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miércoles, 22 de octubre de 2025

EL ESTANCIERO QUE DISPARABA REZANDO

DONDE LA SELVA HUELE A CELOS

En el corazón del oriente boliviano, donde la selva huele a resina, sudor y pecado, un hombre poderoso descubrió que los celos no matan de golpe: sangran lento, como la goma de los árboles que él mismo poseía. Una historia de amor prohibido, pasión desbordada y castigo silencioso.



En el oriente boliviano, donde el aire huele a resina y deseo, vivía don Benjamín Roda. Un estanciero poderoso, de mirada seca y manos hechas para el látigo y el whisky. Dueño de miles de cabezas de ganado, de una pista privada, y de una soledad tan grande que ni los truenos se atrevían a romperla.

Pero el hombre más duro también tiene un punto débil: una mujer.
Y la de don Benjamín se llamaba Lucerito.

Treinta años menor.
De piel canela brillante, caderas anchas y ojos negros que parecían saberlo todo del pecado.
Su sonrisa era un incendio, su andar, una ofrenda.
La conoció en una fiesta patronal, bailando un taquirari descalza sobre el polvo.
Y desde ese instante, supo que el resto de su vida giraría alrededor de ese cuerpo.La llevó a su estancia, “El Retiro”, una joya de pastos infinitos, donde el sol cae de frente y la selva respira detrás.
Pensó que allá, lejos del mundo, sería solo suya.
Pero los celos no entienden de cercas ni de ganado.
Lucerito se aburría.
Él pasaba las tardes meciéndose en su silla, con el vaso de whisky y la radio sonando boleros viejos.
Ella cabalgaba sola, con el cabello suelto y el pecho al viento, buscando aire… o peligro.
Un día lo vio:
un hombre joven, moreno, con los músculos tensos por el trabajo.
Sangraba los árboles de goma.
El machete subía y bajaba, y la resina le caía por los brazos como sudor de árbol herido.
La primera vez solo se miraron.
La segunda, se saludaron.
A la tercera, el destino hizo su jugada.
El caballo de Lucerito se encabritó ante un yacaré.
El hombre corrió, la sujetó por la cintura, la bajó del caballo.
Ella respiraba agitada, el pecho subía y bajaba bajo la blusa blanca pegada de sudor. Él olía a madera y resina.
Ella, a mango maduro y miedo. No hablaron.
Solo se miraron como se mira lo prohibido antes de romperlo.
Y allí, en la sombra de un mango gigante, sus bocas se encontraron. El roce fue torpe al principio, luego inevitable.
El machete cayó al suelo.
Las manos de ella recorrieron esa espalda morena; las de él, los muslos, el vientre, los pechos redondos que temblaban al ritmo del río. El aire se volvió espeso, lleno de insectos, perfume y culpa.
Cuando todo acabó, ella temblaba, entre placer y remordimiento.
Y él, mirando al cielo, dijo despacio:
—La selva tiene sus leyes, señora. Y ninguna perdona. Los encuentros siguieron.
Bajo la misma sombra.
A la misma hora.
El mismo fuego. 
Pero un día, al volver a casa, Lucerito no notó que su falda tenía una mancha: resina fresca.
El olor dulzón del árbol de goma se mezclaba con el perfume caro.
Don Benjamín lo notó.
La olió.
Y sonrió.
Esa sonrisa que da más miedo que un disparo.
Días después, montó su caballo, en silencio, y la siguió.
Vio el humo del fuego, los caballos amarrados, los cuerpos entrelazados sobre las hojas.
Esperó.
Esperó justo hasta oír ese gemido que antes era suyo.
Entonces, salió del matorral.
Despacio.
Con el Colt en la mano.
El primer disparo fue para él.
En los genitales.
—Para que no tientes más, desgraciado… —susurró.
El segundo, en los pechos de ella.
—Para que no me sigas tentando ni muerta…
Y el tercero, en la boca de ambos.
—Para que no me vuelvan a mentir.
Luego se montó en el caballo y volvió a casa.
Sirvió whisky, puso un bolero, y se meció mirando el atardecer.
Nadie preguntó nada.
En la estancia, el silencio es parte del sueldo.
Solo un cazador, desde el río, lo vio todo.
Y aún jura que don Benjamín disparaba rezando.
Porque los celos, en el trópico, no matan de golpe.
Te sangran lento.
Como la goma del árbol cuando la hiere un machete.
©antonio capel riera


lunes, 20 de octubre de 2025

Nadia, la niña del altiplano


La cicatriz en mi brazo tiene forma de signo de interrogación. Durante años nadie la notó. Hasta que una enfermera en Potosí la reconoció y pronunció mi nombre con una voz que atravesó quince años de silencio.

Esta es la historia de Nadia, la única alumna de una escuela perdida en el altiplano boliviano. Y de cómo el destino, cuando quiere, cierra círculos que creíamos rotos para siempre.

Me destinaron como médico de la Cruz Roja Internacional a un pueblo perdido del altiplano boliviano. A más de tres mil metros de altura, el aire cortaba la garganta y el viento levantaba nubes de polvo que nunca descansaban.

La escuelita quedaba junto a la estación: un edificio de adobe con techo de lata que resonaba con cada ráfaga. El primer día me sorprendí. Solo una niña asistía a clase.

Se llamaba Nadia. Diez años, trenzas negras, ojos rasgados y un poncho de colores que contrastaba con la tierra parda del entorno. La maestra, cansada y resignada, me confesó que hacía tiempo pedía traslado a la capital. Sin embargo, allí seguía. Enseñando a una sola alumna.

Durante semanas observé a Nadia. Me conmovía su empeño, su forma de pronunciar cada palabra nueva como si descubriera el mundo. Vivía con sus padres —pastores de llamas— en una choza humilde donde el humo de la lumbre era el único lujo contra el frío.

Una noche, mientras la ayudaba con las tareas a la luz de mi linterna, me dijo:

—Quiero ser médica. Para curar a los que viven lejos.

Aquel sueño, tan grande para un cuerpo tan pequeño, me desarmó.

Cuando terminé mi misión, hice lo posible para que las monjas del internado de la ciudad la acogieran. Me comprometí a pagar sus estudios hasta la universidad si era necesario. Con los años, mis obligaciones me alejaron del contacto, pero nunca del cariño.

Recibía informes: excelente alumna, estudia enfermería, se ha graduado, trabaja en un hospital. Luego supe que tenía novio. Y después, nada.

Silencio.


Quince años más tarde, el destino me devolvió a Bolivia. Esta vez como Director de Recursos Médicos del Altiplano. En una inspección a casi cuatro mil metros de altura sufrí una crisis respiratoria. Me ingresaron en el hospital de Potosí.

Entre las enfermeras hubo una que me miraba diferente. Me hablaba con suavidad, se reía de mis bromas. Cuando yo creía que su amabilidad era solo profesional, me dijo:

—Usted no me recuerda, ¿verdad?

—Me temo que no.

—Siempre me llamó la atención su cicatriz en el brazo. La que parece un signo de interrogación.

Entonces la reconocí, antes incluso de oír su nombre.

—¿Nadia…?

Ella asintió. Las lágrimas le brillaban en los ojos.

Había crecido. Tenía la misma mirada, pero ahora con un fondo de tristeza. Me contó su historia: el marido la golpeó, la dejó por otra. Tuvo que empezar de nuevo. Sola.

Yo también arrastraba mis ruinas. Un matrimonio roto, demasiadas ausencias, demasiados hospitales. Tal vez por eso nos entendimos sin palabras.

Durante mi convalecencia, Nadia y yo caminábamos al atardecer por el patio del hospital. Ella me enseñaba las constelaciones que se veían más nítidas que en ningún otro lugar del mundo. Decía que el aire frío ayudaba a recordar.

Cuando terminó mi estancia, la invité a venir conmigo a La Paz. A dirigir un programa sanitario. Dudó un instante. Luego sonrió.

—¿Y si esta vez cuido yo de usted, doctor?


Desde entonces, cada año volvemos al pequeño pueblo donde todo comenzó. En la vieja escuelita, hoy convertida en puesto médico, los niños aprenden a leer y a soñar con ser doctores. Nadia se encarga de ellos.

A veces la observo cuando se inclina sobre un cuaderno y sonríe a una niña de trenzas oscuras. Y siento que el tiempo, con todas sus heridas, al fin ha cerrado el círculo.

Porque la vida, como el altiplano al amanecer, puede parecer árida.

Hasta que alguien, con un solo gesto, le devuelve el color.


domingo, 28 de septiembre de 2025

UN RICO RICO Y UN POBRE MILLONARIO

La riqueza puede medirse en monedas, en propiedades, en herencias que desatan batallas familiares… o puede medirse en recuerdos, viajes, abrazos y noches bien vividas. En este relato, “Un rico rico y un pobre millonario”, contrasto dos vidas que, pese a terminar en la misma soledad, tuvieron caminos muy distintos: uno acumuló bienes sin disfrutar de ellos, el otro gastó su fortuna en vivir intensamente. La pregunta es inevitable: ¿quién de los dos fue verdaderamente feliz?



Quizás lo importante en la vida no son las monedas que tintinean en el bolsillo, sino las experiencias que se acumulan en el corazón.

Conozco el caso de un hombre que se hizo rico desde la nada. No tuvo estudios, apenas sabía escribir sin faltas, pero cada día, cuando la ciudad aún bostezaba, él ya estaba de pie a las cinco de la mañana. Trabajó como una mula y levantó un imperio de ladrillo y hormigón: pisos en alquiler, bajos comerciales, su propia fábrica. Lo tenía todo.
Hoy, a los setenta, jubilado y cansado, el oro que tanto acaparó se le escurre de las manos. Dos mujeres —cada una con sus hijos— disputan como hienas la herencia que aún respira. Él pasa más horas en notarías y despachos de abogados que en cualquier café o paseo. Nadie le felicita en Navidad, tampoco en su cumpleaños. Su segunda esposa, veinte años más joven, se entretiene coqueteando con otros hombres, y él, más que regalos, recibe la pregunta envenenada: “¿Cuándo piensas repartir lo tuyo?”.

Conozco también a otro hombre, de vida muy distinta. Tuvo dinero, pero lo gastó con la alegría de un marinero en tierra. Viajó por el mundo, bebió en tabernas, aplaudió en teatros, se rodeó de mujeres y amigos. Hoy, tras un accidente, vive con una pensión ridícula y una cicatriz que le recuerda que el cuerpo no es eterno. Está solo, es cierto, pero al menos puede cerrar los ojos y viajar a los recuerdos: Venecia en carnaval, un casino en Las Vegas, la risa de una mujer en México.

Ambos, al final, están solos. Esa es la amarga igualdad.
La diferencia es que uno, rodeado de bienes, no disfrutó jamás de la vida; y el otro, arruinado, ha exprimido cada gota de su tiempo.

¿Quién fue más feliz?
La respuesta no está en los bolsillos. Está en la mirada, cuando uno se acuesta, a oscuras, y repasa lo vivido.
©antoniocapelriera

lunes, 22 de septiembre de 2025

EL FILÓSOFO

Siempre nos reíamos de él en el colegio. Lo veíamos torpe, ensimismado, perdido en sus siestas interminables más que en sus pensamientos. Por eso lo llamábamos, con crueldad de muchachos, el filósofo.


Al terminar el bachillerato, cada cual tomó su rumbo: unos a la universidad más cercana, otros al trabajo que pudieron. De él, nunca supimos nada. Se esfumó como un suspiro. Hasta que, treinta años después, en la reunión de antiguos alumnos, apareció. Y no era ya aquel joven dormilón, sino catedrático de física cuántica en Harvard. Nos costaba creerlo. Seguía teniendo los mismos gestos —rascarse la sien, entrecerrar los ojos como si todo le diera sueño—, pero nadie habría apostado entonces por lo que llegó a ser en la vida.

El azar quiso que años más tarde lo encontrara en un aeropuerto. No lo busqué: simplemente vi un tumulto de periodistas y cámaras rodeando a un hombre al que protegía la seguridad. Me acerqué con curiosidad, sin reconocerlo de inmediato. Hasta que un ademán, mínimo y antiguo, me lo reveló.

Impulsivamente grité su apodo de colegio:

—¡Filósofo!

Él alzó la vista. Y, en medio del ruido, me buscó hasta encontrarme. Sonrió. Avanzó hacia mí, desbordando a guardaespaldas y fotógrafos, y nos abrazamos. Un abrazo fuerte, sincero, donde el sabio y el muchacho dormilón eran uno solo.

El destino suele esconder a los genios bajo disfraces torpes. Y al final, más allá de títulos y multitudes, lo único que permanece es la memoria de un apodo y el abrazo de un viejo amigo.
© antonio capel riera

martes, 26 de agosto de 2025

Una generación confundida y decepcionada

Nuestros padres, con un sueldo de obrero, tres hijos, una mujer en casa y un cochecito que apenas subía cuestas, compraban piso, coche y veraneaban en la playa. Todo con recibos en pesetas que se podían pagar sin ahogarse.


Nosotros, los hijos brillantes, crecimos creyendo en la religión del “estudia y serás alguien”. Y estudiamos. Vaya si estudiamos: carreras, másteres, doctorados, inglés, alemán, chino mandarín y hasta cursillos de risoterapia. Y al final… seguimos en casa, durmiendo en la misma habitación donde antes colgaban pósters de Iron Maiden o Chiquititas.Ellos, con 30 años, hipotecados pero tranquilos, criando familia y con coche en el garaje. Nosotros, con 30 años, hipotecados a los padres, criando frustraciones y con patinete eléctrico.

La sátira se cuenta sola: antes con un sueldo humilde se vivía; hoy con dos sueldos dignos apenas sobrevives. Antes se tenían tres hijos; hoy tienes tres suscripciones: Netflix, Spotify y Amazon. Antes se viajaba a Benidorm; hoy subes fotos de Tailandia… aunque luego no puedas pagar la luz.

La generación de nuestros padres soñaba con que sus hijos vivieran mejor. Nosotros soñamos con llegar a fin de mes. Ellos pensaban en un coche nuevo; nosotros en un psicólogo barato.

Lo que antes era “progreso” hoy es un chiste cruel. Y lo peor es que seguimos repitiendo como loros que “lo importante es ser feliz”. Sí, claro… feliz, pero en casa de mamá, con wifi gratis y croquetas caseras.

Una generación confundida, decepcionada y… de premio consuelo: con mucho desarrollo personal. Eso sí, muy mindfulness, muy coach y muy “serás lo que quieras ser”. Pero sin casa, sin hijos y sin futuro.
La caricatura de un progreso que nunca llegó.