La vida en los hospitales no solo cura cuerpos: también revela jerarquías, silencios y pequeñas tragedias que nunca salen en los informes clínicos. Hay historias que no ocurren en quirófanos ni consultas, sino en pasillos, cafeterías y miradas que pesan más que cualquier diagnóstico. Esta es la historia del doctor Algezares, un hombre que llegó lejos gracias al esfuerzo propio y al amor de una mujer… hasta descubrir que, en ciertos lugares, el mérito no siempre basta y las normas invisibles deciden dónde uno “debe” sentarse.
La vida hospitalaria fue un mundo cerrado, con normas no escritas y una manera precisa de medir a las personas. La formación de los médicos resultó tan desigual como sus historias: algunos hicieron la carrera con la comodidad de un apellido conocido; otros, como el doctor Algezares, la levantaron a base de renuncias.
Algezares estudió con pocos medios y mucha vergüenza de pedir. Lo sostuvo su novia de toda la vida, auxiliar de clínica en uno de los grandes hospitales de la Región de Murcia. Ella dobló turnos; él aprobó asignaturas. Cuando terminó la carrera, el doctor no se cansó de agradecerlo: en su casa, entre los suyos, incluso en público. Nadie dudó de dónde venía aquel título.
Pero el hospital no funcionó con recuerdos.
Allí la jerarquía fue clara y silenciosa: médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, conductores, limpieza, mantenimiento. Cada cual tuvo su sitio, incluso en la cafetería. No estuvo bien visto que un médico bajara a tomar café con una auxiliar. Se toleró con una enfermera —rango universitario, pieza complementaria—, pero no más abajo. No por maldad, sino por costumbre.
Al principio, el doctor Algezares bajó con su novia como siempre. Luego llegaron las miradas. Algún comentario suelto. Frases envueltas en consejo: que ese ya no era su estatus, que ahora representaba otra cosa. Él escuchó sin responder, convencido de que aquello no iba con él.
Las idas al café se hicieron menos frecuentes. Y cuando ocurrieron, fueron a horas raras, con poca gente. El hospital siguió funcionando, pero algo quedó atrás.
Un día, el doctor Algezares empezó a bajar con una pediatra. Flamante, joven, de bata impecable. Nadie dijo nada. Nadie tuvo que decirlo.
El noviazgo de toda la vida se deshizo sin ruido. El agradecimiento, que antes llenó las conversaciones, desapareció como si nunca hubiera sido necesario. Ella siguió entrando por la misma puerta, con el mismo uniforme. Él también, pero ya no miró igual.
Desde entonces, el doctor Algezares tomó el café donde 'debía'.
Antonio Capel Riera

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