Hay injusticias que no hacen ruido. Ocurren entre cafés, relojes dorados y conversaciones triviales. Mientras unos esperan durante semanas una prueba que puede devolverles la paz, otros utilizan el sistema como un pasatiempo. Este relato nace en un hospital y habla de jerarquías, privilegios y de esa vergüenza silenciosa que a veces acompaña a la bata blanca.
La angustia de la señora Remedios tenía un olor específico: olía a naftalina, a ropa de domingo guardada demasiado tiempo y a esa cera barata que se extiende por los suelos de las salas de espera oficiales. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo, retorciendo un pañuelo de tela, mientras me explicaba el asunto con una humildad que resultaba hiriente.
Su hija, embarazada de siete meses, llevaba semanas durmiendo sentada, aterrorizada porque el niño venía “mal puesto”, atravesado como una viga en un pasillo estrecho.
—Dicen que hay mucha lista de espera, doctor —murmuró Remedios, sin atreverse a mirarme a los ojos, como si su dolor fuera una impertinencia—. Que ya nos llamarán. Pero el tiempo pasa… y mi hija solo llora.
La dejé allí, suspendida en el limbo de la burocracia, con su súplica flotando en el aire viciado del consultorio, y bajé a la cafetería. Necesitaba ese café de máquina, amargo y quemado, que funciona como combustible para la guardia.
El contraste fue un bofetón de luz fluorescente. El tintineo de las cucharillas contra la loza y el murmullo de las conversaciones triviales borraban cualquier rastro de tragedia. Allí estaba el grupo de siempre. Me acerqué a la barra y saludé. Entre el vapor de la cafetera vi a la doctora Valdés. Estaba radiante, con esa elegancia despreocupada de quien sabe que el sistema trabaja para ella y no al revés. Miraba su reloj —un modelo dorado, delicado— mientras se retocaba el carmín en el reflejo de una servilleta.
—¿Esperas a alguien? —pregunté, solo por llenar el silencio.
Sonrió. Una sonrisa de complicidad, de club privado.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
En mi mente, la imagen se fracturó. Vi el útero oscuro y silencioso de la hija de Remedios, esperando un diagnóstico como quien espera una sentencia, y lo superpuse a esa tarde de café y ecografía recreativa. Era una coreografía perversa. Mientras una abuela contaba las horas en un calendario de cocina, rogando por una imagen que le devolviera la paz, en la cafetería se disponía de la tecnología médica como quien ofrece un bombón o un cigarrillo a una visita.
Sentí el café subir por la garganta, ácido. El carmín brillaba. El monitor también. Dos luces encendidas para una sola conciencia. La doctora Valdés seguía sonriendo, ajena a que, en ese preciso instante, la vergüenza profesional me estaba quemando la cara más que el vapor de la cafetera.

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