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viernes, 5 de diciembre de 2025

La Noche en que Aprendí a Mirar

En estas fechas de luces y villancicos, no todas las mesas están completas. Este relato nace de una revelación infantil que marcó mi manera de mirar la Navidad: el descubrimiento de que, mientras unas familias celebran, otras sirven la celebración. A veces, la mayor lección llega cuando eres niño y te das cuenta de que la tristeza trabaja en silencio


De niño, las Navidades eran un territorio mágico. Para unos reinaba Papá Noel; para otros, los Reyes Magos. Pero para todos —incluido yo— eran días de luces, regalos y ese olor a comida que parecía salir de los manteles y no de la cocina.

Aun así, muy temprano empecé a notar que aquella alegría tenía sombras. No grandes, no dramáticas… de esas sombras pequeñitas que solo un niño con alma observadora es capaz de ver.

Tenía un compañero de colegio —delgadito, siempre con los cordones desatados— que cada vez que hablábamos de las fiestas bajaba la mirada. No lo entendía. Con lo bonito que era soñar con juguetes nuevos y turrón, ¿qué podía dolerle a él?

Un día me atreví a preguntar.

—¿Y tú con quién pasas la Nochebuena?

—Con mi mamá —dijo sin levantar la cabeza—. Mi papá trabaja.

Yo, en mi ingenuidad de niño bienintencionado, imaginé un padre héroe: policía, médico, bombero… un hombre luchando contra incendios mientras su familia cenaba sin él. Así lo veía mi mente: épico y triste a la vez.

Pero mi amigo negó con suavidad:

—No… mi papá es camarero. Tiene que servir la cena en una casa de gente que yo ni conozco.

Aquella respuesta se me quedó entre pecho y espalda, como cuando uno intenta tragar saliva y no baja.

La vida es caprichosa: esa misma noche, en casa de mis tíos, había una gran celebración. Luces por todas partes, copas brillando, la mesa puesta como si fuera a sentarse un embajador. Y de pronto lo vi.

El camarero.
El hombre que servía las bebidas, que acomodaba los cubiertos, que recogía los platos con una profesionalidad silenciosa... era el padre de mi amigo.

Me temblaron las rodillas. No por vergüenza, sino por la revelación.

Lo miré bien.
Su manera de sonreír, forzadita.
Los ojos oscuros, cansados, tan parecidos a los de su hijo que parecían una copia en papel carbón.
Era como ver a mi amiguito vestido de adulto, sirviendo una fiesta que no era la suya.

Y allí, entre risas ajenas y villancicos demasiado alegres, entendí algo que me marcó para siempre: mientras unos celebran, otros sostienen la felicidad de los demás sacrificando la propia.

Sentí una punzada. Una rebelión íntima. Una especie de juramento silencioso: en estas fiestas, cada vez que una sombra de tristeza cruce un rostro, que también cruce el mío. Porque nadie debería vivir los días señalados desde la puerta de atrás.

Desde entonces, cuando llega diciembre, yo también me acuerdo de ellos: los padres que trabajan cuando deberían estar abrazando a sus hijos. Los hijos que esperan una puerta que no se abre. La Navidad que no siempre llega para todos a la vez.

Y lo confieso: aún hoy, cuando veo demasiada alegría junta, me sorprendo mirando alrededor… buscando al camarero.

Porque aquel niño que fui nunca dejó de hacerlo.

©antonio capel riera



sábado, 8 de noviembre de 2025

Descalzo en Santiago de Chiquitos: la infancia donde la felicidad no costaba nada

Hay recuerdos que no se borran, porque no nacieron del lujo, sino de la inocencia.
Cuando cierro los ojos, aún veo aquel pueblito perdido en la Amazonia boliviana, con sus calles de grama, los niños descalzos y las noches en que la Cruz del Sur parecía una lámpara encendida para nosotros solos.
Fue allí, entre luciérnagas y risas, donde aprendí que la felicidad no estaba en tenerlo todo, sino en no necesitar nada.


Mi padre fue destinado como director —y fundador— de la escuela secundaria en uno de los lugares más hermosos de la Amazonia boliviana: Santiago de Chiquitos, un pequeño pueblo fundado por dos jesuitas –Gaspar Fernández y Gaspar Troncoso– en el año 1.754.           
Yo hice la primaria en aquel colegio maravilloso, entre campanas, sol y pájaros tropicales. Las calles eran de grama verde, tan suaves que parecía que el pueblo entero caminaba sobre alfombras vivas. Los niños, por su pobreza —o tal vez por su libertad—, iban descalzos. Y yo también lo hacía, aunque me costara las broncas de mi padre.

Él quería que yo llevara los libros en la cartera, con correas bien ajustadas, como un niño “de ciudad”. Pero yo prefería sostenerlos en la mano, como mis compañeros. No era rebeldía, era una forma de ser uno más. Allí, entre risas y caminos de hierba, aprendí lo que es la solidaridad verdadera: no la que se enseña en los discursos, sino la que nace de compartir la pobreza sin vergüenza.

No conocíamos el lujo ni lo echábamos en falta. De vez en cuando llegaban noticias increíbles desde la capital: hablaban de unas bebidas con gas —“Fanta” y “Coca-Cola” las llamaban—, de helados que no se derretían y de aparatos que hablaban solos. Para nosotros, aquello sonaba a cuento.

Nuestro refresco era el jugo de tamarindo, y los frutos que endulzaban la infancia tenían nombres que los niños de la capital jamás habían oído: guayaba, achachairú, guapurú, totaí… sabores que no venían en botellas, sino en los árboles y en la sonrisa de quien los compartía.

En aquel tiempo no había médico en el pueblo, y sin embargo, nadie se enfermaba. Las fiebres se curaban con hojas, los resfriados con descanso y la única medicina que conocíamos era la tintura de yodo, que servía para todo: desde un rasguño hasta una picadura. La salud parecía venir del mismo aire limpio que respirábamos.

Y cuando no estábamos estudiando, hacíamos travesuras con los burros sin dueño que pululaban por la plaza: les poníamos sombreros, los montábamos de a tres, o los disfrazábamos con sábanas como si fueran fantasmas. Eran los juegos de una niñez sin televisión ni juguetes, pero con toda la imaginación del mundo.

Por las noches, el cielo era una inmensa lámpara. Se veía la Cruz del Sur tan clara que parecía colgada sobre el campanario. Las luciérnagas danzaban entre los matorrales, y nosotros las cazábamos con cuidado, metiéndolas en un vaso de cristal para que iluminaran como pequeñas linternas vivas.

Tal vez fue allí, en aquellas calles de hierba, pies descalzos y noches estrelladas, donde empezó a formarse en mí una manera de ver el mundo: la de quien entiende que la felicidad no depende de lo que se tiene, sino de lo que se recuerda con ternura.

©antonio capel riera 

martes, 26 de agosto de 2025

Una generación confundida y decepcionada

Nuestros padres, con un sueldo de obrero, tres hijos, una mujer en casa y un cochecito que apenas subía cuestas, compraban piso, coche y veraneaban en la playa. Todo con recibos en pesetas que se podían pagar sin ahogarse.


Nosotros, los hijos brillantes, crecimos creyendo en la religión del “estudia y serás alguien”. Y estudiamos. Vaya si estudiamos: carreras, másteres, doctorados, inglés, alemán, chino mandarín y hasta cursillos de risoterapia. Y al final… seguimos en casa, durmiendo en la misma habitación donde antes colgaban pósters de Iron Maiden o Chiquititas.Ellos, con 30 años, hipotecados pero tranquilos, criando familia y con coche en el garaje. Nosotros, con 30 años, hipotecados a los padres, criando frustraciones y con patinete eléctrico.

La sátira se cuenta sola: antes con un sueldo humilde se vivía; hoy con dos sueldos dignos apenas sobrevives. Antes se tenían tres hijos; hoy tienes tres suscripciones: Netflix, Spotify y Amazon. Antes se viajaba a Benidorm; hoy subes fotos de Tailandia… aunque luego no puedas pagar la luz.

La generación de nuestros padres soñaba con que sus hijos vivieran mejor. Nosotros soñamos con llegar a fin de mes. Ellos pensaban en un coche nuevo; nosotros en un psicólogo barato.

Lo que antes era “progreso” hoy es un chiste cruel. Y lo peor es que seguimos repitiendo como loros que “lo importante es ser feliz”. Sí, claro… feliz, pero en casa de mamá, con wifi gratis y croquetas caseras.

Una generación confundida, decepcionada y… de premio consuelo: con mucho desarrollo personal. Eso sí, muy mindfulness, muy coach y muy “serás lo que quieras ser”. Pero sin casa, sin hijos y sin futuro.
La caricatura de un progreso que nunca llegó.