Por mi especialidad se ha cumplido siempre aquello que nos repetían en la facultad con una seriedad casi bíblica:
El diabético muere por los pies… y se queda ciego.
Un diabético que no cuida sus pies es un firme candidato a la amputación y, con algo de mala suerte, a una infección generalizada que ya no entiende de excusas ni de buenas intenciones. El verdadero problema no es solo la enfermedad, sino algo más humano y más triste: muchos diabéticos no quieren entenderla. Se niegan. No ponen parte de sí.
Y eso, con los años, se paga caro.
Los recuerdo con tristeza serena, nunca con reproche.
Recuerdo especialmente a una señora que venía a la consulta sonriente, asegurando que cada vez veía mejor, mientras se quejaba de que le dolían muchísimo los pies. Al mirarla con calma entendí enseguida lo que ocurría: llevaba los zapatos cambiados. No lo notaba. No podía notarlo.
Le hablé con tranquilidad. Le dije que íbamos a solucionar el problema: unas cremas hidratantes, cuidado diario, y asunto resuelto. Se levantó del sillón agradecida, casi adorándome, convencida de que el problema había desaparecido.
Yo me quedé sentado unos segundos más.
No celebré la victoria.
Porque sabía que, en realidad, habíamos ganado una batalla pequeña… en una guerra mucho más grande, una guerra silenciosa contra la negación, el miedo y la falta de conciencia de una enfermedad que no perdona descuidos.
Y por eso, con los años, he llegado a un axioma sencillo, sin adornos y sin discusión:
Un diabético vigilado y controlado vive más y mejor que uno que no lo es.
Antonio Capel Riera

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