viernes, 26 de diciembre de 2025

Los Niños de la Sirena

Este relato nace de una madrugada en una área de caravanas europea. Dos ancianos discuten por una tontería… pero en realidad no discuten ellos, sino los niños que fueron bajo las sirenas de la guerra. Una reflexión sobre la memoria, el dolor que no caduca y la paz interior que Europa aún no ha terminado de conquistar.

Fue la pandemia la que me enseñó la diferencia brutal entre sobrevivir y vivir. Cuando el mundo se cerró, yo me quedé aislado en mi barco; lo que siempre había sido símbolo de libertad se convirtió en una celda flotante de salitre, donde los días se repetían como olas idénticas. Sobrevivía, sí… pero no vivía.

Por eso, cuando todo pasó, tuve necesidad física de horizonte, de aire que no oliera a mar estancado, de movimiento real.

La camper fue mi salvación. Una casa pequeña con ruedas que te permite huir sin romper con nada, solo ir a buscar la vida que se te escapó durante el encierro. Desde entonces frecuento esas áreas de caravanas donde reina una coreografía silenciosa: mesas plegables impecables, saludos cordiales en tres idiomas, orden europeo, serenidad… apariencia de que ya nada duele.

Eso creía. Hasta aquella madrugada.

Me despertó una discusión que empezó áspera, como un motor frío, y terminó ardiendo. A la mañana siguiente los vi con la luz implacable del día: dos hombres octogenarios. Me sorprendió su firmeza. Tenían la dignidad recta en la espalda, el cuerpo aún entero, como esos edificios viejos que han aguantado bombardeos… pero siguen en pie. Uno era francés. El otro, alemán.

Discutían por una tontería —un cable, una sombra, una plaza—, pero el tono no correspondía al motivo. Y entonces lo comprendí. Fue como si alguien abriera una ventana antigua y entrara de golpe la memoria.

Cuando el mundo estalló en los años cuarenta, ellos no eran soldados. Eran niños.

Niños que aprendieron antes que la tabla del dos el sonido exacto de una sirena. Niños arrancados de la cama de madrugada, corriendo hacia sótanos húmedos con el corazón pequeño latiendo más deprisa de lo que un cuerpo pequeño aguanta. Niños que aprendieron demasiado pronto que el cielo podía matar.


Eso no se olvida nunca. Eso se queda tatuado en el hueso.

Por eso el francés no discutía por un aparcamiento. Gritaba desde aquel niño que descendía escaleras de hormigón mientras su madre le apretaba la mano. Y el alemán contestaba desde otra herida más silenciosa: la de crecer sabiendo que el mundo entero miró a tu país con horror, cargando una culpa que tú no escogiste, pero que te acompaña como sombra alargada.

Yo los miraba en silencio desde la ventana de mi camper y sentí una tristeza antigua. Nos gusta pensar que Europa es madura, que el tiempo cura, que las guerras quedan encerradas en libros de historia. Mentira. La guerra continúa cuando ya no caen bombas: sigue viviendo dentro de quienes escucharon las sirenas siendo niños… y siguen buscando refugio aunque ahora el refugio sea una parcela en un camping de lujo.

Aquella mañana comprendí algo que ningún tratado político explica:
las guerras no terminan cuando se firma la paz… terminan cuando dejan de doler.

Y viendo a aquellos dos hombres, fuertes todavía, orgullosos todavía… y heridos todavía, entendí que esa paz —la verdadera, la del alma— aún no ha llegado. Porque las sirenas dejaron de sonar hace ochenta años… pero los niños que las escucharon siguen vivos por dentro.

antonio capel riera


No hay comentarios:

Publicar un comentario