En la Cochabamba de los años dorados, donde las quinceañeras soñaban con valses y guitarras eléctricas, un grupo de jóvenes de colegios de élite se convirtió en el alma de las fiestas. Lo que no sabían es que una noche la fama casi los deja chamuscados…
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| SUMAJ RUNAS |
Eran cuatro jovenzuelos descarados, procedentes de distintos colegios de primer nivel de Cochabamba: el Amerinst, La Salle, el Angloamericano… lo más top de la ciudad. Y aunque venían de entornos distintos, la música los unía con una fuerza eléctrica —literalmente eléctrica, como luego se sabría—.
El grupo amenizaba las fiestas de mayor caché: las de las quinceañeras, aquellas celebraciones casi sagradas donde las muchachas “entraban en sociedad”. No bastaba con un vestido blanco, un vals y una tarta de tres pisos. Había que tener a los Sumaj Runas tocando en vivo. Eso daba estatus.
Y claro, precisamente por eso, eran odiados por los otros grupos. La competencia los envidiaba a muerte.
Los componentes eran:
-el Gordo Gasser, con su bajo que parecía una metralleta,
-el Bola Salinas, guitarrista de dedos veloces pero casi los mata,
-Pablo, el baterista que nunca sonreía (decía que así se veía más profesional),
-y, Tony, con su guitarra solista y sus ilusiones de estrella.
Hasta que un día, la fama casi los fríe.
Actuaban en directo para Radio Litoral, un programa que retransmitía conciertos juveniles. Todo iba bien: las luces, el público, el sonido… hasta que el Bola metió mal el pie. Un pisotón donde no debía, justo sobre un cable pelado.
Y entonces el infierno se encendió.
Un chispazo iluminó el escenario. Las guitarras empezaron a lanzar destellos azules, como si fueran relámpagos.
Tony sintió un hormigueo subir desde los pies hasta la coronilla. El Gordo soltó un grito que sonó más a ópera que a rock, y Pablo —el serio— salió corriendo sin baquetas ni dignidad.
Durante unos segundos parecía una banda psicodélica poseída.
Literalmente echaban chispas.
Los salvó el gran Percy Ávila, compositor y buen tipo, que al ver el espectáculo no dudó en tirarse al suelo y arrancar el enchufe con un golpe seco.
El silencio posterior fue épico.
Se miraron los cuatro, con el pelo erizado y olor a caucho quemado.
Y entonces el público… rompió a aplaudir.
Pensaban que era parte del show.
Esa noche aprendieron dos cosas:
que la música puede ser peligrosa,
y que los Sumaj Runas estaban, literalmente, cargados de energía.
DEDICATORIA: A mis compañeros de juventud —Gordo Gasser, Bola Salinas y Pablo—, que nos quiten lo bailado de lo bien que lo pasamos.

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