Tres niños del colegio se adentraron en la selva de Santiago de Chiquitos y encontraron a dos exploradores… y a una mujer guaraní de ojos verdes, tan hermosa como un milagro. Décadas después descubrirían que aquellos hombres eran nazis ocultos en el oriente boliviano.
En las serranías de Santiago de Chiquitos, donde el valle de Tucavaca se extiende como un mar verde que nunca acaba, los días parecían infinitos y los niños éramos felices sin saberlo. No conocíamos la radio, mucho menos la televisión. Las bebidas gaseosas eran un mito, y el agua más pura brotaba de la cascada, helada, dulce, como si la tierra nos amamantara.
Aquel día, a finales de los años cincuenta, el bosque sonaba a vida: chillidos de monos, cantos de papagayos y el zumbido constante de insectos invisibles. Éramos tres amigos —Cecilio, Elmer y yo—, tres mocosos del colegio que jugábamos a perdernos en la selva como quien se asoma al paraíso sin saberlo.
De pronto, entre la espesura, vimos un fuego tenue. Una llama inquieta, apenas viva, que nos atrajo como si el bosque nos estuviera llamando. Nos acercamos despacio, conteniendo la respiración, y fue entonces cuando los vimos.
Dos hombres extraños, altos, delgados, vestidos como exploradores, con botas hasta la rodilla y sombreros de ala ancha. Llevaban frascos con insectos, líquidos de colores, un microscopio pequeño y cuadernos llenos de notas en un idioma que no entendíamos.
Decían ser biólogos, investigadores de las especies tropicales. Sus palabras eran mezcla de alemán y portugués. Nos hablaron con amabilidad, y por señas nos explicaban sus experimentos.
Pero lo que nos dejó sin habla fue ella.
Una mujer joven, morena y de cabello largo apareció detrás de ellos. Por sus rasgos era claramente guaraní, y su belleza era tan inesperada que el aire pareció detenerse. Iba descalza, su piel brillaba bajo la luz filtrada de los árboles, y llevaba los pechos descubiertos, como si el bosque la hubiera vestido con su propio misterio.
Ella nos miraba fijamente, sin hablar, con una expresión mezcla de dulzura y distancia. Y fue entonces cuando nos sorprendieron sus ojos: verdes, de un verde claro, imposible, como el agua de la cascada en la sombra.
En nuestra ignorancia infantil, pensamos que eso solo lo tenían los extranjeros, los europeos de los libros de geografía. Pasaron muchos años hasta que, ya en la universidad, un profesor de genética nos explicó que sí, existen mujeres guaraníes con ojos verdes, porque el color puede surgir en cualquier grupo humano, como un capricho hermoso de la naturaleza.
Aquel día, sin saberlo, habíamos presenciado uno de esos caprichos: la belleza pura, sin culpa ni artificio.
Ella, silenciosa, parecía proteger a los dos hombres. Uno la miraba con respeto, casi devoción. Cuando el sol empezó a caer, recogieron sus cosas y desaparecieron entre los árboles, ella detrás, lenta, con el vientre ligeramente abultado.
Años después, ya adulto, supe la verdad: aquellos hombres eran nazis refugiados en el oriente boliviano. Hombres cultos, fugitivos de un pasado terrible.



No hay comentarios:
Publicar un comentario