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sábado, 8 de noviembre de 2025

Descalzo en Santiago de Chiquitos: la infancia donde la felicidad no costaba nada

Hay recuerdos que no se borran, porque no nacieron del lujo, sino de la inocencia.
Cuando cierro los ojos, aún veo aquel pueblito perdido en la Amazonia boliviana, con sus calles de grama, los niños descalzos y las noches en que la Cruz del Sur parecía una lámpara encendida para nosotros solos.
Fue allí, entre luciérnagas y risas, donde aprendí que la felicidad no estaba en tenerlo todo, sino en no necesitar nada.


Mi padre fue destinado como director —y fundador— de la escuela secundaria en uno de los lugares más hermosos de la Amazonia boliviana: Santiago de Chiquitos, un pequeño pueblo fundado por dos jesuitas –Gaspar Fernández y Gaspar Troncoso– en el año 1.754.           
Yo hice la primaria en aquel colegio maravilloso, entre campanas, sol y pájaros tropicales. Las calles eran de grama verde, tan suaves que parecía que el pueblo entero caminaba sobre alfombras vivas. Los niños, por su pobreza —o tal vez por su libertad—, iban descalzos. Y yo también lo hacía, aunque me costara las broncas de mi padre.

Él quería que yo llevara los libros en la cartera, con correas bien ajustadas, como un niño “de ciudad”. Pero yo prefería sostenerlos en la mano, como mis compañeros. No era rebeldía, era una forma de ser uno más. Allí, entre risas y caminos de hierba, aprendí lo que es la solidaridad verdadera: no la que se enseña en los discursos, sino la que nace de compartir la pobreza sin vergüenza.

No conocíamos el lujo ni lo echábamos en falta. De vez en cuando llegaban noticias increíbles desde la capital: hablaban de unas bebidas con gas —“Fanta” y “Coca-Cola” las llamaban—, de helados que no se derretían y de aparatos que hablaban solos. Para nosotros, aquello sonaba a cuento.

Nuestro refresco era el jugo de tamarindo, y los frutos que endulzaban la infancia tenían nombres que los niños de la capital jamás habían oído: guayaba, achachairú, guapurú, totaí… sabores que no venían en botellas, sino en los árboles y en la sonrisa de quien los compartía.

En aquel tiempo no había médico en el pueblo, y sin embargo, nadie se enfermaba. Las fiebres se curaban con hojas, los resfriados con descanso y la única medicina que conocíamos era la tintura de yodo, que servía para todo: desde un rasguño hasta una picadura. La salud parecía venir del mismo aire limpio que respirábamos.

Y cuando no estábamos estudiando, hacíamos travesuras con los burros sin dueño que pululaban por la plaza: les poníamos sombreros, los montábamos de a tres, o los disfrazábamos con sábanas como si fueran fantasmas. Eran los juegos de una niñez sin televisión ni juguetes, pero con toda la imaginación del mundo.

Por las noches, el cielo era una inmensa lámpara. Se veía la Cruz del Sur tan clara que parecía colgada sobre el campanario. Las luciérnagas danzaban entre los matorrales, y nosotros las cazábamos con cuidado, metiéndolas en un vaso de cristal para que iluminaran como pequeñas linternas vivas.

Tal vez fue allí, en aquellas calles de hierba, pies descalzos y noches estrelladas, donde empezó a formarse en mí una manera de ver el mundo: la de quien entiende que la felicidad no depende de lo que se tiene, sino de lo que se recuerda con ternura.

©antonio capel riera 

domingo, 8 de junio de 2025

La Confianza de los Sábados




A veces, la vida de quienes parecen haberlo conseguido todo se va deshaciendo en silencio. Este relato nos acerca al alma de un hombre hecho a sí mismo, atrapado entre sus logros y su soledad. No hay héroes ni villanos, solo seres humanos intentando ser queridos por lo que son… y no por lo que tienen.


Nadie hubiera apostado por él. Ni sus padres, ni los profesores del instituto nocturno al que asistía cuando tenía ganas. Hijo de agricultores, creció con más sol que libros y más silencio que consejos. Su cultura cabía en un cuaderno de caligrafía y dos refranes heredados. Pero Juan, al que en el polígono llamaban "el Enano", más por costumbre por ser bajito que por crueldad, no necesitó que nadie apostara por él.

Bastó con que se encerrara quince horas al día en un taller húmedo, primero como aprendiz y luego como dueño.

A los veinte ya moldeaba plástico con una destreza que asombraba a ingenieros. A los veinticinco, sus moldes duplicaban la producción de empresas mayores que la suya. No tenía títulos, pero su cabeza funcionaba con la precisión de una sierra industrial. Trabajaba, ganaba, y con eso bastaba.

Cuando empezó a ganar dinero, las cosas se torcieron. Nunca se sintió parte de los que tienen. En cenas con empresarios se sentaba torpe, desentonando con sus modales campesinos. Sospechaba que se reían de él a espaldas —y a veces lo hacían—. Eso lo volvió desconfiado. Se acostumbró a pensar que todo el mundo quería algo.

Primero fueron las motos. Luego los coches. Después un BMW, un Ducati, un Porsche, y una mujer que se le metió en la vida como se meten las piedras en el zapato: sin avisar y molestando cada vez más. Con ella tuvo dos hijos, una casa, dos perros y seis infidelidades.

En los noventa se puso de moda buscar fuera lo que aquí ya no sorprendía. Juan viajó: Rusia, Ucrania, Cuba. Probó. Comparó. Y eligió. Una cubana de sonrisa dulce y caderas anchas que le juró amor eterno en un hotel de Varadero.

Se casó de nuevo. También con ella tuvo hijos. Y con ellos, con el tiempo, llegaron los roces. Las comparaciones. Las disputas silenciosas sobre quién merecía más. Aún no había testamento, pero ya se vislumbraban las trincheras. Cada visita, cada llamada, cada gesto estaba teñido de cálculo. Juan lo notaba. Y se cerraba más.

Vinieron más propiedades, relojes caros, motos que ni usaba. Pero algo había cambiado. Ya no dormía bien. Empezó a mirar con recelo a todos: a sus hijos, a su nueva esposa, a los cuñados, a los socios. Nadie lo quería sin dinero. Y él lo sabía.

El único lugar donde respiraba era en un apartamento que usaba para sus escapadas, al que iba cada sábado, sin excepción. Allí lo esperaba Carmen, una ecuatoriana de ojos cansados que le limpiaba el piso y le preparaba café sin azúcar.

Hablaban. Mucho. De cosas que jamás compartía con su familia. Ella no opinaba, solo escuchaba. Y con eso, Juan sentía que no todo estaba podrido.

Una tarde, mientras miraban por la ventana cómo llovía sobre el asfalto, Juan dijo sin pensarlo:

—Carmen, ¿y si me vengo a vivir aquí contigo?

Ella no respondió. Secó la taza, la colocó en el mueble y lo miró sin expresión.

Él tampoco volvió a repetir la pregunta.

El sábado siguiente no apareció. Ni el otro. Ni el otro.

Nadie supo qué decidió. Tal vez ni él lo supo.
Solo que, en algún rincón de la ciudad,
una taza quedó servida,
y un hombre bajo, cansado de ser alto en todo,
seguía buscando a oscuras
el lugar donde pudiera, al fin,
dejar de ser querido por lo que tenía
y empezar a ser recordado por lo que callaba.