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domingo, 9 de noviembre de 2025

El castigo de la Sukuri

En el corazón del trópico boliviano, tres niños descubren que hasta en el paraíso hay normas que no conviene romper. Un relato lleno de inocencia, humor y nostalgia sobre aquellos días en que la naturaleza era nuestra escuela y el miedo, nuestro primer maestro.


En el paraíso de Santiago de Chiquitos, donde el aire olía a mango maduro y las cigarras cantaban su misa diaria, existían unas lagunas de agua tan cristalina que uno podía verse el alma al asomarse. Aquel rincón, escondido entre los árboles y los cántaros de los papagayos, era nuestro pequeño edén.
Éramos tres —siempre los mismos—, los traviesos de la clase, los que reprobábamos conducta por exceso de curiosidad.

Los domingos eran de obligado cumplimiento asistir a la iglesia. Don Juan, que hacía de pastor, nos tenía fichados. Sabía que si uno bostezaba, el otro se reía, y si el tercero lo veía, ya empezaba la risa contagiosa. Pero aquel domingo el calor era insoportable, y la tentación de las pozas de agua fresca nos venció.

—¿Y si nos escapamos? —susurró Cecilio, el más valiente, o el más travieso, según el día.
—Solo un rato —añadí yo, intentando tranquilizar mi conciencia.
Elmer, el más tranquilo, dudó un segundo, pero acabó siguiendo al grupo, como siempre.

Y allá fuimos, descalzos, atravesando el pasto que brillaba bajo el sol del trópico. Las lagunas nos esperaban quietas, azules, perfectas. Nos lanzamos al agua como si fuera el cielo. Era como bañarse en la pureza misma: los peces nos rozaban los tobillos, y el eco de nuestras risas se confundía con el de los tucanes.

Pero la felicidad duró poco.
De pronto, Cecilio salió del agua con los ojos desorbitados.
—¡Sukuri! —gritó señalando la orilla.
Y la vimos: una enorme boa verde, gruesa como el tronco de un árbol joven, deslizándose hacia nosotros con la calma de quien no tiene prisa para devorar.

No recuerdo haber corrido tanto en mi vida.
Ni Usain Bolt, ni los pumas del monte nos habrían alcanzado.
Atravesamos la selva, los arbustos, las zarzas, y fuimos a parar directamente a la puerta de la iglesia, jadeando, empapados y con las rodillas llenas de rasguños.

Don Juan apenas nos miró. Siguió con su sermón como si ya supiera que el Señor se había encargado del castigo.

Esa tarde, entre susurros, prometimos no volver a faltar a la iglesia. Y cumplimos. No por devoción, sino por miedo a otra Sukuri enviada —según nosotros— desde el mismísimo cielo.

Años después, cuando lo contábamos, los compañeros se reían a carcajadas.

Y nosotros también. Pero en el fondo sabíamos que aquella serpiente nos había enseñado la primera gran lección de nuestras vidas:
en el paraíso, también hay quien vigila que no te portes mal.

©antonio capel riera

sábado, 8 de noviembre de 2025

Descalzo en Santiago de Chiquitos: la infancia donde la felicidad no costaba nada

Hay recuerdos que no se borran, porque no nacieron del lujo, sino de la inocencia.
Cuando cierro los ojos, aún veo aquel pueblito perdido en la Amazonia boliviana, con sus calles de grama, los niños descalzos y las noches en que la Cruz del Sur parecía una lámpara encendida para nosotros solos.
Fue allí, entre luciérnagas y risas, donde aprendí que la felicidad no estaba en tenerlo todo, sino en no necesitar nada.


Mi padre fue destinado como director —y fundador— de la escuela secundaria en uno de los lugares más hermosos de la Amazonia boliviana: Santiago de Chiquitos, un pequeño pueblo fundado por dos jesuitas –Gaspar Fernández y Gaspar Troncoso– en el año 1.754.           
Yo hice la primaria en aquel colegio maravilloso, entre campanas, sol y pájaros tropicales. Las calles eran de grama verde, tan suaves que parecía que el pueblo entero caminaba sobre alfombras vivas. Los niños, por su pobreza —o tal vez por su libertad—, iban descalzos. Y yo también lo hacía, aunque me costara las broncas de mi padre.

Él quería que yo llevara los libros en la cartera, con correas bien ajustadas, como un niño “de ciudad”. Pero yo prefería sostenerlos en la mano, como mis compañeros. No era rebeldía, era una forma de ser uno más. Allí, entre risas y caminos de hierba, aprendí lo que es la solidaridad verdadera: no la que se enseña en los discursos, sino la que nace de compartir la pobreza sin vergüenza.

No conocíamos el lujo ni lo echábamos en falta. De vez en cuando llegaban noticias increíbles desde la capital: hablaban de unas bebidas con gas —“Fanta” y “Coca-Cola” las llamaban—, de helados que no se derretían y de aparatos que hablaban solos. Para nosotros, aquello sonaba a cuento.

Nuestro refresco era el jugo de tamarindo, y los frutos que endulzaban la infancia tenían nombres que los niños de la capital jamás habían oído: guayaba, achachairú, guapurú, totaí… sabores que no venían en botellas, sino en los árboles y en la sonrisa de quien los compartía.

En aquel tiempo no había médico en el pueblo, y sin embargo, nadie se enfermaba. Las fiebres se curaban con hojas, los resfriados con descanso y la única medicina que conocíamos era la tintura de yodo, que servía para todo: desde un rasguño hasta una picadura. La salud parecía venir del mismo aire limpio que respirábamos.

Y cuando no estábamos estudiando, hacíamos travesuras con los burros sin dueño que pululaban por la plaza: les poníamos sombreros, los montábamos de a tres, o los disfrazábamos con sábanas como si fueran fantasmas. Eran los juegos de una niñez sin televisión ni juguetes, pero con toda la imaginación del mundo.

Por las noches, el cielo era una inmensa lámpara. Se veía la Cruz del Sur tan clara que parecía colgada sobre el campanario. Las luciérnagas danzaban entre los matorrales, y nosotros las cazábamos con cuidado, metiéndolas en un vaso de cristal para que iluminaran como pequeñas linternas vivas.

Tal vez fue allí, en aquellas calles de hierba, pies descalzos y noches estrelladas, donde empezó a formarse en mí una manera de ver el mundo: la de quien entiende que la felicidad no depende de lo que se tiene, sino de lo que se recuerda con ternura.

©antonio capel riera 

sábado, 17 de mayo de 2025

Aventura en la Chiquitania: El hallazgo que nunca olvidamos

Aventura en la Chiquitania: El hallazgo que nunca olvidamos

Tres adolescentes, una selva infinita y un descubrimiento imposible de olvidar

En unas vacaciones distintas, tres compañeros del instituto decidimos explorar la Amazonía boliviana siguiendo la ruta de las antiguas misiones jesuíticas. Lo que comenzó como un juego de exploradores se convirtió en una experiencia que nos marcaría de por vida. En una cueva olvidada por el tiempo… encontramos armaduras con esqueletos dentro. Esta es la historia real.

Un buen día, mientras todos hacían planes de playa o montaña, tres compañeros del instituto decidimos ser exploradores por una vez en la vida. Nada de vacaciones típicas: queríamos seguir los pasos de los misioneros jesuitas que llegaron a la Amazonía boliviana en el siglo XVIII, atravesando la Chiquitania.

Llevábamos lo que creímos esencial: repelente de mosquitos, medicinas, linternas, latas de conserva y muchas ganas de aventura. Nos reíamos pensando cómo habrían sobrevivido aquellos españoles sin nada de eso, solo con coraje, fe… y seguramente algo de locura.

Cada paso nos adentraba más en una selva densa, húmeda y ruidosa. Entre picaduras, sustos y lluvias tropicales, acabamos encontrando una cueva en la ladera de una montaña. Entramos para refugiarnos del chaparrón y fue ahí donde todo cambió.

En el fondo de la cueva, cubiertas por siglos de humedad y tierra, descubrimos tres armaduras antiguas con esqueletos humanos dentro. No era una película. Era real. Aquellos restos estaban allí, como si la historia nos hubiese estado esperando.

El acceso era difícil. Nosotros llegamos agotados con equipo moderno. Ellos, en cambio… ¿cómo? ¿Por qué? Nos llenó de asombro y respeto. Aquel lugar estaba cerca de Roboré, un pequeño pueblo perdido en el mapa, pero inmenso en recuerdos.

No teníamos cámaras, ni móviles. Solo nos quedó la memoria y la piel de gallina. No nos creyeron muchos cuando lo contamos, pero no importa. Nosotros lo vivimos.