A menudo me preguntan de dónde saco mis historias. La respuesta siempre es la misma: no las invento, las robo. Los escritores somos, en esencia, espías con licencia para contar lo que vemos. Observamos los gestos, los silencios y las grietas por las que se escapa la verdad de las personas.
El Mar Menor, ese espejo de aguas tranquilas que tanto amo, es el escenario perfecto para estas observaciones. En los clubes náuticos, entre el tintineo de las drizas y el brillo del sol sobre la fibra de vidrio, se representa a diario la comedia humana. Y a veces, la tragedia.
Hace poco, recordando mis días de navegación y convivencia en el pantalán, me vino a la mente la figura de un hombre que todos conocemos. Quizás no se llame Pepe, quizás su barco no esté en Murcia, pero existe. Es ese hombre que vive una vida que no le pertenece, manteniendo las apariencias para comprar un poco de respeto social.
Hoy quiero compartir con vosotros este relato corto. Una historia sobre la dignidad, las máscaras que nos ponemos para sobrevivir y la soledad que se esconde tras una sonrisa de capitán.
Espero que os guste.
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En el Club Náutico, la jerarquía no la dictan los galones, sino la eslora. Sin embargo, Pepe era la excepción que confirmaba la regla. Todos lo conocíamos como "Pepe el del yate", un título nobiliario que él llevaba con una sonrisa perenne, bronceada por el sol de Murcia y blanqueada por la salitre.
Era un tipo carismático, de esos que entran en la cantina y el camarero ya sabe que debe poner una ronda de marineras. Su barco, comparado con el mío —un crucero de doce metros con flybridge—, era apenas una cajita de cerillas flotante, un juguete de fibra de vidrio pulido hasta la obsesión. Pero Pepe lo trataba como si fuera el Bismark. Siempre estaba allí, baldeando la cubierta, ajustando defensas con la ayuda de unos marineros del puerto, cuidando que ningún grano de arena osara posarse en la teca sintética.
Hicimos buena amistad. Pepe era el rey de la hospitalidad prestada. Nos invitaba a fiestas en su pequeña cubierta, donde el vino peleón sabía a gloria y las risas rebotaban en el agua quieta del Mar Menor. En esos momentos, Pepe era el capitán de su destino, un hombre feliz.
Pero había una incoherencia en su guion. Una grieta en el personaje.
De vez en cuando, el "yate" se transformaba. Aparecía un coche de gama alta en el aparcamiento y descendía un hombre seco, con aspecto de notario aburrido o de ministro en vacaciones forzosas. Cuando ese hombre —el Señor Importante— pisaba el pantalán, Pepe se desmoronaba. Su carisma se evaporaba. Dejaba de ser nuestro amigo el capitán y se volvía invisible, servil. Si pasábamos por su lado, nos saludaba con un gesto furtivo, avergonzado, o directamente miraba al agua, como si temiera que nuestra familiaridad manchara la inmaculada presencia de sus invitados.
Aquello nos desconcertaba. "¿Qué le pasa a Pepe?", nos preguntábamos mientras brindábamos en mi barco, viéndolo a lo lejos, encogido, sirviendo copas a unos desconocidos que ni siquiera miraban el mar.
La verdad emergió una tarde de septiembre, fondeados cerca de la Isla del Barón.
Habíamos salido a navegar en mi barco. El Mar Menor estaba como un plato, una lámina de mercurio bajo un cielo violeta. Pepe aceptó mi invitación con una gratitud excesiva. Se sentó en la popa, con una cerveza en la mano, y por primera vez lo vi sin la máscara. No miraba su barco a lo lejos con orgullo, sino con cansancio.
—No es mío, Antonio —dijo de pronto, rompiendo el silencio que solo interrumpía el chapoteo del agua contra el casco.
Lo miré, sin entender.
—El barco. La "cajita de cerillas". No es mío.
Pepe se bebió la cerveza de un trago, como si necesitara tragar también su propia vergüenza. Me contó la historia con la voz rota de quien lleva años actuando en una obra que detesta. El verdadero dueño era aquel hombre gris, el Señor Importante, un empresario de Madrid al que el mar le importaba un bledo. Había comprado el barco por capricho de su mujer y para pasear a los nietos dos semanas en agosto. El resto del año, el barco era un estorbo.
—Llegamos a un acuerdo —confesó Pepe, con los ojos húmedos—. Yo soy el marinero. Me paga un sueldo por mantenerlo impecable, por encender los motores para que no se gripen, por vigilar que no entre agua. Y el pago incluía el permiso de usarlo. "Sácalo, Pepe, que los barcos parados se pudren", me dijo.
Pepe bajó la cabeza.
—Y yo lo sacaba. Y os invitaba a vosotros. Y por unas horas, me creía el dueño. Me creía alguien. Pero cuando él viene... cuando él viene, Antonio, recuerdo lo que soy. Solo el guardián del juguete de otro.
El viento de Levante sopló suave, trayendo el olor a sal y a algas. Miré a Pepe, a mi amigo Pepe, y no vi a un mentiroso. Vi a un hombre que había construido una dignidad de cartón piedra para sobrevivir a la mediocridad de su vida. Un hombre que amaba el mar más que el dueño legítimo, pero que no tenía los papeles para demostrarlo.
—La procesión va por dentro, ¿eh, Pepe? —le dije, poniéndole una mano en el hombro.
Él asintió, mirando hacia la Manga, donde las luces empezaban a encenderse.
—Por dentro y en silencio, Antonio. Como los barcos fantasmas.
Desde ese día, cuando lo veo en el club, limpiando ese barco ajeno con la devoción de un padre, ya no veo al simpático "Pepe el del yate". Veo al actor más triste del Mar Menor, interpretando el papel de su vida a cambio de un poco de viento en la cara.
Nota del autor: Todos conocemos a alguien así, o quizás nosotros mismos hemos sido Pepe alguna vez, fingiendo ser capitanes en barcos ajenos. La vida tiene estas paradojas: a veces el que posee las cosas no las disfruta, y el que las disfruta no las posee.
¿Y tú? ¿Has conocido a algún "Almirante de la nada"? Te leo en los comentarios.
Antonio Capel Riera

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