Éramos los huérfanos de un sistema que aún no había nacido.
Corría el principio de la década de los setenta, esos años bisagra donde España empezaba a sacudirse la caspa en blanco y negro, pero la medicina seguía anclada en una teórica solemnidad. Salíamos de la facultad con la cabeza llena de latín y el ciclo de Krebs, pero con las manos vacías de oficio. El MIR era todavía una quimera burocrática, un sueño de orden que no llegaría hasta el 78. Así que allí estábamos nosotros, la élite de los egresados, con el título recién enmarcado y el terror absoluto a matar a alguien por ignorancia, lanzándonos al único mercado que nos aceptaba sin preguntas: las sustituciones de verano en ambulancias de urgencia.
La ambulancia era un SEAT 1500 ranchera que olía a gasoil y a miedo; el nuestro.
Mi compañero de guardia era Paco. Paco no había pisado una universidad ni para repartir el correo, pero tenía un máster en la vida que ya hubiéramos querido nosotros. Era un hombre rechoncho, de carnes generosas y respiración fuerte, que compaginaba el volante con la venta de vino y cerveza al por mayor. Conducía con una mano, apoyando el codo en la ventanilla, con esa tranquilidad pasmosa de quien sabe que la prisa es enemiga de la precisión.
Aquella tarde de julio, el calor derretía el asfalto y nuestras certezas. La radio crepitó con la voz metálica de la telefonista.
—Aviso en calle Mayor. Varón de cuarenta años. Refieren "dolor en el lado".
Miré a mi compañero de promoción, un chico pálido que abrazaba su maletín como si fuera un salvavidas. "¿Dolor en el lado?", nos preguntamos con la mirada. En seis años de patología médica, quirúrgica y anatomía, nadie nos había hablado del "dolor en el lado". Repasamos mentalmente el Harrison, buscamos en los apuntes manoseados que llevábamos escondidos en la bata. ¿Sería un infarto atípico? ¿Un neumotórax? ¿Una rotura de bazo espontánea?
La angustia empezó a subirme por la garganta. Íbamos a llegar, la familia nos miraría esperando la salvación de la ciencia, y nosotros no sabríamos distinguir un gas de una catástrofe.
Paco, sin apartar la vista de la carretera, dio una calada imaginaria a un cigarro que no tenía y soltó la sentencia con voz ronca:
—Eso es un cólico nefrítico, doctores.
Nos giramos hacia él, ofendidos en nuestro orgullo universitario pero desesperados por aferrarnos a cualquier clavo ardiendo.
—¿Cómo puedes saberlo, Paco? —pregunté, intentando mantener la dignidad.
—Por la hora, por el calor y porque la telefonista ha dicho "se retuerce". El del infarto se queda quieto del susto. El del cólico baila la conga.
Llegamos. Subimos las escaleras de dos en dos, con el corazón más acelerado que el del paciente. Al entrar en el salón, la escena era tal cual la había descrito el oráculo del volante: un hombre sudoroso, pálido, doblado sobre sí mismo, llevándose la mano a la fosa renal y gritando en arameo.
Diagnóstico confirmado: Cólico nefrítico. Paco: 1 – Facultad de Medicina: 0.
Pero el calvario no había terminado. La familia nos miraba. "¿Qué le ponemos, doctor? ¡Haga algo!".
Nos quedamos paralizados. Sabíamos la fisiopatología del riñón, la composición de los cálculos de oxalato cálcico, pero... ¿qué diablos se le inyectaba a un ser humano para que dejara de gritar?
Saqué el Vademécum de bolsillo con manos temblorosas. Las letras bailaban. ¿Analgésicos? ¿Espasmolíticos? La duda es el peor enemigo del médico joven, porque se huele. Y la familia empezaba a olernos.
Entonces noté una presencia a mi espalda. Era Paco, que se había quedado en el umbral de la puerta, apoyado en el marco como un espectador aburrido de una obra que ya ha visto mil veces.
—Buscapina y Primperan —susurró. Tan bajo que solo yo pude oírlo, pero con la autoridad de un catedrático.
Miré a mi colega. Él me miró a mí. Asentimos con gravedad, fingiendo una consulta clínica de alto nivel.
—Coincido, colega —dije con voz impostada—. Procedamos con el protocolo estándar. Buscapina compositum y un antiemético.
Cargamos la jeringa. Pinchamos. El paciente, bendito sea el efecto placebo y la farmacología, empezó a relajarse en minutos.
Salimos de la casa entre agradecimientos y palmadas en la espalda. "Qué buenos son estos médicos jóvenes", escuché decir a la esposa. "Qué ojo clínico tienen".
Bajamos las escaleras en silencio. Al llegar a la ambulancia, Paco ya estaba sentado al volante, encendiendo el motor del 1500. Nos miró por el retrovisor y me pareció ver un brillo burlón, pero cariñoso, en sus ojos de vendedor de vinos.
—¿Al hospital o a la base? —preguntó.
—A la base, Paco —respondí, guardando el Vademécum en el fondo del bolsillo, donde no estorbara.
Aquel verano aprendí muchas cosas que no venían en los libros. Aprendí que la medicina es ciencia, sí, pero también es teatro. Y sobre todo, aprendí que en la universidad te dan el título, pero la verdadera cátedra la impartía un conductor rechoncho llamado Paco, que sabía que el diablo no sabe por listo, ni por médico, sino simplemente por viejo.
Nota del autor:
¿Tuviste algún "Paco" en tus inicios profesionales? Esa persona que te enseñó el oficio real más allá de la teoría.
Antonio Capel Riera

No hay comentarios:
Publicar un comentario