Una historia mínima sobre dignidad, infancia y silencios que protegen
En mi casa, a esa hora, todo seguía en silencio. En la suya, la abuela ya estaba de pie.
Éramos compañeros de colegio y casi siempre salíamos a la vez. Caminábamos juntos unas dos manzanas hasta la escuela. A veces hablábamos, a veces no. No hacía falta.
Algunas mañanas mi madre se ofrecía a llevar a mi vecinita en coche. Lo hacía con naturalidad, como quien no quiere que se note. Su madre era viuda y trabajaba mucho. En aquella casa nada sobraba, pero tampoco faltaba lo esencial.
Pero lo que más me llamaba la atención era la abuela.
Cuando yo miraba por la ventana, ella ya estaba peinando a la niña. Lo hacía despacio, con una paciencia antigua. El peine brillaba y el pelo quedaba perfecto.
En el colegio, la niña era siempre la mejor peinada. Tal vez por eso parecía la más limpia. Y tal vez por eso algunas compañeras no la miraban con buenos ojos.
A veces se acercaban. Decían cosas. Yo me acercaba también. No decía nada. Me quedaba allí. Solía bastar.
—Gracias.
Después perdimos el contacto. La vida suele hacer eso con la gente que fue importante demasiado pronto.
A veces me pregunto qué habrá sido de ella. Me gusta pensar que alguien la peina todavía con el mismo cuidado. Y si no, que al menos recuerde que hubo mañanas en las que todo estaba en su sitio.
©antonio capel riera

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