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lunes, 22 de septiembre de 2025

EL FILÓSOFO

Siempre nos reíamos de él en el colegio. Lo veíamos torpe, ensimismado, perdido en sus siestas interminables más que en sus pensamientos. Por eso lo llamábamos, con crueldad de muchachos, el filósofo.


Al terminar el bachillerato, cada cual tomó su rumbo: unos a la universidad más cercana, otros al trabajo que pudieron. De él, nunca supimos nada. Se esfumó como un suspiro. Hasta que, treinta años después, en la reunión de antiguos alumnos, apareció. Y no era ya aquel joven dormilón, sino catedrático de física cuántica en Harvard. Nos costaba creerlo. Seguía teniendo los mismos gestos —rascarse la sien, entrecerrar los ojos como si todo le diera sueño—, pero nadie habría apostado entonces por lo que llegó a ser en la vida.

El azar quiso que años más tarde lo encontrara en un aeropuerto. No lo busqué: simplemente vi un tumulto de periodistas y cámaras rodeando a un hombre al que protegía la seguridad. Me acerqué con curiosidad, sin reconocerlo de inmediato. Hasta que un ademán, mínimo y antiguo, me lo reveló.

Impulsivamente grité su apodo de colegio:

—¡Filósofo!

Él alzó la vista. Y, en medio del ruido, me buscó hasta encontrarme. Sonrió. Avanzó hacia mí, desbordando a guardaespaldas y fotógrafos, y nos abrazamos. Un abrazo fuerte, sincero, donde el sabio y el muchacho dormilón eran uno solo.

El destino suele esconder a los genios bajo disfraces torpes. Y al final, más allá de títulos y multitudes, lo único que permanece es la memoria de un apodo y el abrazo de un viejo amigo.
© antonio capel riera

martes, 26 de agosto de 2025

Una generación confundida y decepcionada

Nuestros padres, con un sueldo de obrero, tres hijos, una mujer en casa y un cochecito que apenas subía cuestas, compraban piso, coche y veraneaban en la playa. Todo con recibos en pesetas que se podían pagar sin ahogarse.


Nosotros, los hijos brillantes, crecimos creyendo en la religión del “estudia y serás alguien”. Y estudiamos. Vaya si estudiamos: carreras, másteres, doctorados, inglés, alemán, chino mandarín y hasta cursillos de risoterapia. Y al final… seguimos en casa, durmiendo en la misma habitación donde antes colgaban pósters de Iron Maiden o Chiquititas.Ellos, con 30 años, hipotecados pero tranquilos, criando familia y con coche en el garaje. Nosotros, con 30 años, hipotecados a los padres, criando frustraciones y con patinete eléctrico.

La sátira se cuenta sola: antes con un sueldo humilde se vivía; hoy con dos sueldos dignos apenas sobrevives. Antes se tenían tres hijos; hoy tienes tres suscripciones: Netflix, Spotify y Amazon. Antes se viajaba a Benidorm; hoy subes fotos de Tailandia… aunque luego no puedas pagar la luz.

La generación de nuestros padres soñaba con que sus hijos vivieran mejor. Nosotros soñamos con llegar a fin de mes. Ellos pensaban en un coche nuevo; nosotros en un psicólogo barato.

Lo que antes era “progreso” hoy es un chiste cruel. Y lo peor es que seguimos repitiendo como loros que “lo importante es ser feliz”. Sí, claro… feliz, pero en casa de mamá, con wifi gratis y croquetas caseras.

Una generación confundida, decepcionada y… de premio consuelo: con mucho desarrollo personal. Eso sí, muy mindfulness, muy coach y muy “serás lo que quieras ser”. Pero sin casa, sin hijos y sin futuro.
La caricatura de un progreso que nunca llegó.