En la Cochabamba de los años dorados, donde las quinceañeras soñaban con valses y guitarras eléctricas, un grupo de jóvenes de colegios de élite se convirtió en el alma de las fiestas. Lo que no sabían es que una noche la fama casi los deja chamuscados…
Hay recuerdos que no se borran, porque no nacieron del lujo, sino de la inocencia.
Cuando cierro los ojos, aún veo aquel pueblito perdido en la Amazonia boliviana, con sus calles de grama, los niños descalzos y las noches en que la Cruz del Sur parecía una lámpara encendida para nosotros solos.
Fue allí, entre luciérnagas y risas, donde aprendí que la felicidad no estaba en tenerlo todo, sino en no necesitar nada.
Mi padre fue destinado como director —y fundador— de la escuela secundaria en uno de los lugares más hermosos de la Amazonia boliviana: Santiago de Chiquitos, un pequeño pueblo fundado por dos jesuitas –Gaspar Fernández y Gaspar Troncoso– en el año 1.754.
Yo hice la primaria en aquel colegio maravilloso, entre campanas, sol y pájaros tropicales. Las calles eran de grama verde, tan suaves que parecía que el pueblo entero caminaba sobre alfombras vivas. Los niños, por su pobreza —o tal vez por su libertad—, iban descalzos. Y yo también lo hacía, aunque me costara las broncas de mi padre.
Él quería que yo llevara los libros en la cartera, con correas bien ajustadas, como un niño “de ciudad”. Pero yo prefería sostenerlos en la mano, como mis compañeros. No era rebeldía, era una forma de ser uno más. Allí, entre risas y caminos de hierba, aprendí lo que es la solidaridad verdadera: no la que se enseña en los discursos, sino la que nace de compartir la pobreza sin vergüenza.
No conocíamos el lujo ni lo echábamos en falta. De vez en cuando llegaban noticias increíbles desde la capital: hablaban de unas bebidas con gas —“Fanta” y “Coca-Cola” las llamaban—, de helados que no se derretían y de aparatos que hablaban solos. Para nosotros, aquello sonaba a cuento.
Nuestro refresco era el jugo de tamarindo, y los frutos que endulzaban la infancia tenían nombres que los niños de la capital jamás habían oído: guayaba, achachairú, guapurú, totaí… sabores que no venían en botellas, sino en los árboles y en la sonrisa de quien los compartía.
En aquel tiempo no había médico en el pueblo, y sin embargo, nadie se enfermaba. Las fiebres se curaban con hojas, los resfriados con descanso y la única medicina que conocíamos era la tintura de yodo, que servía para todo: desde un rasguño hasta una picadura. La salud parecía venir del mismo aire limpio que respirábamos.
Y cuando no estábamos estudiando, hacíamos travesuras con los burros sin dueño que pululaban por la plaza: les poníamos sombreros, los montábamos de a tres, o los disfrazábamos con sábanas como si fueran fantasmas. Eran los juegos de una niñez sin televisión ni juguetes, pero con toda la imaginación del mundo.
Por las noches, el cielo era una inmensa lámpara. Se veía la Cruz del Sur tan clara que parecía colgada sobre el campanario. Las luciérnagas danzaban entre los matorrales, y nosotros las cazábamos con cuidado, metiéndolas en un vaso de cristal para que iluminaran como pequeñas linternas vivas.
Tal vez fue allí, en aquellas calles de hierba, pies descalzos y noches estrelladas, donde empezó a formarse en mí una manera de ver el mundo: la de quien entiende que la felicidad no depende de lo que se tiene, sino de lo que se recuerda con ternura.
En nuestro colegio, como en casi todos los colegios norteamericanos, todo era grande: los ventanales, los campos de deporte, los jardines.
Decían que era el más prestigioso de la ciudad, y nosotros —los de mi clase— estábamos convencidos de que también era el más divertido.
Por suerte, contábamos con un remedio infalible contra el aburrimiento: Bing Bing, el ideólogo del caos.
Y con un grupo de cómplices que, sin ser malos estudiantes, teníamos una capacidad ilimitada para meternos en líos.
Las clases eran eternas, sobre todo las de caligrafía, que dictaba una profesora tan plana como la línea del renglón.
Así que, para sobrevivir, mirábamos por los amplios ventanales hacia los jardines, donde trabajaba Cirilo, el jardinero.
Cirilo era un hombre mayor, flaco, de movimientos lentos, con una gorra que le quedaba grande y una paciencia casi bíblica. Tenía el don de convertir aquellos jardines en un pequeño Versalles tropical.
Pero su método de trabajo nos tenía fascinados: no barría ni se agachaba.
Utilizaba un palo con un clavo en la punta, con el que pinchaba las hojas secas una por una y las depositaba en un capazo.
Una coreografía tan lenta y precisa que parecía un ritual sagrado.
Y fue entonces cuando Bing Bing tuvo la idea.
Las ideas de Bing Bing, ya lo sabíamos, siempre acababan en desastre.
—¿Y si una de esas hojas la impregnamos de pólvora? —susurró, con la mirada brillante.
—¿De pólvora? —pregunté.
—Sí, hombre, solo un poquito. Para darle emoción al otoño.
No hubo votación: en nuestro grupo, las locuras se aprobaban por unanimidad.
Fabricamos la hoja-trampa con el sigilo de un comando militar y la dejamos caer justo frente al recorrido habitual de Cirilo.
A la mañana siguiente, la expectación era total.
La profesora de caligrafía dictaba frases intrascendentes, pero nadie la escuchaba.
Todos teníamos la vista puesta en el ventanal.
Afuera, Cirilo avanzaba con su palo y su gorra, cumpliendo su rutina con precisión suiza.
Pinchó una hoja…
Otra…
Y cuando llegó a la hoja, la nuestra, sucedió el milagro del diablo.
Un fogonazo, una llamarada, un estallido seco.
El pobre Cirilo dio un salto que ni un atleta olímpico, su gorra salió volando como un ovni y el palo cayó a tres metros de distancia.
Durante unos segundos no supo si había sido un trueno o el Apocalipsis.
Nosotros, dentro del aula, nos deshicimos de la risa, tratando de disimular tras los pupitres.
Por suerte, Cirilo no sufrió más daño que el susto y el orgullo chamuscado.
Pero los días siguientes fueron de antología.
Cuando volvió a sus labores, ya no usaba el palo con clavo.
Se agachaba, recogía la hoja con dos dedos, la olía, la miraba por ambos lados, la tiraba al suelo y solo entonces la pinchaba.
Un proceso tan minucioso que parecía que interrogaba a cada hoja antes de condenarla al capazo.
A partir de ese día, el jardín del colegio se volvió un escenario cómico.
Y nosotros, desde la ventana, no podíamos contener la risa viendo al pobre hombre desconfiar hasta de las hojas del viento.
Al final, hasta la profesora de caligrafía sonrió un día.
Tal vez entendió, sin decirlo, que había cosas que no se aprenden con tiza ni cuaderno:
la creatividad, el peligro, y ese gusto adolescente por retar al mundo sin saber por qué.
Moraleja final:
A veces, la chispa del ingenio quema más que la de la pólvora.
Hay hoteles que guardan más secretos que las guerras que los rodearon. El Edén, levantado en las sierras cordobesas de Argentina a finales del siglo XIX, fue uno de ellos. Allí, entre copas de vino del Rin, valses vieneses y cabalgatas británicas, se mezclaron presidentes, poetas, aristócratas... y, según algunos, fugitivos del infierno nazi. Mi tío, ingeniero asturiano que trabajó allí antes y después de la Guerra Civil española, fue testigo de un lujo imposible y de un misterio que aún hoy huele a pólvora y perfume caro.
Mi tío Abelardo fumaba despacio, con esa parsimonia de quien ha visto demasiado y sabe que las palabras, como las balas, no regresan una vez disparadas. Era mayo del 73 cuando me contó la historia del Edén. Yo tenía veintitrés años y la suficiente curiosidad como para escuchar, la suficiente sensatez como para callar.
—En el 36 —dijo, y la brasa del cigarrillo le iluminó los ojos—, Asturias olía a pólvora y a desgracia. Yo era ingeniero de minas, buen profesional, de los que no faltan al trabajo ni muertos. Pero cuando una familia alemana me ofreció irme a Argentina, no lo pensé dos veces. La guerra se veía venir como se ve venir la tormenta en alta mar: inevitable, brutal, sin piedad para los que se queden en cubierta.
Se llamaban Ehlert. Heinrich y su mujer, que tenía ese tipo de elegancia aria que parece tallada en hielo. Eran los propietarios del Hotel Edén, en La Falda, provincia de Córdoba. Y aquello, muchacho, aquello no era un hotel. Era Versalles renacido en las sierras argentinas, un delirio de esplendor que dejaba pequeños a los palacios europeos.
El Edén había abierto sus puertas en 1898, cuando el siglo todavía era joven y el mundo creía en el progreso. Pero lo que allí ocurría cada noche no tenía parangón en ninguna capital del mundo. He estado en el Ritz de París durante la Exposición Universal, en el Savoy de Londres cuando todavía era el templo de la alta sociedad, en los bailes de Viena, en las fiestas de Montecarlo. Todo aquello, sobrino, eran ensayos de provincias comparados con lo que sucedía en el Edén.
Mi tío se sirvió otro whisky. Le temblaban ligeramente las manos, no de vejez, sino de emoción contenida.
—Imagina esto: doscientos cincuenta invitados vestidos con trajes que valían fortunas. No hablo de ropa cara, hablo de obras maestras. Los vestidos venían de Worth y Poiret, bordados con hilos de oro y plata, incrustados con piedras semipreciosas. Las mujeres llevaban tiaras que habían pertenecido a casas reales, collares de esmeraldas del tamaño de uvas, perlas que parecían pequeñas lunas robadas al cielo. Los hombres lucían condecoraciones auténticas: Órdenes del Imperio Británico, Legiones de Honor francesas, cruces prusianas con diamantes. Y no eran disfraces, muchacho. Eran los dueños legítimos de esas medallas.
Hizo una pausa para saborear el whisky.
—Las arañas de Bohemia tenían tres mil cristales cada una. Cuando las encendían, el salón se transformaba en una galaxia de luz. Las paredes estaban cubiertas de espejos venecianos del siglo XVIII, multiplicando el brillo hasta el infinito. Los jarrones eran Ming auténticos, las alfombras persas tenían trescientos años de antigüedad, y los cuadros... Monet, Renoir, Degas. No reproducciones: originales que hoy estarían en museos.
—¿Y la comida? —pregunté, fascinado.
Mi tío rió. Una risa breve, casi dolorosa.
—La comida era una sinfonía. Empezaba a las nueve de la noche y terminaba al amanecer. Doce platos, cada uno con su vino correspondiente. Caviar Beluga servido en hielo tallado con forma de cisnes. Foie gras del Périgord. Langostas traídas en barco desde Bretaña, vivas, sacrificadas minutos antes de cocinarlas. Faisanes de caza mayor, jabalíes, venados de las sierras. Y los vinos... Château Margaux de cosechas que ya no existen, Romanée-Conti, champagne Krug del año del cometa. Botellas que los Rothschild habrían envidiado.
Se levantó, caminó por la habitación como si midiera distancias imposibles.
—Pero lo verdaderamente inolvidable, lo que me quitaba el aliento cada maldita noche, eran las fiestas. Todos los días de la temporada, sin excepción, baile de rigurosa etiqueta. Las orquestas... Dios mío, las orquestas. Traían músicos de la Filarmónica de Viena, de la Scala de Milán, de la Ópera de París. Toscanini dirigió allí tres veces. Tres. Stravinsky tocó el piano en una ocasión. Y cuando bailaban, cuando aquella crema de la humanidad se movía al compás de valses de Strauss o tangos de Gardel interpretados por los mejores músicos del planeta, era como si el tiempo se detuviera y solo existiera aquella burbuja de perfección absoluta.
Mi tío se detuvo frente a mí, con los ojos brillantes.
—Los jardines se iluminaban con miles de farolillos venecianos. Fuegos artificiales cada sábado que hacían palidecer a los de Versalles. Fuentes de champagne, literalmente fuentes de donde brotaba Moët & Chandon. Orquestas en los jardines, en los salones, en las terrazas. Podías caminar de un espacio a otro y pasar de una ópera italiana a un jazz de Nueva Orleans, de un cuarteto de cuerda a una orquesta de swing de veinte músicos.
Encendió otro cigarrillo, la mano ya más firme.
—¿La gente? Eduardo de Windsor bailó allí con mujeres tan hermosas que entendí por qué renunció al trono. Humberto de Saboya organizó cacerías donde cada jinete iba vestido como en el siglo XVIII: casacas rojas, cornetas de plata, jaurías de perros purasangre. Rubén Darío recitaba poesía a medianoche en el jardín de invierno, rodeado de rosas traídas de Bulgaria, mientras mujeres con vestidos de Fortuny lloraban de emoción. Berta Singerman interpretaba a Lorca con tal intensidad que el silencio después era como una catedral.
—Einstein pasó una tarde discutiendo de física en el salón de lectura con tres premios Nobel. Tesla habló de electricidad junto a la piscina, esa piscina alimentada por un manantial natural, rodeada de mosaicos traídos de Ravena. No se alojaron, no. Pero vinieron. Porque el Edén, muchacho, era el lugar donde el mundo que importaba se daba cita. Y te digo algo más: los argentinos verdaderos, los de este lado del Atlántico, apenas rozaban el umbral. Aquello era una Europa destilada, concentrada, más pura y más brillante que el original.
Bebió, saboreó, continuó.
—He visto las fiestas del Zar antes de la revolución, en fotografías. He leído sobre los bailes de la Regencia inglesa, sobre los salones de María Antonieta. Todo aquello era prehistoria comparado con el Edén. Porque allí se juntaba el dinero sin límites, el refinamiento de siglos y la libertad de estar lejos de Europa, lejos de las reglas. En el Edén se podía ser más decadente, más espléndido, más absolutamente libre que en cualquier capital europea. Era el último refugio de una civilización que agonizaba sin saberlo, brillando con más intensidad precisamente porque presentía su fin.
Las palabras flotaron en el aire como el humo de su cigarrillo.
—Bailes que duraban hasta el alba. Mujeres que cambiaban de vestido tres veces en una noche, cada uno más deslumbrante que el anterior. Joyas que habrían pagado la deuda externa de países pequeños. Conversaciones en cinco idiomas, debates sobre arte, filosofía, ciencia. Y la música, siempre la música, envolviendo cada momento como si el silencio fuera un crimen imperdonable.
—Pero llegó el 45 —continuó mi tío, y su voz cambió de tono—, y todo cambió sin cambiar. ¿Me entiendes? Las fiestas continuaron, el lujo siguió siendo obsceno, pero los rostros... los rostros empezaron a ser otros.
Se levantó, fue hasta la ventana. La luz de la tarde le cortaba la silueta en dos mitades desiguales.
—Jerarcas nazis. Todos pasaron por allí. No de uno en uno: en procesión. Y seguían las fiestas, iguales de espléndidas, iguales de imposibles. Pero yo, que ya llevaba años allí, empecé a atar cabos. Los Ehlert hacían viajes. Viajes raros, secretos, a un pueblo del que nadie hablaba. La cocinera del hotel me lo contó porque también me cocinaba a mí. Salían de madrugada, volvían al anochecer, con esa cara de quien acaba de cumplir con un deber sagrado.
—¿Hitler? —me atreví a preguntar.
Mi tío se giró. Su mirada era dura, de pedernal.
—Nunca lo vi. Pero en el Edén, muchacho, vi cosas que un ingeniero de minas asturiano no debería haber visto. Maletas que llegaban de noche. Hombres con cicatrices de duelo que hablaban un alemán demasiado perfecto. Reuniones en habitaciones donde no entraba el servicio. Y sobre todo, demasiado dinero fluyendo para un hotel que, oficialmente, apenas sobrevivía en la posguerra. Pero las fiestas, las malditas fiestas, seguían siendo las más espléndidas del planeta.
Se terminó el whisky de un trago.
—Guardé secretos. Muchos. Porque en el Edén aprendí algo fundamental: que el lujo más absoluto, la belleza más exquisita, pueden convivir con la oscuridad más profunda. Vi el paraíso, sobrino. Un paraíso real, tangible, de mármol y cristal y champagne y música. Y también vi su sombra. Y te juro que aún no sé cuál de las dos me aterra más.
Nunca más volvimos a hablar del tema. Mi tío murió en el 81, en Madrid, lejos de las sierras cordobesas. Pero a veces, cuando leo sobre ratlines nazis o sobre la Argentina de Perón, pienso en él. Pienso en el Hotel Edén. Pienso en aquellas fiestas que jamás volverán a repetirse, en aquel esplendor que hizo palidecer a Versalles, a Viena, a todas las cortes de Europa.
Y pienso que la historia, como los buenos hoteles, tiene habitaciones que nunca se abren al público.
Porque detrás puede haber algo más que polvo y recuerdos.
Puede haber verdades que todavía muerden.
Y champagne que todavía burbujea en copas de cristal de Baccarat, servido por fantasmas con guantes blancos.
Hubo un tiempo reciente —tan cercano que aún duele— en que los abuelos no podían abrazar a sus nietos, ni los nietos despedirse de ellos. Las pantallas sustituyeron los besos, y los abrazos quedaron flotando en el aire. Este relato, mezcla de ternura y mirada irónica, intenta dar voz a esa herida silenciosa que dejó el COVID en miles de familias.
La primera vez que Martín vio a su abuelo envuelto en plástico, creyó que era un astronauta. Tenía seis años y acababan de explicarle en el colegio, antes de que lo cerraran, que los astronautas necesitaban trajes especiales para no morir en el espacio. El abuelo Ernesto también necesitaba un traje especial, pero no para viajar a las estrellas, sino para seguir aquí, en la Tierra, en esa habitación del hospital que olía a desinfectante y miedo.
—¿Por qué no puedo tocarlo? —preguntó Martín, apretando la mano de su madre.
Ella no respondió. Se quedó mirando al anciano tras el cristal, con los ojos vidriosos, intentando controlar el temblor de su barbilla. El abuelo también los miraba. Levantó la mano despacio, como si pesara toneladas, y la apoyó contra el vidrio. Martín corrió y puso la suya del otro lado. Las palmas se encontraron, separadas por un centímetro imposible de atravesar.
En esos días, nadie sabía nada con certeza. Los médicos movían la cabeza, los políticos hablaban en la televisión con palabras vacías, las calles se vaciaban como si el mundo se estuviera apagando. La gente moría sola, sin despedidas, sin rituales. Las familias esperaban al teléfono como náufragos esperan un barco en el horizonte.
El abuelo Ernesto había sido ferroviario. Había criado a Martín mientras sus padres trabajaban: le enseñó a silbar, a reconocer los pájaros, a hacer barcos de papel que flotaban en el arroyo. Le contaba historias de trenes que cruzaban los campos cuando él era joven, de pasajeros que llevaba en el alma, de despedidas en andenes polvorientos. "Lo importante de los viajes", le decía, "no es adónde vas, sino con quién te despides y quién te espera al volver".
Pero ahora no había despedida posible.
La enfermera con escafandra —así la llamaba Martín, la señora astronauta— salió de la habitación y les hizo un gesto. El gesto universal de la derrota. La madre de Martín se derrumbó contra la pared. El niño siguió con la mano en el cristal, esperando que la del abuelo volviera a encontrarse con la suya, pero la mano ya no se movía.
Pasaron los años, pero Martín no olvidó. Cómo olvidar esa última mirada, esa mano en el vidrio, ese adiós que nunca fue adiós. Creció con un agujero en el pecho, una tristeza que lo acompañaba como una sombra, especialmente en primavera, cuando los pájaros que el abuelo le enseñó a reconocer volvían a cantar.
A los dieciséis años, Martín empezó a tener pesadillas. Soñaba que corría por pasillos de hospital, buscando una puerta que nunca encontraba. Soñaba que gritaba el nombre del abuelo, pero no le salía la voz. Se despertaba llorando, empapado en sudor, con la sensación de haber perdido algo que nunca recuperaría.
Su madre también cambió. Se volvió silenciosa, distante. Guardaba las fotos del abuelo en una caja de zapatos porque no podía verlas sin desmoronarse. En las cenas, había siempre un vacío en la mesa, un lugar que nadie ocupaba pero que todos sentían.
La psicóloga que finalmente visitó Martín, años después, se llamaba Clara. Era una mujer de mirada tranquila que no intentaba arreglar nada demasiado rápido. En su consulta había una planta que siempre estaba floreciendo.
—El duelo no resuelto —le explicó— es como un tren que se detuvo en mitad del camino. No llegó a la estación. Necesitamos ayudarte a que ese tren complete el viaje.
Clara le propuso algo que le pareció extraño al principio: escribirle una carta al abuelo. Decirle todo lo que no pudo decirle ese día. Martín tardó semanas en encontrar las palabras. Cuando finalmente las encontró, lloró tanto que las lágrimas mancharon el papel.
"Abuelo, no pude despedirme de ti, pero nunca dejé de quererte. Cada pájaro que canta, cada barco de papel que flota, eres tú. No te fuiste solo, aunque yo no estuviera ahí. Te llevaste conmigo, en cada silbido, en cada primavera."
Después, Clara lo llevó a un ejercicio más difícil: imaginarse en esa habitación del hospital, pero esta vez entrando. Esta vez abrazando al abuelo. Esta vez diciéndole adiós. Era solo imaginación, pero el cerebro no distingue del todo entre lo imaginado con intensidad y lo vivido. El abrazo imaginado sanó algo que el abrazo real nunca pudo dar.
Su madre también necesitó ayuda. Comenzó terapia de grupo con otras familias que habían perdido a alguien durante la pandemia. Allí descubrió que no estaba sola, que su dolor era compartido por miles, que había formas de honrar a los muertos sin quedarse atrapada en el pasado.
Juntos, Martín y su madre crearon un ritual nuevo. Cada año, en el aniversario de la muerte del abuelo, iban al arroyo donde solían hacer barcos de papel. Hacían uno especial, escribían en él un mensaje para Ernesto, y lo dejaban navegar río abajo. No era magia. No traía al abuelo de vuelta. Pero les daba un lugar donde depositar el amor que no habían podido entregar.
Martín estudió para ser enfermero. No fue casual. Quería estar del lado de adentro, donde su abuelo había estado, donde tantos habían muerto solos. Quería asegurarse de que nadie más muriera sin que alguien le tomara la mano, aunque fuera con guantes.
En su primer día en el hospital, conoció a un anciano que le recordó al abuelo Ernesto. El hombre estaba solo, sin familia, muriendo de algo que no era COVID pero que lo dejaba igual de aislado. Martín se sentó junto a él, le tomó la mano, y le habló de trenes, de pájaros, de viajes y despedidas.
El anciano murió esa noche, pero no murió solo.
A veces, el dolor no se resuelve. Se transforma. Se convierte en propósito, en memoria viva, en la decisión de que el sufrimiento propio sirva para aliviar el sufrimiento ajeno.
La tristeza de Martín no desapareció del todo. Probablemente nunca desaparecería. Pero aprendió a llevarla como se lleva una cicatriz: con respeto, sin vergüenza, sabiendo que es la marca de haber amado profundamente.
Y en las noches de primavera, cuando escuchaba el canto de los pájaros, ya no era solo tristeza lo que sentía. Era también gratitud. Porque el abuelo Ernesto le había enseñado a reconocerlos, y esa enseñanza era una forma de no haberse ido del todo.
Si eres un niño o un adulto que perdió a alguien sin despedirse, si la pandemia te robó ese último abrazo, quiero decirte algo que Martín tardó años en comprender:
El amor no necesita despedida para seguir existiendo.
No pudiste estar ahí. No fue tu culpa. Fue una tragedia colectiva, un terremoto invisible que separó a millones de personas de sus seres queridos. Pero el amor que sentías, ese amor sigue vivo en ti. Está en los recuerdos, en las lecciones que te dieron, en la forma en que te cambiaron.
Para sanar, tal vez necesites:
Permiso para llorar. El duelo no tiene calendario. Llora cuando lo necesites, sin vergüenza.
Crear rituales propios. Si no hubo funeral, crea tu propia ceremonia. Escribe una carta, planta un árbol, enciende una vela.
Hablar de ellos. No los entierres en el silencio. Cuenta sus historias. Pronuncia sus nombres.
Buscar ayuda profesional. La terapia no es señal de debilidad, sino de valentía. El duelo complicado es real y tratable.
Permitirte ser feliz. Ellos no querrían que vivieras en tristeza perpetua. Honra su memoria viviendo plenamente.
El abuelo Ernesto tenía razón: lo importante no es solo el viaje, sino las despedidas y los reencuentros. Si no pudiste despedirte entonces, puedes hacerlo ahora, a tu manera, en tu tiempo.
Y recuerda: ellos no murieron solos en su corazón. Llevaban tu amor con ellos, como un abrigo invisible contra el frío de esa soledad terrible.
Ese amor es más fuerte que cualquier virus, más duradero que cualquier cristal que nos separe.
Ese amor, al final, es lo único que queda. Y es suficiente.
Crónica de un curso que prometía oro y nos dio carcajadas
Me apunté a ese curso como quien compra un billete de lotería: con la ilusión de que, de pronto, la vida me iba a cambiar por arte de magia. El anuncio, colocado en redes sociales con colores chillones y un aire mesiánico, prometía que con solo dos horas al día, desde el móvil, se podían ganar 2.000 euros mensuales. ¡Dos horas! Y yo, que paso la mitad del día perdiendo el tiempo en ese condenado aparato, pensé: “Esto es la panacea, lo que Dios me debía desde hace tiempo”.
El primer día éramos unos treinta entusiastas, cada cual más crédulo que el otro. Con el correr de los meses, las bajas fueron cayendo como moscas y al final quedábamos apenas un puñado de veteranos, resistentes, obstinados, tal vez demasiado orgullosos para reconocer que habíamos mordido el anzuelo.
Las prácticas eran un espectáculo de sainete. Nos hacían simular llamadas y mensajes para captar clientes de una empresa que ni siquiera sabíamos a qué se dedicaba. Pero lo que de verdad llamaba la atención no era la técnica comercial, sino el zoológico humano que se formaba en aquellas videoconferencias.
Uno, calvo como una bombilla y sin dientes, hablaba de sus traumas de juventud más que de ventas. Una señora, que olvidaba con frecuencia apagar la cámara, nos regalaba la visión inesperada de sus pelos faciales y de unas batas floreadas dignas de un convento. Otro llevaba siempre colgada al cuello una cruz tamaño obispo, como si fuese a exorcizar a los clientes. Y había quien, en vez de vender, aprovechaba para desahogarse: contaba las desgracias del primo, los achaques de la suegra y los cuernos del vecino.
A ratos, más que un curso de ventas, parecía el patio de un psiquiátrico en versión telemática. Y sin embargo, allí seguíamos, aguantando estoicamente, unos por no tirar el dinero invertido y otros porque habían encontrado en esa tragicomedia su único entretenimiento semanal.
Al cabo de un año, yo ya había aprendido dos cosas: que no iba a ganar ni un euro —ni con dos, ni con veinte horas al día—, y que la verdadera riqueza era poder asistir a ese circo de personajes que, sin saberlo, me daban material para escribir un libro entero.
Un carrito enorme, tres productos tristes y una frase que todavía me hace sonreír con melancolía.
Cuando iba al supermercado, me encontraba siempre —ya no sé si por casualidad o porque él se empeñaba en ir todos los días— a un hombrecillo mayor, encogido de espaldas y con ese aire de jubilado que ya no necesita tarjeta para demostrarlo. Llevaba un carro de la compra tan grande como si fuera a alimentar a una familia de cinco, pero dentro apenas había tres reliquias: un cartón de leche, pan de molde y unas tristes lonchas de mortadela y queso.
No había variación posible. Uno diría que aquel hombre había firmado un contrato con la rutina. Lo veía examinar los productos con la gravedad de un ministro de Hacienda, como si cada mortadela fuese distinta a la del día anterior. Pero siempre acababa cogiendo lo mismo.
Estaba delgaducho, de esos que el abrigo parece colgarles en percha, y su rostro, cuando se inclinaba sobre los precios, tenía una expresión que mezclaba resignación y hambre atrasada. Pensé que viviría solo, seguramente con una pensión mínima. Quizá había sido de esos que sobrevivieron al COVID quedándose sin compañía, y ahora la mortadela era su única conversación.
Un día decidí seguirle por los pasillos, como quien sigue a un misterio. No hacía nada extraordinario, solo caminar despacio, empujar el carro y repetir su liturgia de pobre hombre. Y sin embargo, en esa ceremonia mínima había algo que conmovía más que cualquier tragedia: la soledad envuelta en celofán, con fecha de caducidad y oferta del día.
Cuando lo vi pagar en la caja y salir despacio, pensé en acercarme y hablarle… pero justo entonces él se giró, me sonrió de reojo y dijo al aire, como para justificarse: