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martes, 5 de agosto de 2025

Qué manía con tener que ser el número uno

Desde pequeño me repetían lo mismo: "Tienes que ser el mejor". No el mejor posible. El mejor. Punto.

Mi padre lo tenía claro. A fuerza de castigos, reprimendas, exigencias y premios prometidos que jamás llegaban, me fue moldeando como quien talla a golpes de martillo una estatua en mármol.
No me regaló la infancia, pero sí el hábito. El hábito del
deber, del esfuerzo, de la excelencia.

Fui buen estudiante, sí. Pero por miedo. Por necesidad. Por el eco incesante de esa voz que decía “no es suficiente” cada vez que traía un notable a casa.
No me arrepiento. Gracias a él llegué a la universidad con una armadura de disciplina y rendimiento que otros no tenían. Mientras algunos de mis amigos de la infancia se perdían en esquinas de humo y promesas rotas, yo seguí el camino recto que se me había impuesto.
Y fui número uno. Oficialmente. Con matrícula de honor y mención.
Pero aquí empieza la parte importante de esta historia.

En mi promoción había alguien más. Juan. Mi amigo Juan.
De inteligencia clara, silenciosa. De las que no hacen ruido, pero que te atraviesan con su lógica impecable. Juan no estudiaba, absorbía. No memorizaba, comprendía.
Era brillante. Brillante de verdad. Pero había algo extraño en él: no quería destacar.

Cuando llegaron las notas finales, me sorprendió ser el número uno. No porque no creyera merecerlo, sino porque todos sabíamos que Juan estaba un paso por delante.
Un día, en una de esas tardes de conversación honesta, le pregunté:
—Juan, ¿por qué no fuiste tú el número uno? Podías haberlo sido sin esfuerzo.
Se encogió de hombros, con una media sonrisa:
—Porque yo quiero ser el número dos.

No entendí.
—¿Pero por qué?
—Porque ser el número uno trae una mochila que no quiero cargar —me dijo—. Porque en mi casa también me exigirían, me exhibirían, me repetirían eso de “mira qué hombre de provecho”. Y yo quiero ser de provecho, sí, pero a mi manera. Sin que me midan, sin que me empujen, sin que me consuman. Prefiero ser el número dos… y ser libre.

Aquella respuesta me desarmó.

Pasaron los años. Y a veces me sigo preguntando:
¿Por qué esa obsesión con ser el número uno? ¿Quién nos metió esa idea en la cabeza, de que solo sirve quien lidera, quien destaca, quien arrasa?
¿Qué hay de los que caminan un paso atrás, pero sin cadenas? ¿Qué hay de los que eligen la calma, el equilibrio, el vivir bien sin rendir cuentas a los trofeos?
Juan fue siempre el mejor de nosotros. Pero nunca necesitó medallas para brillar.

Y hoy, desde esta vida que me construí a base de sobresalientes, títulos y reconocimientos, a veces lo envidio.
Porque ser el número uno cuesta mucho.
Y porque ser el número dos, quizá, es una forma muy sabia de ser feliz.

@antonio capel riera

lunes, 19 de mayo de 2025

Bea: la gacela con trenzas que destruyó nuestra hombría

Bea: como una diosa griega

Hubo una época en que el mayor temor de un chico no era quedarse calvo, ni reprobar matemáticas, ni siquiera declararse a la hija del director del colegio. No. El verdadero pánico adolescente tenía nombre propio: Bea.

Bea era una especie de mutación entre una modelo de pasarela, una gacela africana y un misil tierra-tierra. Alta, estilizada, con trenzas que le bailaban al viento como látigos de victoria, y unas piernas tan largas que cuando salía corriendo parecía que su sombra llegaba cinco segundos después. Si el Amerinst hubiera tenido una estatua de la deportividad, esa estatua se habría llamado Bea... y aún así ella habría llegado antes que su propia estatua.

Los 100 metros lisos eran su patio de recreo, y nosotros sus víctimas anunciadas. Los profesores intentaban animarnos con discursos sobre el espíritu deportivo, la igualdad de género y otras bellas teorías pedagógicas... pero la verdad es que nos quedábamos tiesos cuando tocaba competir contra ella. Bea nos ganaba sin despeinarse. Y eso que tenía flequillo. A uno le ganó con una sola zapatilla; a otro corriendo de espaldas; a mí… bueno, a mí me ganó antes de que sonara el pito de salida. Me distrajo con una sonrisa y ya cuando quise arrancar, ella estaba pidiéndose una gaseosa del otro lado del campo.

Lo más cruel era el comentario del fondo, el susurro infame que nos destrozaba el alma:

—¿Has visto? Hasta una mujer les gana…

Y lo peor era que ¡era cierto! ¡Y qué mujer!
La más rápida, la más guapa y —como si eso fuera poco— la más simpática.
Una injusticia biológica con piernas kilométricas.

Pero el colmo de nuestra desgracia masculina llegó en el viaje de promoción. Nos llevaron al trópico de Santa Cruz, con sus caminos polvorientos, su humedad tipo sauna turca, y un sol que derretía la autoestima. Allí, en medio de una excursión de diez kilómetros (ida y vuelta), Bea no solo nos ganó a todos: nos sacó una hora de ventaja y, por si fuera poco, plantó la bandera de Bolivia, la del Amerinst y casi que fundó una república independiente con su cara en la moneda.

Mientras nosotros vomitábamos medio hígado por la caminata, ella sacaba de su mochila una toalla rosa, se secaba el sudor (que jamás tuvo) y preguntaba, con toda inocencia:

—¿Y los chicos? ¿Se quedaron atrás?

Atrás estábamos. Y destrozados. La clase entera parecía un campamento de soldados derrotados, y Bea caminaba entre nosotros como si fuera el general victorioso. Hasta la profesora de Sociales le pidió autógrafo.

Y lo más surrealista: todos suspirábamos por ella. Porque sí, podías tener el ego hecho trizas, pero seguías enamorado. Era imposible no estarlo. En mi caso, me enamoré por etapas: primero de sus piernas, luego de su sonrisa, luego de su risa, y al final de su forma de correr, que era una declaración de independencia.

Han pasado los años. A veces me pregunto qué habrá sido de Bea.
¿Atleta olímpica? ¿Espía internacional? ¿Entrenadora de galgos?

Yo solo sé que si un día me la cruzo por la calle, le voy a pedir revancha.
Eso sí: en ajedrez.