vida es caprichosa: esa misma noche, en casa de mis tíos, había una gran celebración. Luces por todas partes, copas brillando, la mesa puesta como si fuera a sentarse un embajador. Y de pronto lo vi.

El camarero.
El hombre que servía las bebidas, que acomodaba los cubiertos, que recogía los platos con una profesionalidad silenciosa... era el padre de mi amigo.

Me temblaron las rodillas. No por vergüenza, sino por la revelación.

Lo miré bien.
Su manera de sonreír, forzadita.
Los ojos oscuros, cansados, tan parecidos a los de su hijo que parecían una copia en papel carbón.
Era como ver a mi amiguito vestido de adulto, sirviendo una fiesta que no era la suya.

Y allí, entre risas ajenas y villancicos demasiado alegres, entendí algo que me marcó para siempre: mientras unos celebran, otros sostienen la felicidad de los demás sacrificando la propia.

Sentí una punzada. Una rebelión íntima. Una especie de juramento silencioso: en estas fiestas, cada vez que una sombra de tristeza cruce un rostro, que también cruce el mío. Porque nadie debería vivir los días señalados desde la puerta de atrás.

Desde entonces, cuando llega diciembre, yo también me acuerdo de ellos: los padres que trabajan cuando deberían estar abrazando a sus hijos. Los hijos que esperan una puerta que no se abre. La Navidad que no siempre llega para todos a la vez.

Y lo confieso: aún hoy, cuando veo demasiada alegría junta, me sorprendo mirando alrededor… buscando al camarero.

Porque aquel niño que fui nunca dejó de hacerlo.

©antonio capel riera



jueves, 4 de diciembre de 2025

El Cuaderno de los Días Vacíos



Hay historias que no necesitan héroes, sino silencio.
Historias que nacen en habitaciones donde el tiempo se detiene y solo queda un cuaderno para recordar que alguien estuvo ahí, esperando una voz, un abrazo, un nombre.
Este relato es la confesión íntima de un hombre que escribe para no desaparecer del todo.
Un grito bajito.
Una herida abierta.
Una verdad que, de tan humana, duele.


Hoy también amanecí. 
No sé si es suerte o castigo. A veces abrir los ojos es como volver a una habitación donde ya no queda nadie, donde hasta el aire parece ajeno. El techo me mira con esa frialdad blanca de las cosas que han dejado de importarte.
En el pasillo suenan pasos, siempre los mismos. Van, vienen, se alejan. Ya ni me ilusiono. Aprendí a no levantar la cabeza, porque cada vez que esperé, sangré un poco por dentro. 
En la mesita está mi cuaderno: mi último intento de existir. 
Lo toco y siento que él es el único que todavía aguanta mi mano sin retirarse. Escribo cartas que jamás tendrán destinatario. A mi hija, que un día juró que nunca me dejaría solo. A mis nietos, que corrían hacia mí como si estuviera hecho de fiesta y no de huesos cansados. Ahora no saben ni si respiro. Tal vez es mejor así: el olvido siempre duele menos a quien se va que a quien se queda esperando. Hoy no vino nadie. Ayer tampoco. 
Hace semanas que no pronuncian mi nombre en voz baja, con cariño. Los enfermeros me dicen “el señor del cuarto 3”, y lo acepto. Es mejor ser un número que una decepción. Hubo un tiempo en que tenía una vida que hacía ruido. Ahora solo hago silencio. Y lo peor es que ya casi nadie nota la diferencia. 
Anoche soñé que golpeaban la puerta. Un sonido clarito, como si el pasado hubiese vuelto arrepentido. Me incorporé con torpeza pero con un corazón desesperado, dispuesto a perdonar cualquier abandono con tal de volver a escuchar “papá”. Abrí. Nada. Solo el viento. Ese viento que entra, revuelve los papeles y se va, como si viniera a recordarme lo poco que significo. 
Sé que pronto dejaré de escribir. No porque me falten ganas, sino porque ya no tengo fuerzas para seguir confirmando que nadie vendrá. Este cuaderno se acaba… y yo también. 
Si alguien encuentra esto algún día, quizá por pura casualidad, quiero que sepa algo: que aquí hubo un hombre que se rompió de tanto esperar, que se deshizo en silencio para no molestar, que se sostuvo con la frágil esperanza de escuchar su nombre una vez más. 
Me dolió vivir olvidado. 
Me duele más seguir vivo. 
©antonio capel riera

martes, 2 de diciembre de 2025

El Milagro de la Ermita del Pilar · Una noche que cambió la historia de ...

Murcia guarda secretos que no aparecen en los libros, pero siguen latiendo en cada esquina del casco antiguo. Uno de ellos es el Milagro de la Ermita del Pilar, una historia que mezcla devoción, ironías del destino y un disparo que, todavía hoy, resuena entre quienes amamos las viejas leyendas de esta tierra.

No es sólo un relato antiguo: es un pedazo de la Murcia barroca, orgullosa, ruidosa, imprevisible. Una ciudad donde un espadachín italiano sin demasiada puntería y un murciano con más honor que sentido común terminaron protagonizando un episodio que aún se cuenta en voz baja, como quien comparte un recuerdo sagrado.

En estas líneas te invito a entrar conmigo en esa noche decisiva, donde las sombras, las dudas y un acto de fe terminaron torciendo el rumbo de dos hombres… y quizá también el de la ciudad.

Dicen los viejos de Murcia que en ciertas noches, cuando el viento baja por la calle Vidrieros con ese murmullo que asusta más por lo que insinúa que por lo que dice, todavía se escucha un arcabuzazo lejano. No es trueno ni petardo: es el eco del disparo que casi se lleva por delante a un hombre justo… y que, gracias a un milagro, acabó cambiando el destino de un barrio entero.

Pero vayamos por partes.

Era una noche fría, de esas en que la ciudad se recogía temprano y solo los gatos parecían tener permiso para rondar. En lo alto de un muro, escondidos entre sombras, estaban dos hombres:
uno murciano, nervioso y cornudo famoso del Casino;
el otro, un espadachín italiano venido a menos, de esos que empiezan las historias con valentía y las terminan huyendo.

—¿Cuál de los dos es Don Rodrigo? —preguntó el italiano, temblando más por ignorancia que por frío.

—El que lleva la pluma más larga —respondió el murciano, que en su desesperación se aferraba a un detalle que ni él mismo estaba seguro de haber visto bien.

—¿Estáis seguro? —insistió el italiano, mirando hacia abajo donde caminaban dos hidalgos con aire de importancia.

—¡Sí! —dijo el murciano, cruzando los dedos.

Pero la verdad era que las dos plumas eran idénticas. Dos plumones de pavo real, altivos, verdes, orgullosos.
La única diferencia estaba en la cabeza: uno era más cabezón que el otro.

Y claro… a la desgracia le gustan los hombres cabezones.

—¡Boom! —tronó el arcabuz.

El humo se abrió como una nube negra.
Una de las dos figuras cayó de bruces al suelo.
El italiano se quedó blanco como papel.

—¡Pardiez! —gritó el que quedaba en pie—. ¡Han disparado al Corregidor! ¡Socorro!

Porque sí: el italiano, siguiendo las instrucciones del cornudo vengativo, había disparado no al ayudante Don Rodrigo… sino al mismísimo Corregidor don Francisco Miguel Pueyo, quien se hallaba de ronda por San Antolín y San Andrés.

En un instante, la calle se llenó de gente. Gritos, confusión, carreras. Al Corregidor, aún tibio y sin saber si estaba muerto o vivo, lo llevaron casi en volandas al convento de las Agustinas y lo depositaron en un cuartucho que servía de enfermería.

—Hay que llamar urgente a Don Diego —ordenó la Superiora.

No era para menos.

Don Diego Mateo Zapata, el médico murciano más prestigioso de la época, hombre de ciencia, de pulso fino y fama que llegaba hasta la Corte, llegó en cuanto fue avisado. Se inclinó sobre el Corregidor, examinó la herida y entonces sucedió lo que aún hoy se recita con respeto en los velatorios.

El Corregidor, inconsciente hasta ese momento, llevó la mano al pecho.
Buscó algo bajo el chaleco.
Y, ante el asombro de todos, sacó una figurita de plata de la Virgen del Pilar.

Tenía un orificio.
Pequeño.
Redondo.
Perfectamente limpio.

Dentro estaba el perdigón, encajado como si alguien lo hubiera colocado allí con la precisión de un orfebre celestial.

Nadie habló durante un buen rato.
Todos entendieron.

La Virgen del Pilar le había salvado la vida.


Repuesto del susto y agradecido hasta la médula, el Corregidor mandó construir una ermita en el mismo lugar donde había recibido el disparo. Una ermita pequeña, sencilla, pero con un altar que brillaba más que cualquier lámpara del Casino.

Desde entonces se la conoce como la Ermita del Pilar.

Y no contento con eso, el Corregidor encargó al pintor Nicolás de Villacis que inmortalizara su retrato. Y claro, Villacis lo pintó con cara solemne, pecho hinchado y la famosa Virgen de plata bien visible, como quien dice: “Aquí está mi salvadora, y si dudan, pregunten al plomo”.


Pero faltaba el epílogo.
El que se cuenta bajito.
El que no aparece en los libros.

Tras la conmoción, se descubrió la verdad:
el espadachín italiano había sido contratado por un rico terrateniente huertano, hombre ignorante, fanfarrón y con más orgullo que luces. Años atrás, queriendo jugar a héroe, se alistó en las tropas del Gran Capitán… y acabó preso en Argel, donde aprendió dos cosas:
que la guerra no es para todos
y que su mujer no era tan fiel como decía.

Mientras él sufría cautiverio, en Murcia se rumoreaba que su esposa andaba enredada con Don Rodrigo, el ayudante del Corregidor.
En el Casino le componían versos subidos de tono.
La humillación lo carcomía.

Cuando finalmente regresó a Murcia, seco de dignidad y colmado de ira, juró vengarse.

Contrató al esbirro italiano, le señaló la calle Vidrieros y le dio una descripción ridícula:

—Buscad al de la pluma larga. Ese es Don Rodrigo. Ese es mi agravio.

Y ya sabe vuestra merced cómo terminó todo:
el cabezón tuvo peor suerte que el adúltero.


Hoy, cuando uno pasa por la Ermita del Pilar, ve gente que entra con fe humilde, prende una vela, murmura una plegaria y sigue su camino.
Y aunque nadie en voz alta mencione aquel disparo, basta escuchar el viento para recordar que, en esta ciudad, los milagros existen… y también los errores de puntería.
©antonio capel riera

lunes, 10 de noviembre de 2025

SUMAJ RUNAS. ELECTRICIDAD EN EL ESCENARIO

En la Cochabamba de los años dorados, donde las quinceañeras soñaban con valses y guitarras eléctricas, un grupo de jóvenes de colegios de élite se convirtió en el alma de las fiestas. Lo que no sabían es que una noche la fama casi los deja chamuscados…

      
                                                    LOS SUMAJ RUNAS

domingo, 9 de noviembre de 2025

Los Sumaj Runas: electricidad en el escenario

En la Cochabamba de los años dorados, donde las quinceañeras soñaban con valses y guitarras eléctricas, un grupo de jóvenes de colegios de élite se convirtió en el alma de las fiestas. Lo que no sabían es que una noche la fama casi los deja chamuscados…

SUMAJ RUNAS

Digan lo que digan, el grupo de moda en aquellos años eran Los Sumaj Runas.

Eran cuatro jovenzuelos descarados, procedentes de distintos colegios de primer nivel de Cochabamba: el Amerinst, La Salle, el Angloamericano… lo más top de la ciudad. Y aunque venían de entornos distintos, la música los unía con una fuerza eléctrica —literalmente eléctrica, como luego se sabría—.

El grupo amenizaba las fiestas de mayor caché: las de las quinceañeras, aquellas celebraciones casi sagradas donde las muchachas “entraban en sociedad”. No bastaba con un vestido blanco, un vals y una tarta de tres pisos. Había que tener a los Sumaj Runas tocando en vivo. Eso daba estatus.
Y claro, precisamente por eso, eran odiados por los otros grupos. La competencia los envidiaba a muerte.

Los componentes eran:
-el Gordo Gasser, con su bajo que parecía una metralleta,
-el Bola Salinas, guitarrista de dedos veloces pero casi los mata,
-Pablo, el baterista que nunca sonreía (decía que así se veía más profesional),
-y, Tony, con su guitarra solista y sus ilusiones de estrella.

Hasta que un día, la fama casi los fríe.

Actuaban en directo para Radio Litoral, un programa que retransmitía conciertos juveniles. Todo iba bien: las luces, el público, el sonido… hasta que el Bola metió mal el pie. Un pisotón donde no debía, justo sobre un cable pelado.
Y entonces el infierno se encendió.

Un chispazo iluminó el escenario. Las guitarras empezaron a lanzar destellos azules, como si fueran relámpagos.
Tony sintió un hormigueo subir desde los pies hasta la coronilla. El Gordo soltó un grito que sonó más a ópera que a rock, y Pablo —el serio— salió corriendo sin baquetas ni dignidad.
Durante unos segundos parecía una banda psicodélica poseída.
Literalmente echaban chispas.

Los salvó el gran Percy Ávila, compositor y buen tipo, que al ver el espectáculo no dudó en tirarse al suelo y arrancar el enchufe con un golpe seco.
El silencio posterior fue épico.
Se miraron los cuatro, con el pelo erizado y olor a caucho quemado.
Y entonces el público… rompió a aplaudir.
Pensaban que era parte del show.

Esa noche aprendieron dos cosas:
que la música puede ser peligrosa,
y que los Sumaj Runas estaban, literalmente, cargados de energía.

DEDICATORIA: A mis compañeros de juventud —Gordo Gasser, Bola Salinas y Pablo—, que nos quiten lo bailado de lo bien que lo pasamos.

El castigo de la Sukuri

En el corazón del trópico boliviano, tres niños descubren que hasta en el paraíso hay normas que no conviene romper. Un relato lleno de inocencia, humor y nostalgia sobre aquellos días en que la naturaleza era nuestra escuela y el miedo, nuestro primer maestro.


En el paraíso de Santiago de Chiquitos, donde el aire olía a mango maduro y las cigarras cantaban su misa diaria, existían unas lagunas de agua tan cristalina que uno podía verse el alma al asomarse. Aquel rincón, escondido entre los árboles y los cántaros de los papagayos, era nuestro pequeño edén.
Éramos tres —siempre los mismos—, los traviesos de la clase, los que reprobábamos conducta por exceso de curiosidad.

Los domingos eran de obligado cumplimiento asistir a la iglesia. Don Juan, que hacía de pastor, nos tenía fichados. Sabía que si uno bostezaba, el otro se reía, y si el tercero lo veía, ya empezaba la risa contagiosa. Pero aquel domingo el calor era insoportable, y la tentación de las pozas de agua fresca nos venció.

—¿Y si nos escapamos? —susurró Cecilio, el más valiente, o el más travieso, según el día.
—Solo un rato —añadí yo, intentando tranquilizar mi conciencia.
Elmer, el más tranquilo, dudó un segundo, pero acabó siguiendo al grupo, como siempre.

Y allá fuimos, descalzos, atravesando el pasto que brillaba bajo el sol del trópico. Las lagunas nos esperaban quietas, azules, perfectas. Nos lanzamos al agua como si fuera el cielo. Era como bañarse en la pureza misma: los peces nos rozaban los tobillos, y el eco de nuestras risas se confundía con el de los tucanes.

Pero la felicidad duró poco.
De pronto, Cecilio salió del agua con los ojos desorbitados.
—¡Sukuri! —gritó señalando la orilla.
Y la vimos: una enorme boa verde, gruesa como el tronco de un árbol joven, deslizándose hacia nosotros con la calma de quien no tiene prisa para devorar.

No recuerdo haber corrido tanto en mi vida.
Ni Usain Bolt, ni los pumas del monte nos habrían alcanzado.
Atravesamos la selva, los arbustos, las zarzas, y fuimos a parar directamente a la puerta de la iglesia, jadeando, empapados y con las rodillas llenas de rasguños.

Don Juan apenas nos miró. Siguió con su sermón como si ya supiera que el Señor se había encargado del castigo.

Esa tarde, entre susurros, prometimos no volver a faltar a la iglesia. Y cumplimos. No por devoción, sino por miedo a otra Sukuri enviada —según nosotros— desde el mismísimo cielo.

Años después, cuando lo contábamos, los compañeros se reían a carcajadas.

Y nosotros también. Pero en el fondo sabíamos que aquella serpiente nos había enseñado la primera gran lección de nuestras vidas:
en el paraíso, también hay quien vigila que no te portes mal.

©antonio capel riera