domingo, 4 de enero de 2026

MATAMOS EL ABURRIMIENTO

Hay injusticias que no hacen ruido. Ocurren entre cafés, relojes dorados y conversaciones triviales. Mientras unos esperan durante semanas una prueba que puede devolverles la paz, otros utilizan el sistema como un pasatiempo. Este relato nace en un hospital y habla de jerarquías, privilegios y de esa vergüenza silenciosa que a veces acompaña a la bata blanca.


La angustia de la señora Remedios tenía un olor específico: olía a naftalina, a ropa de domingo guardada demasiado tiempo y a esa cera barata que se extiende por los suelos de las salas de espera oficiales. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo, retorciendo un pañuelo de tela, mientras me explicaba el asunto con una humildad que resultaba hiriente.

Su hija, embarazada de siete meses, llevaba semanas durmiendo sentada, aterrorizada porque el niño venía “mal puesto”, atravesado como una viga en un pasillo estrecho.

—Dicen que hay mucha lista de espera, doctor —murmuró Remedios, sin atreverse a mirarme a los ojos, como si su dolor fuera una impertinencia—. Que ya nos llamarán. Pero el tiempo pasa… y mi hija solo llora.

La dejé allí, suspendida en el limbo de la burocracia, con su súplica flotando en el aire viciado del consultorio, y bajé a la cafetería. Necesitaba ese café de máquina, amargo y quemado, que funciona como combustible para la guardia.

El contraste fue un bofetón de luz fluorescente. El tintineo de las cucharillas contra la loza y el murmullo de las conversaciones triviales borraban cualquier rastro de tragedia. Allí estaba el grupo de siempre. Me acerqué a la barra y saludé. Entre el vapor de la cafetera vi a la doctora Valdés. Estaba radiante, con esa elegancia despreocupada de quien sabe que el sistema trabaja para ella y no al revés. Miraba su reloj —un modelo dorado, delicado— mientras se retocaba el carmín en el reflejo de una servilleta.

—¿Esperas a alguien? —pregunté, solo por llenar el silencio.

Sonrió. Una sonrisa de complicidad, de club privado.

—A Marisa —dijo, bajando la voz, aunque no lo suficiente—. Hemos quedado para tomar un café rápido y, ya que estamos, subirla un momento al gabinete. Le voy a hacer una eco. Así nos quedamos tranquilas… y echamos el rato.
Matamos el aburrimiento.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

En mi mente, la imagen se fracturó. Vi el útero oscuro y silencioso de la hija de Remedios, esperando un diagnóstico como quien espera una sentencia, y lo superpuse a esa tarde de café y ecografía recreativa. Era una coreografía perversa. Mientras una abuela contaba las horas en un calendario de cocina, rogando por una imagen que le devolviera la paz, en la cafetería se disponía de la tecnología médica como quien ofrece un bombón o un cigarrillo a una visita.

Sentí el café subir por la garganta, ácido. El carmín brillaba. El monitor también. Dos luces encendidas para una sola conciencia. La doctora Valdés seguía sonriendo, ajena a que, en ese preciso instante, la vergüenza profesional me estaba quemando la cara más que el vapor de la cafetera.

En la casa del panadero, pensé, el pan nunca falta.
Solo cambia de mesa.

antonio capel riera

viernes, 2 de enero de 2026

BUSCAPINA CON ORGULLO






Éramos los huérfanos de un sistema que aún no había nacido.

Corría el principio de la década de los setenta, esos años bisagra donde España empezaba a sacudirse la caspa en blanco y negro, pero la medicina seguía anclada en una teórica solemnidad. Salíamos de la facultad con la cabeza llena de latín y el ciclo de Krebs, pero con las manos vacías de oficio. El MIR era todavía una quimera burocrática, un sueño de orden que no llegaría hasta el 78. Así que allí estábamos nosotros, la élite de los egresados, con el título recién enmarcado y el terror absoluto a matar a alguien por ignorancia, lanzándonos al único mercado que nos aceptaba sin preguntas: las sustituciones de verano en ambulancias de urgencia.


La ambulancia era un SEAT 1500 ranchera que olía a gasoil y a miedo; el nuestro.

Mi compañero de guardia era Paco. Paco no había pisado una universidad ni para repartir el correo, pero tenía un máster en la vida que ya hubiéramos querido nosotros. Era un hombre rechoncho, de carnes generosas y respiración fuerte, que compaginaba el volante con la venta de vino y cerveza al por mayor. Conducía con una mano, apoyando el codo en la ventanilla, con esa tranquilidad pasmosa de quien sabe que la prisa es enemiga de la precisión.

Aquella tarde de julio, el calor derretía el asfalto y nuestras certezas. La radio crepitó con la voz metálica de la telefonista.

—Aviso en calle Mayor. Varón de cuarenta años. Refieren "dolor en el lado".

Miré a mi compañero de promoción, un chico pálido que abrazaba su maletín como si fuera un salvavidas. "¿Dolor en el lado?", nos preguntamos con la mirada. En seis años de patología médica, quirúrgica y anatomía, nadie nos había hablado del "dolor en el lado". Repasamos mentalmente el Harrison, buscamos en los apuntes manoseados que llevábamos escondidos en la bata. ¿Sería un infarto atípico? ¿Un neumotórax? ¿Una rotura de bazo espontánea?

La angustia empezó a subirme por la garganta. Íbamos a llegar, la familia nos miraría esperando la salvación de la ciencia, y nosotros no sabríamos distinguir un gas de una catástrofe.

Paco, sin apartar la vista de la carretera, dio una calada imaginaria a un cigarro que no tenía y soltó la sentencia con voz ronca:

—Eso es un cólico nefrítico, doctores.

Nos giramos hacia él, ofendidos en nuestro orgullo universitario pero desesperados por aferrarnos a cualquier clavo ardiendo.

—¿Cómo puedes saberlo, Paco? —pregunté, intentando mantener la dignidad.

—Por la hora, por el calor y porque la telefonista ha dicho "se retuerce". El del infarto se queda quieto del susto. El del cólico baila la conga.

Llegamos. Subimos las escaleras de dos en dos, con el corazón más acelerado que el del paciente. Al entrar en el salón, la escena era tal cual la había descrito el oráculo del volante: un hombre sudoroso, pálido, doblado sobre sí mismo, llevándose la mano a la fosa renal y gritando en arameo.

Diagnóstico confirmado: Cólico nefrítico. Paco: 1 – Facultad de Medicina: 0.

Pero el calvario no había terminado. La familia nos miraba. "¿Qué le ponemos, doctor? ¡Haga algo!".

Nos quedamos paralizados. Sabíamos la fisiopatología del riñón, la composición de los cálculos de oxalato cálcico, pero... ¿qué diablos se le inyectaba a un ser humano para que dejara de gritar?

Saqué el Vademécum de bolsillo con manos temblorosas. Las letras bailaban. ¿Analgésicos? ¿Espasmolíticos? La duda es el peor enemigo del médico joven, porque se huele. Y la familia empezaba a olernos.

Entonces noté una presencia a mi espalda. Era Paco, que se había quedado en el umbral de la puerta, apoyado en el marco como un espectador aburrido de una obra que ya ha visto mil veces.

—Buscapina y Primperan —susurró. Tan bajo que solo yo pude oírlo, pero con la autoridad de un catedrático.

Miré a mi colega. Él me miró a mí. Asentimos con gravedad, fingiendo una consulta clínica de alto nivel.

—Coincido, colega —dije con voz impostada—. Procedamos con el protocolo estándar. Buscapina compositum y un antiemético.

Cargamos la jeringa. Pinchamos. El paciente, bendito sea el efecto placebo y la farmacología, empezó a relajarse en minutos.

Salimos de la casa entre agradecimientos y palmadas en la espalda. "Qué buenos son estos médicos jóvenes", escuché decir a la esposa. "Qué ojo clínico tienen".

Bajamos las escaleras en silencio. Al llegar a la ambulancia, Paco ya estaba sentado al volante, encendiendo el motor del 1500. Nos miró por el retrovisor y me pareció ver un brillo burlón, pero cariñoso, en sus ojos de vendedor de vinos.

—¿Al hospital o a la base? —preguntó.

—A la base, Paco —respondí, guardando el Vademécum en el fondo del bolsillo, donde no estorbara.

Aquel verano aprendí muchas cosas que no venían en los libros. Aprendí que la medicina es ciencia, sí, pero también es teatro. Y sobre todo, aprendí que en la universidad te dan el título, pero la verdadera cátedra la impartía un conductor rechoncho llamado Paco, que sabía que el diablo no sabe por listo, ni por médico, sino simplemente por viejo.


Nota del autor:

¿Tuviste algún "Paco" en tus inicios profesionales? Esa persona que te enseñó el oficio real más allá de la teoría. 

Antonio Capel Riera

martes, 30 de diciembre de 2025

El Almirante de la Nada: Cuando la vida es prestada

A menudo me preguntan de dónde saco mis historias. La respuesta siempre es la misma: no las invento, las robo. Los escritores somos, en esencia, espías con licencia para contar lo que vemos. Observamos los gestos, los silencios y las grietas por las que se escapa la verdad de las personas.

El Mar Menor, ese espejo de aguas tranquilas que tanto amo, es el escenario perfecto para estas observaciones. En los clubes náuticos, entre el tintineo de las drizas y el brillo del sol sobre la fibra de vidrio, se representa a diario la comedia humana. Y a veces, la tragedia.

Hace poco, recordando mis días de navegación y convivencia en el pantalán, me vino a la mente la figura de un hombre que todos conocemos. Quizás no se llame Pepe, quizás su barco no esté en Murcia, pero existe. Es ese hombre que vive una vida que no le pertenece, manteniendo las apariencias para comprar un poco de respeto social.

Hoy quiero compartir con vosotros este relato corto. Una historia sobre la dignidad, las máscaras que nos ponemos para sobrevivir y la soledad que se esconde tras una sonrisa de capitán.

Espero que os guste.

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En el Club Náutico, la jerarquía no la dictan los galones, sino la eslora. Sin embargo, Pepe era la excepción que confirmaba la regla. Todos lo conocíamos como "Pepe el del yate", un título nobiliario que él llevaba con una sonrisa perenne, bronceada por el sol de Murcia y blanqueada por la salitre.

Era un tipo carismático, de esos que entran en la cantina y el camarero ya sabe que debe poner una ronda de marineras. Su barco, comparado con el mío —un crucero de doce metros con flybridge—, era apenas una cajita de cerillas flotante, un juguete de fibra de vidrio pulido hasta la obsesión. Pero Pepe lo trataba como si fuera el Bismark. Siempre estaba allí, baldeando la cubierta, ajustando defensas con la ayuda de unos marineros del puerto, cuidando que ningún grano de arena osara posarse en la teca sintética.

Hicimos buena amistad. Pepe era el rey de la hospitalidad prestada. Nos invitaba a fiestas en su pequeña cubierta, donde el vino peleón sabía a gloria y las risas rebotaban en el agua quieta del Mar Menor. En esos momentos, Pepe era el capitán de su destino, un hombre feliz.

Pero había una incoherencia en su guion. Una grieta en el personaje.

De vez en cuando, el "yate" se transformaba. Aparecía un coche de gama alta en el aparcamiento y descendía un hombre seco, con aspecto de notario aburrido o de ministro en vacaciones forzosas. Cuando ese hombre —el Señor Importante— pisaba el pantalán, Pepe se desmoronaba. Su carisma se evaporaba. Dejaba de ser nuestro amigo el capitán y se volvía invisible, servil. Si pasábamos por su lado, nos saludaba con un gesto furtivo, avergonzado, o directamente miraba al agua, como si temiera que nuestra familiaridad manchara la inmaculada presencia de sus invitados.

Aquello nos desconcertaba. "¿Qué le pasa a Pepe?", nos preguntábamos mientras brindábamos en mi barco, viéndolo a lo lejos, encogido, sirviendo copas a unos desconocidos que ni siquiera miraban el mar.

La verdad emergió una tarde de septiembre, fondeados cerca de la Isla del Barón.

Habíamos salido a navegar en mi barco. El Mar Menor estaba como un plato, una lámina de mercurio bajo un cielo violeta. Pepe aceptó mi invitación con una gratitud excesiva. Se sentó en la popa, con una cerveza en la mano, y por primera vez lo vi sin la máscara. No miraba su barco a lo lejos con orgullo, sino con cansancio.

—No es mío, Antonio —dijo de pronto, rompiendo el silencio que solo interrumpía el chapoteo del agua contra el casco.

Lo miré, sin entender.

—El barco. La "cajita de cerillas". No es mío.

Pepe se bebió la cerveza de un trago, como si necesitara tragar también su propia vergüenza. Me contó la historia con la voz rota de quien lleva años actuando en una obra que detesta. El verdadero dueño era aquel hombre gris, el Señor Importante, un empresario de Madrid al que el mar le importaba un bledo. Había comprado el barco por capricho de su mujer y para pasear a los nietos dos semanas en agosto. El resto del año, el barco era un estorbo.

—Llegamos a un acuerdo —confesó Pepe, con los ojos húmedos—. Yo soy el marinero. Me paga un sueldo por mantenerlo impecable, por encender los motores para que no se gripen, por vigilar que no entre agua. Y el pago incluía el permiso de usarlo. "Sácalo, Pepe, que los barcos parados se pudren", me dijo.

Pepe bajó la cabeza.

—Y yo lo sacaba. Y os invitaba a vosotros. Y por unas horas, me creía el dueño. Me creía alguien. Pero cuando él viene... cuando él viene, Antonio, recuerdo lo que soy. Solo el guardián del juguete de otro.

El viento de Levante sopló suave, trayendo el olor a sal y a algas. Miré a Pepe, a mi amigo Pepe, y no vi a un mentiroso. Vi a un hombre que había construido una dignidad de cartón piedra para sobrevivir a la mediocridad de su vida. Un hombre que amaba el mar más que el dueño legítimo, pero que no tenía los papeles para demostrarlo.

—La procesión va por dentro, ¿eh, Pepe? —le dije, poniéndole una mano en el hombro.

Él asintió, mirando hacia la Manga, donde las luces empezaban a encenderse. 

—Por dentro y en silencio, Antonio. Como los barcos fantasmas.

Desde ese día, cuando lo veo en el club, limpiando ese barco ajeno con la devoción de un padre, ya no veo al simpático "Pepe el del yate". Veo al actor más triste del Mar Menor, interpretando el papel de su vida a cambio de un poco de viento en la cara.


Nota del autor: Todos conocemos a alguien así, o quizás nosotros mismos hemos sido Pepe alguna vez, fingiendo ser capitanes en barcos ajenos. La vida tiene estas paradojas: a veces el que posee las cosas no las disfruta, y el que las disfruta no las posee.

¿Y tú? ¿Has conocido a algún "Almirante de la nada"? Te leo en los comentarios.

Antonio Capel Riera



viernes, 26 de diciembre de 2025

Los Niños de la Sirena

Este relato nace de una madrugada en una área de caravanas europea. Dos ancianos discuten por una tontería… pero en realidad no discuten ellos, sino los niños que fueron bajo las sirenas de la guerra. Una reflexión sobre la memoria, el dolor que no caduca y la paz interior que Europa aún no ha terminado de conquistar.

Fue la pandemia la que me enseñó la diferencia brutal entre sobrevivir y vivir. Cuando el mundo se cerró, yo me quedé aislado en mi barco; lo que siempre había sido símbolo de libertad se convirtió en una celda flotante de salitre, donde los días se repetían como olas idénticas. Sobrevivía, sí… pero no vivía.

Por eso, cuando todo pasó, tuve necesidad física de horizonte, de aire que no oliera a mar estancado, de movimiento real.

La camper fue mi salvación. Una casa pequeña con ruedas que te permite huir sin romper con nada, solo ir a buscar la vida que se te escapó durante el encierro. Desde entonces frecuento esas áreas de caravanas donde reina una coreografía silenciosa: mesas plegables impecables, saludos cordiales en tres idiomas, orden europeo, serenidad… apariencia de que ya nada duele.

Eso creía. Hasta aquella madrugada.

Me despertó una discusión que empezó áspera, como un motor frío, y terminó ardiendo. A la mañana siguiente los vi con la luz implacable del día: dos hombres octogenarios. Me sorprendió su firmeza. Tenían la dignidad recta en la espalda, el cuerpo aún entero, como esos edificios viejos que han aguantado bombardeos… pero siguen en pie. Uno era francés. El otro, alemán.

Discutían por una tontería —un cable, una sombra, una plaza—, pero el tono no correspondía al motivo. Y entonces lo comprendí. Fue como si alguien abriera una ventana antigua y entrara de golpe la memoria.

Cuando el mundo estalló en los años cuarenta, ellos no eran soldados. Eran niños.

Niños que aprendieron antes que la tabla del dos el sonido exacto de una sirena. Niños arrancados de la cama de madrugada, corriendo hacia sótanos húmedos con el corazón pequeño latiendo más deprisa de lo que un cuerpo pequeño aguanta. Niños que aprendieron demasiado pronto que el cielo podía matar.


Eso no se olvida nunca. Eso se queda tatuado en el hueso.

Por eso el francés no discutía por un aparcamiento. Gritaba desde aquel niño que descendía escaleras de hormigón mientras su madre le apretaba la mano. Y el alemán contestaba desde otra herida más silenciosa: la de crecer sabiendo que el mundo entero miró a tu país con horror, cargando una culpa que tú no escogiste, pero que te acompaña como sombra alargada.

Yo los miraba en silencio desde la ventana de mi camper y sentí una tristeza antigua. Nos gusta pensar que Europa es madura, que el tiempo cura, que las guerras quedan encerradas en libros de historia. Mentira. La guerra continúa cuando ya no caen bombas: sigue viviendo dentro de quienes escucharon las sirenas siendo niños… y siguen buscando refugio aunque ahora el refugio sea una parcela en un camping de lujo.

Aquella mañana comprendí algo que ningún tratado político explica:
las guerras no terminan cuando se firma la paz… terminan cuando dejan de doler.

Y viendo a aquellos dos hombres, fuertes todavía, orgullosos todavía… y heridos todavía, entendí que esa paz —la verdadera, la del alma— aún no ha llegado. Porque las sirenas dejaron de sonar hace ochenta años… pero los niños que las escucharon siguen vivos por dentro.

antonio capel riera


martes, 23 de diciembre de 2025

Ella no estaba a su altura… según ellos

La vida en los hospitales no solo cura cuerpos: también revela jerarquías, silencios y pequeñas tragedias que nunca salen en los informes clínicos. Hay historias que no ocurren en quirófanos ni consultas, sino en pasillos, cafeterías y miradas que pesan más que cualquier diagnóstico. Esta es la historia del doctor Algezares, un hombre que llegó lejos gracias al esfuerzo propio y al amor de una mujer… hasta descubrir que, en ciertos lugares, el mérito no siempre basta y las normas invisibles deciden dónde uno debe” sentarse.


La vida hospitalaria fue un mundo cerrado, con normas no escritas y una manera precisa de medir a las personas. La formación de los médicos resultó tan desigual como sus historias: algunos hicieron la carrera con la comodidad de un apellido conocido; otros, como el doctor Algezares, la levantaron a base de renuncias.

Algezares estudió con pocos medios y mucha vergüenza de pedir. Lo sostuvo su novia de toda la vida, auxiliar de clínica en uno de los grandes hospitales de la Región de Murcia. Ella dobló turnos; él aprobó asignaturas. Cuando terminó la carrera, el doctor no se cansó de agradecerlo: en su casa, entre los suyos, incluso en público. Nadie dudó de dónde venía aquel título.

Pero el hospital no funcionó con recuerdos.

Allí la jerarquía fue clara y silenciosa: médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, conductores, limpieza, mantenimiento. Cada cual tuvo su sitio, incluso en la cafetería. No estuvo bien visto que un médico bajara a tomar café con una auxiliar. Se toleró con una enfermera —rango universitario, pieza complementaria—, pero no más abajo. No por maldad, sino por costumbre.

Al principio, el doctor Algezares bajó con su novia como siempre. Luego llegaron las miradas. Algún comentario suelto. Frases envueltas en consejo: que ese ya no era su estatus, que ahora representaba otra cosa. Él escuchó sin responder, convencido de que aquello no iba con él.

Las idas al café se hicieron menos frecuentes. Y cuando ocurrieron, fueron a horas raras, con poca gente. El hospital siguió funcionando, pero algo quedó atrás.

Un día, el doctor Algezares empezó a bajar con una pediatra. Flamante, joven, de bata impecable. Nadie dijo nada. Nadie tuvo que decirlo.

El noviazgo de toda la vida se deshizo sin ruido. El agradecimiento, que antes llenó las conversaciones, desapareció como si nunca hubiera sido necesario. Ella siguió entrando por la misma puerta, con el mismo uniforme. Él también, pero ya no miró igual.

Desde entonces, el doctor Algezares tomó el café donde 'debía'.

Antonio Capel Riera

domingo, 21 de diciembre de 2025

Antonio Capel Riera (Tony Capel)

En este blog, Antonio Capel Riera (Tony Capel), escritor, pionero del rock murciano y piloto, comparte relatos, memoria y cultura…

viernes, 19 de diciembre de 2025

Cinco meses de vida garantizada

La vida, a veces, tiene un humor muy particular. Fui a pedir cita para el especialista y salí sin saber si reír o llorar… hasta que entendí que, en lugar de angustiarme por la espera, podía celebrarla como una prórroga de vida. Porque a veces la mejor medicina no está en la consulta, sino en cómo decidimos mirar el tiempo que aún tenemos.


Cuando voy a pedir cita para un especialista en la Seguridad Social siempre me pasa lo mismo: entro serio… y salgo sin saber si reír, llorar o pedir palomitas. Y lo digo con cariño, porque nuestra sanidad es de las mejores del mundo; lo malo es que va un poco desacompasada con el calendario de los mortales.

Esta mañana, en pleno diciembre, necesitaba cita para el dermatólogo. La muchacha del mostrador, amable como un amanecer con café, me pidió la tarjeta, miró la pantalla, tecleó, volvió a mirar, hizo una pausa dramática digna de Hollywood… y me dijo con dulzura:

—Mayo.

Y ahí tuve que elegir qué persona quería ser:
la que protesta porque la cita tarda cinco meses…
o la que celebra que el Sistema Nacional de Salud acaba de certificar que voy a seguir vivo, como mínimo, hasta mayo, y además lo bastante sano como para poder esperar.

La decisión fue fácil: me fui contentísimo. Oiga, que no todos los días te regalan cinco meses garantizados por el Estado… y gratis.

Así que he decidido vivirlos, disfrutarlos y reírme un poco mientras tanto. Los médicos llegarán cuando tengan que llegar… y si llegan tarde, será buena señal.

Porque al final la vida es como esa cita:
unos ven la lista de espera…
y otros vemos tiempo regalado.

Sentencia capeliana:
A veces no falta médico: lo que sobra es prisa… y lo que falta es aprender a agradecer que todavía estamos aquí para esperar.

antonio capel riera