En el corazón del oriente boliviano, donde la selva huele a resina, sudor y pecado, un hombre poderoso descubrió que los celos no matan de golpe: sangran lento, como la goma de los árboles que él mismo poseía. Una historia de amor prohibido, pasión desbordada y castigo silencioso.
En el oriente boliviano, donde el aire huele a resina y deseo, vivía don Benjamín Roda. Un estanciero poderoso, de mirada seca y manos hechas para el látigo y el whisky. Dueño de miles de cabezas de ganado, de una pista privada, y de una soledad tan grande que ni los truenos se atrevían a romperla.
Pero el hombre más duro también tiene un punto débil: una mujer.
Y la de don Benjamín se llamaba Lucerito.
Treinta años menor.
De piel canela brillante, caderas anchas y ojos negros que parecían saberlo todo del pecado.
Su sonrisa era un incendio, su andar, una ofrenda.
La conoció en una fiesta patronal, bailando un taquirari descalza sobre el polvo.
Y desde ese instante, supo que el resto de su vida giraría alrededor de ese cuerpo.La llevó a su estancia, “El Retiro”, una joya de pastos infinitos, donde el sol cae de frente y la selva respira detrás.
Pensó que allá, lejos del mundo, sería solo suya.
Pero los celos no entienden de cercas ni de ganado.
Lucerito se aburría.
Él pasaba las tardes meciéndose en su silla, con el vaso de whisky y la radio sonando boleros viejos.
Ella cabalgaba sola, con el cabello suelto y el pecho al viento, buscando aire… o peligro.
Un día lo vio:
un hombre joven, moreno, con los músculos tensos por el trabajo.
Sangraba los árboles de goma.
El machete subía y bajaba, y la resina le caía por los brazos como sudor de árbol herido.
La primera vez solo se miraron.
La segunda, se saludaron.
A la tercera, el destino hizo su jugada.
El caballo de Lucerito se encabritó ante un yacaré.
El hombre corrió, la sujetó por la cintura, la bajó del caballo.
Ella respiraba agitada, el pecho subía y bajaba bajo la blusa blanca pegada de sudor. Él olía a madera y resina.
Ella, a mango maduro y miedo. No hablaron.
Solo se miraron como se mira lo prohibido antes de romperlo.
Y allí, en la sombra de un mango gigante, sus bocas se encontraron. El roce fue torpe al principio, luego inevitable.
El machete cayó al suelo.
Las manos de ella recorrieron esa espalda morena; las de él, los muslos, el vientre, los pechos redondos que temblaban al ritmo del río. El aire se volvió espeso, lleno de insectos, perfume y culpa.
Cuando todo acabó, ella temblaba, entre placer y remordimiento.
Y él, mirando al cielo, dijo despacio:
—La selva tiene sus leyes, señora. Y ninguna perdona. Los encuentros siguieron.
Bajo la misma sombra.
A la misma hora.
El mismo fuego.
Pero un día, al volver a casa, Lucerito no notó que su falda tenía una mancha: resina fresca.
El olor dulzón del árbol de goma se mezclaba con el perfume caro.
Don Benjamín lo notó.
La olió.
Y sonrió.
Esa sonrisa que da más miedo que un disparo.
Días después, montó su caballo, en silencio, y la siguió.
Vio el humo del fuego, los caballos amarrados, los cuerpos entrelazados sobre las hojas.
Esperó.
Esperó justo hasta oír ese gemido que antes era suyo.
Entonces, salió del matorral.
Despacio.
Con el Colt en la mano.
El primer disparo fue para él.
En los genitales.
—Para que no tientes más, desgraciado… —susurró.
El segundo, en los pechos de ella.
—Para que no me sigas tentando ni muerta…
Y el tercero, en la boca de ambos.
—Para que no me vuelvan a mentir.
Luego se montó en el caballo y volvió a casa.
Sirvió whisky, puso un bolero, y se meció mirando el atardecer.
Nadie preguntó nada.
En la estancia, el silencio es parte del sueldo.
Solo un cazador, desde el río, lo vio todo.
Y aún jura que don Benjamín disparaba rezando.
Porque los celos, en el trópico, no matan de golpe.
Te sangran lento.
Como la goma del árbol cuando la hiere un machete.
La cicatriz en mi brazo tiene forma de signo de interrogación. Durante años nadie la notó. Hasta que una enfermera en Potosí la reconoció y pronunció mi nombre con una voz que atravesó quince años de silencio.
Esta es la historia de Nadia, la única alumna de una escuela perdida en el altiplano boliviano. Y de cómo el destino, cuando quiere, cierra círculos que creíamos rotos para siempre.
Me destinaron como médico de la Cruz Roja Internacional a un pueblo perdido del altiplano boliviano. A más de tres mil metros de altura, el aire cortaba la garganta y el viento levantaba nubes de polvo que nunca descansaban.
La escuelita quedaba junto a la estación: un edificio de adobe con techo de lata que resonaba con cada ráfaga. El primer día me sorprendí. Solo una niña asistía a clase.
Se llamaba Nadia. Diez años, trenzas negras, ojos rasgados y un poncho de colores que contrastaba con la tierra parda del entorno. La maestra, cansada y resignada, me confesó que hacía tiempo pedía traslado a la capital. Sin embargo, allí seguía. Enseñando a una sola alumna.
Durante semanas observé a Nadia. Me conmovía su empeño, su forma de pronunciar cada palabra nueva como si descubriera el mundo. Vivía con sus padres —pastores de llamas— en una choza humilde donde el humo de la lumbre era el único lujo contra el frío.
Una noche, mientras la ayudaba con las tareas a la luz de mi linterna, me dijo:
—Quiero ser médica. Para curar a los que viven lejos.
Aquel sueño, tan grande para un cuerpo tan pequeño, me desarmó.
Cuando terminé mi misión, hice lo posible para que las monjas del internado de la ciudad la acogieran. Me comprometí a pagar sus estudios hasta la universidad si era necesario. Con los años, mis obligaciones me alejaron del contacto, pero nunca del cariño.
Recibía informes: excelente alumna, estudia enfermería, se ha graduado, trabaja en un hospital. Luego supe que tenía novio. Y después, nada.
Silencio.
Quince años más tarde, el destino me devolvió a Bolivia. Esta vez como Director de Recursos Médicos del Altiplano. En una inspección a casi cuatro mil metros de altura sufrí una crisis respiratoria. Me ingresaron en el hospital de Potosí.
Entre las enfermeras hubo una que me miraba diferente. Me hablaba con suavidad, se reía de mis bromas. Cuando yo creía que su amabilidad era solo profesional, me dijo:
—Usted no me recuerda, ¿verdad?
—Me temo que no.
—Siempre me llamó la atención su cicatriz en el brazo. La que parece un signo de interrogación.
Entonces la reconocí, antes incluso de oír su nombre.
—¿Nadia…?
Ella asintió. Las lágrimas le brillaban en los ojos.
Había crecido. Tenía la misma mirada, pero ahora con un fondo de tristeza. Me contó su historia: el marido la golpeó, la dejó por otra. Tuvo que empezar de nuevo. Sola.
Yo también arrastraba mis ruinas. Un matrimonio roto, demasiadas ausencias, demasiados hospitales. Tal vez por eso nos entendimos sin palabras.
Durante mi convalecencia, Nadia y yo caminábamos al atardecer por el patio del hospital. Ella me enseñaba las constelaciones que se veían más nítidas que en ningún otro lugar del mundo. Decía que el aire frío ayudaba a recordar.
Cuando terminó mi estancia, la invité a venir conmigo a La Paz. A dirigir un programa sanitario. Dudó un instante. Luego sonrió.
—¿Y si esta vez cuido yo de usted, doctor?
Desde entonces, cada año volvemos al pequeño pueblo donde todo comenzó. En la vieja escuelita, hoy convertida en puesto médico, los niños aprenden a leer y a soñar con ser doctores. Nadia se encarga de ellos.
A veces la observo cuando se inclina sobre un cuaderno y sonríe a una niña de trenzas oscuras. Y siento que el tiempo, con todas sus heridas, al fin ha cerrado el círculo.