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martes, 30 de diciembre de 2025

El Almirante de la Nada: Cuando la vida es prestada

A menudo me preguntan de dónde saco mis historias. La respuesta siempre es la misma: no las invento, las robo. Los escritores somos, en esencia, espías con licencia para contar lo que vemos. Observamos los gestos, los silencios y las grietas por las que se escapa la verdad de las personas.

El Mar Menor, ese espejo de aguas tranquilas que tanto amo, es el escenario perfecto para estas observaciones. En los clubes náuticos, entre el tintineo de las drizas y el brillo del sol sobre la fibra de vidrio, se representa a diario la comedia humana. Y a veces, la tragedia.

Hace poco, recordando mis días de navegación y convivencia en el pantalán, me vino a la mente la figura de un hombre que todos conocemos. Quizás no se llame Pepe, quizás su barco no esté en Murcia, pero existe. Es ese hombre que vive una vida que no le pertenece, manteniendo las apariencias para comprar un poco de respeto social.

Hoy quiero compartir con vosotros este relato corto. Una historia sobre la dignidad, las máscaras que nos ponemos para sobrevivir y la soledad que se esconde tras una sonrisa de capitán.

Espero que os guste.

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En el Club Náutico, la jerarquía no la dictan los galones, sino la eslora. Sin embargo, Pepe era la excepción que confirmaba la regla. Todos lo conocíamos como "Pepe el del yate", un título nobiliario que él llevaba con una sonrisa perenne, bronceada por el sol de Murcia y blanqueada por la salitre.

Era un tipo carismático, de esos que entran en la cantina y el camarero ya sabe que debe poner una ronda de marineras. Su barco, comparado con el mío —un crucero de doce metros con flybridge—, era apenas una cajita de cerillas flotante, un juguete de fibra de vidrio pulido hasta la obsesión. Pero Pepe lo trataba como si fuera el Bismark. Siempre estaba allí, baldeando la cubierta, ajustando defensas con la ayuda de unos marineros del puerto, cuidando que ningún grano de arena osara posarse en la teca sintética.

Hicimos buena amistad. Pepe era el rey de la hospitalidad prestada. Nos invitaba a fiestas en su pequeña cubierta, donde el vino peleón sabía a gloria y las risas rebotaban en el agua quieta del Mar Menor. En esos momentos, Pepe era el capitán de su destino, un hombre feliz.

Pero había una incoherencia en su guion. Una grieta en el personaje.

De vez en cuando, el "yate" se transformaba. Aparecía un coche de gama alta en el aparcamiento y descendía un hombre seco, con aspecto de notario aburrido o de ministro en vacaciones forzosas. Cuando ese hombre —el Señor Importante— pisaba el pantalán, Pepe se desmoronaba. Su carisma se evaporaba. Dejaba de ser nuestro amigo el capitán y se volvía invisible, servil. Si pasábamos por su lado, nos saludaba con un gesto furtivo, avergonzado, o directamente miraba al agua, como si temiera que nuestra familiaridad manchara la inmaculada presencia de sus invitados.

Aquello nos desconcertaba. "¿Qué le pasa a Pepe?", nos preguntábamos mientras brindábamos en mi barco, viéndolo a lo lejos, encogido, sirviendo copas a unos desconocidos que ni siquiera miraban el mar.

La verdad emergió una tarde de septiembre, fondeados cerca de la Isla del Barón.

Habíamos salido a navegar en mi barco. El Mar Menor estaba como un plato, una lámina de mercurio bajo un cielo violeta. Pepe aceptó mi invitación con una gratitud excesiva. Se sentó en la popa, con una cerveza en la mano, y por primera vez lo vi sin la máscara. No miraba su barco a lo lejos con orgullo, sino con cansancio.

—No es mío, Antonio —dijo de pronto, rompiendo el silencio que solo interrumpía el chapoteo del agua contra el casco.

Lo miré, sin entender.

—El barco. La "cajita de cerillas". No es mío.

Pepe se bebió la cerveza de un trago, como si necesitara tragar también su propia vergüenza. Me contó la historia con la voz rota de quien lleva años actuando en una obra que detesta. El verdadero dueño era aquel hombre gris, el Señor Importante, un empresario de Madrid al que el mar le importaba un bledo. Había comprado el barco por capricho de su mujer y para pasear a los nietos dos semanas en agosto. El resto del año, el barco era un estorbo.

—Llegamos a un acuerdo —confesó Pepe, con los ojos húmedos—. Yo soy el marinero. Me paga un sueldo por mantenerlo impecable, por encender los motores para que no se gripen, por vigilar que no entre agua. Y el pago incluía el permiso de usarlo. "Sácalo, Pepe, que los barcos parados se pudren", me dijo.

Pepe bajó la cabeza.

—Y yo lo sacaba. Y os invitaba a vosotros. Y por unas horas, me creía el dueño. Me creía alguien. Pero cuando él viene... cuando él viene, Antonio, recuerdo lo que soy. Solo el guardián del juguete de otro.

El viento de Levante sopló suave, trayendo el olor a sal y a algas. Miré a Pepe, a mi amigo Pepe, y no vi a un mentiroso. Vi a un hombre que había construido una dignidad de cartón piedra para sobrevivir a la mediocridad de su vida. Un hombre que amaba el mar más que el dueño legítimo, pero que no tenía los papeles para demostrarlo.

—La procesión va por dentro, ¿eh, Pepe? —le dije, poniéndole una mano en el hombro.

Él asintió, mirando hacia la Manga, donde las luces empezaban a encenderse. 

—Por dentro y en silencio, Antonio. Como los barcos fantasmas.

Desde ese día, cuando lo veo en el club, limpiando ese barco ajeno con la devoción de un padre, ya no veo al simpático "Pepe el del yate". Veo al actor más triste del Mar Menor, interpretando el papel de su vida a cambio de un poco de viento en la cara.


Nota del autor: Todos conocemos a alguien así, o quizás nosotros mismos hemos sido Pepe alguna vez, fingiendo ser capitanes en barcos ajenos. La vida tiene estas paradojas: a veces el que posee las cosas no las disfruta, y el que las disfruta no las posee.

¿Y tú? ¿Has conocido a algún "Almirante de la nada"? Te leo en los comentarios.

Antonio Capel Riera



jueves, 7 de agosto de 2025

El Quick Silver que hizo un looping sin piloto


(O la vez que un ultraligero decidió volar sin humanos de por medio)

Los que hemos tenido un Quick Silver sabemos que ese avión es más noble que muchos cuñados. Es como ese perro viejo que no muerde a nadie, pero que si te descuidas te roba el jamón. Fácil de volar, agradecido en el aire, sin vicios y, para colmo, fotogénico. Yo tuve dos: uno con alma de cometa (vela simple) y otro más completito, el MXII, que me regaló momentos de vuelo tan puros como un vino sin sulfatos.

Pero lo que voy a contar hoy no me pasó a mí —ojalá—, sino a un francés despistado cerca del Mar Menor, en una pista tan improvisada que parecía hecha con las promesas electorales de un concejal. El tipo tenía su Quick Silver listo, le arranca el motor con entusiasmo, como quien enciende una barbacoa, y se agacha para ajustar no sé qué... Y en ese momento, el avión —ese santo aparato— decide que no necesita más humanos en su vida.

Sí, señores. Despegó solo.
Con elegancia.
Con determinación.
Y con un estilo que ya querrían muchos influencers con dron.

Dicen los testigos (más de uno con gafas de culo de vaso y otro con prismáticos robados al ejército) que el avión se elevó lentamente, giró como para saludar a la pista, y tras un par de segundos de silencio majestuoso, ¡zas! ¡Un looping perfecto! Sin piloto, sin manos, sin miedo al ridículo.

¿Milagro aéreo? ¿Rebelión de las máquinas? ¿Un Quick Silver con espíritu de Charles Lindbergh reencarnado?
No lo sé. Pero yo lo llamo: "el día que la aeronáutica se independizó de nosotros."

Y lo más gracioso es que el avión, tras dar su espectáculo, decidió aterrizar suavecito en unos matorrales, como diciendo: “Tampoco os voy a humillar tanto.” Le falló un ala, sí, pero el orgullo de los presentes quedó mucho más dañado.

Desde entonces, cuando veo un Quick Silver aparcado, le doy una palmadita en la vela y le susurro:
“Tranquilo, colega, yo solo estoy aquí de acompañante.”

Porque una cosa está clara: el Quick Silver no necesita piloto. Lo que necesita es público.


 Relato basado en hechos reales, pero contado con libertad, sarcasmo y muchísimo respeto por estas nobles criaturas voladoras. Pongo por testigo a Gero.

©antoniocapelriera

viernes, 1 de agosto de 2025

‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’

EL MAR MENOR MATA...DE BELLEZA

Todos eran jóvenes médicos residentes, desparramaban ilusión y ganas por aprender. Admisión de Urgencias de cualquier Hospital de la Región de Murcia, era el lugar más solicitado por todos aquellos flamantes médicos que realmente aman su profesión. “Es donde más se aprende” decía uno; “Se ven patologías de las más insospechadas”, decía otro.
Y era cierto.
A Urgencias acudían pacientes de diversa patología: accidentes laborales, tráfico o domésticos; y también por enfermedades de etiología variada.
Una noche de verano ingresó un personaje que llamó la atención de los Residentes de Guardia. Iba acompañado de ilustres –preocupados- del mundo de la cultura. Aparentemente no tenía nada grave. Presentaba unos ligeros vértigos, leve taquicardia, pero sobre todo una profunda congoja.
-¿Ha tenido un disgusto? –preguntó uno de los jóvenes facultativos mientras lo auscultaba.
El paciente con la mirada perdida negaba moviendo la cabeza.
-¿Ha sido atracado? –preguntó otro.
También lo negaba. No había forma de sacarle palabra. “Lo mejor será preguntar a los acompañantes” dijo el médico que llevaba la voz cantante. Realmente estaba interesado en el caso.
-¿Ustedes estaban con el paciente cuando le aparecieron los síntomas?
-Sí –respondió el que parecía hacer de portavoz del grupo.
-¿Qué estaba haciendo? –preguntó el facultativo.
Los acompañantes se miraron turbados; al cabo de unos instantes respondió el que hacía de portavoz:
-Viendo la puesta de sol en el Mar Menor –dijo con voz trémula, avergonzado por la causa -.Parecía extasiado.
¿Quién podía creer que por ver una puesta de sol en el Mar Menor podía producirle un síncope? El médico volvió a repasar el electrocardiograma y bioquímica en sangre; todo estaba normal. ¿Qué estaba pasando con este paciente?
Los animosos médicos decidieron que había que consultar con el Jefe de Guardia; un galeno veterano y curtido, con más de 20 años de experiencia.
Al cabo de un instante se presentó el Jefe de Guardia, lanzando un sonoro resoplido tras un bostezo. Echó una ojeada al paciente, sobre todo a los acompañantes.
-¿A qué se dedica este señor? –preguntó deliberadamente tras ver la casta de amigos que habían venido con él.
-Es poeta y pintor –respondió uno de los amigos.
-¿Y ustedes?
-También somos del gremio poético y cultural de la ciudad –añadió otro.
El veterano médico volvió a mirar al cariacontecido enfermo.
-¿Es extranjero, verdad?
-Sí, escocés.
El Jefe de Guardia se dirigió a los médicos residentes y les preguntó:
-¿Habéis oído hablar del ‘Síndrome de Stendhal’?
Todos se excusaron, desconocían su existencia.
-Id a la Biblioteca Médica y en diez minutos os quiero aquí con un diagnóstico –ordenó con firmeza.
Resulta que existe una enfermedad denominada ‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’, también llamado ‘Sindrome de Florencia’. La causa es por un exceso de belleza, tal como le sucedió al escritor francés Stendhal en 1817 cuando visitó Florencia. Ocurrió que al entrar en la Basílica de Santa Crote, quedó impactado de tanta hermosura y magnificencia que le sobrevino un cuadro clínico cardíaco, vértigos y obnubilación. De ahí viene el nombre del ‘Síndrome de Stendhal’.
Al cabo de media hora, se hicieron presentes los residentes en la sala de Sesiones Clínicas; habían investigado en los archivos y en la biblioteca del Hospital, también en revistas médicas y a través de internet.
La sorpresa de los jóvenes médicos fue mayúscula; no entendían cómo se podía enfermar de belleza, y ante la cara de incredulidad que manifestaban, el Jefe de Guardia les ilustró dicho síndrome.
-¿Recordáis lo que dijo Paracelso?  -dijo el veterano médico-. Todo es tóxico a dosis excesivas. Y la belleza puede serlo.
Los médicos residentes oían con sumo interés al Jefe de Guardia.
-Pero ¿cómo se produce la causa-efecto? –preguntó uno de los médicos en ciernes.
-Muy sencillo-dijo el médico veterano-. No es la sustancia; es la dosis la que hace enfermar. Un medicamento en la dosis adecuada puede curar, pero administrada demás puede matar. Y esto no es válido sólo para las sustancias químicas; también actúa en el alma humana, en la psique…
El Jefe de Guardia volvió a examinar al blanquecino y pecoso paciente escocés. Luego volvió a dirigirse a sus residentes:
-¿Veis a este escocés? ¡En su vida ha visto un atardecer lleno de luminosidad y fulgor como los del Mar Menor! –afirmó con rotundidad-.Además, si tiene un espíritu sensible e impresionable, la dosis de sol mediterráneo actuó como una sobredosis.
Tenía razón el médico veterano. El escocés jamás había salido de su lluviosa y oscura Escocia; de pronto, sus amigos, amantes de lo bello y estético, lo invitaron a disfrutar de un atardecer a orillas del Mar Menor. Casi fue su colofón vital… por exceso de belleza.

©antoniocapelriera