sábado, 13 de diciembre de 2025

La niña mejor peinada del barrio

Una historia mínima sobre dignidad, infancia y silencios que protegen

Hay infancias que no se recuerdan por lo que faltó, sino por cómo se sostuvo lo poco que había.
Esta es la historia de una niña, de su abuela y de unas mañanas silenciosas en las que la dignidad se peinaba despacio, antes de ir al colegio.


La abuela de mi vecina era siempre la primera en levantarse.
Yo la veía desde mi ventana, todavía medio dormido, cuando el cielo apenas había decidido si iba a ser un buen día o no.

En mi casa, a esa hora, todo seguía en silencio. En la suya, la abuela ya estaba de pie.

Éramos compañeros de colegio y casi siempre salíamos a la vez. Caminábamos juntos unas dos manzanas hasta la escuela. A veces hablábamos, a veces no. No hacía falta.

Algunas mañanas mi madre se ofrecía a llevar a mi vecinita en coche. Lo hacía con naturalidad, como quien no quiere que se note. Su madre era viuda y trabajaba mucho. En aquella casa nada sobraba, pero tampoco faltaba lo esencial.

Yo notaba las diferencias.
Las luces en su casa eran débiles. Cuando pasaban de una habitación a otra, apagaban una y encendían la siguiente. En la mía, las luces se quedaban encendidas sin que nadie se acordara de ellas.

Pero lo que más me llamaba la atención era la abuela.

Cuando yo miraba por la ventana, ella ya estaba peinando a la niña. Lo hacía despacio, con una paciencia antigua. El peine brillaba y el pelo quedaba perfecto.

En el colegio, la niña era siempre la mejor peinada. Tal vez por eso parecía la más limpia. Y tal vez por eso algunas compañeras no la miraban con buenos ojos.

A veces se acercaban. Decían cosas. Yo me acercaba también. No decía nada. Me quedaba allí. Solía bastar.

Fuimos amigos muchos años.
Un día, antes de entrar en la universidad, me dijo simplemente:

—Gracias.

No explicó nada más.
No hacía falta.

Después perdimos el contacto. La vida suele hacer eso con la gente que fue importante demasiado pronto.

A veces me pregunto qué habrá sido de ella. Me gusta pensar que alguien la peina todavía con el mismo cuidado. Y si no, que al menos recuerde que hubo mañanas en las que todo estaba en su sitio.

©antonio capel riera


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