lunes, 10 de noviembre de 2025

SUMAJ RUNAS. ELECTRICIDAD EN EL ESCENARIO

En la Cochabamba de los años dorados, donde las quinceañeras soñaban con valses y guitarras eléctricas, un grupo de jóvenes de colegios de élite se convirtió en el alma de las fiestas. Lo que no sabían es que una noche la fama casi los deja chamuscados…

      
                                                    LOS SUMAJ RUNAS

domingo, 9 de noviembre de 2025

Los Sumaj Runas: electricidad en el escenario

En la Cochabamba de los años dorados, donde las quinceañeras soñaban con valses y guitarras eléctricas, un grupo de jóvenes de colegios de élite se convirtió en el alma de las fiestas. Lo que no sabían es que una noche la fama casi los deja chamuscados…

SUMAJ RUNAS

Digan lo que digan, el grupo de moda en aquellos años eran Los Sumaj Runas.

Eran cuatro jovenzuelos descarados, procedentes de distintos colegios de primer nivel de Cochabamba: el Amerinst, La Salle, el Angloamericano… lo más top de la ciudad. Y aunque venían de entornos distintos, la música los unía con una fuerza eléctrica —literalmente eléctrica, como luego se sabría—.

El grupo amenizaba las fiestas de mayor caché: las de las quinceañeras, aquellas celebraciones casi sagradas donde las muchachas “entraban en sociedad”. No bastaba con un vestido blanco, un vals y una tarta de tres pisos. Había que tener a los Sumaj Runas tocando en vivo. Eso daba estatus.
Y claro, precisamente por eso, eran odiados por los otros grupos. La competencia los envidiaba a muerte.

Los componentes eran:
-el Gordo Gasser, con su bajo que parecía una metralleta,
-el Bola Salinas, guitarrista de dedos veloces pero casi los mata,
-Pablo, el baterista que nunca sonreía (decía que así se veía más profesional),
-y, Tony, con su guitarra solista y sus ilusiones de estrella.

Hasta que un día, la fama casi los fríe.

Actuaban en directo para Radio Litoral, un programa que retransmitía conciertos juveniles. Todo iba bien: las luces, el público, el sonido… hasta que el Bola metió mal el pie. Un pisotón donde no debía, justo sobre un cable pelado.
Y entonces el infierno se encendió.

Un chispazo iluminó el escenario. Las guitarras empezaron a lanzar destellos azules, como si fueran relámpagos.
Tony sintió un hormigueo subir desde los pies hasta la coronilla. El Gordo soltó un grito que sonó más a ópera que a rock, y Pablo —el serio— salió corriendo sin baquetas ni dignidad.
Durante unos segundos parecía una banda psicodélica poseída.
Literalmente echaban chispas.

Los salvó el gran Percy Ávila, compositor y buen tipo, que al ver el espectáculo no dudó en tirarse al suelo y arrancar el enchufe con un golpe seco.
El silencio posterior fue épico.
Se miraron los cuatro, con el pelo erizado y olor a caucho quemado.
Y entonces el público… rompió a aplaudir.
Pensaban que era parte del show.

Esa noche aprendieron dos cosas:
que la música puede ser peligrosa,
y que los Sumaj Runas estaban, literalmente, cargados de energía.

DEDICATORIA: A mis compañeros de juventud —Gordo Gasser, Bola Salinas y Pablo—, que nos quiten lo bailado de lo bien que lo pasamos.

El castigo de la Sukuri

En el corazón del trópico boliviano, tres niños descubren que hasta en el paraíso hay normas que no conviene romper. Un relato lleno de inocencia, humor y nostalgia sobre aquellos días en que la naturaleza era nuestra escuela y el miedo, nuestro primer maestro.


En el paraíso de Santiago de Chiquitos, donde el aire olía a mango maduro y las cigarras cantaban su misa diaria, existían unas lagunas de agua tan cristalina que uno podía verse el alma al asomarse. Aquel rincón, escondido entre los árboles y los cántaros de los papagayos, era nuestro pequeño edén.
Éramos tres —siempre los mismos—, los traviesos de la clase, los que reprobábamos conducta por exceso de curiosidad.

Los domingos eran de obligado cumplimiento asistir a la iglesia. Don Juan, que hacía de pastor, nos tenía fichados. Sabía que si uno bostezaba, el otro se reía, y si el tercero lo veía, ya empezaba la risa contagiosa. Pero aquel domingo el calor era insoportable, y la tentación de las pozas de agua fresca nos venció.

—¿Y si nos escapamos? —susurró Cecilio, el más valiente, o el más travieso, según el día.
—Solo un rato —añadí yo, intentando tranquilizar mi conciencia.
Elmer, el más tranquilo, dudó un segundo, pero acabó siguiendo al grupo, como siempre.

Y allá fuimos, descalzos, atravesando el pasto que brillaba bajo el sol del trópico. Las lagunas nos esperaban quietas, azules, perfectas. Nos lanzamos al agua como si fuera el cielo. Era como bañarse en la pureza misma: los peces nos rozaban los tobillos, y el eco de nuestras risas se confundía con el de los tucanes.

Pero la felicidad duró poco.
De pronto, Cecilio salió del agua con los ojos desorbitados.
—¡Sukuri! —gritó señalando la orilla.
Y la vimos: una enorme boa verde, gruesa como el tronco de un árbol joven, deslizándose hacia nosotros con la calma de quien no tiene prisa para devorar.

No recuerdo haber corrido tanto en mi vida.
Ni Usain Bolt, ni los pumas del monte nos habrían alcanzado.
Atravesamos la selva, los arbustos, las zarzas, y fuimos a parar directamente a la puerta de la iglesia, jadeando, empapados y con las rodillas llenas de rasguños.

Don Juan apenas nos miró. Siguió con su sermón como si ya supiera que el Señor se había encargado del castigo.

Esa tarde, entre susurros, prometimos no volver a faltar a la iglesia. Y cumplimos. No por devoción, sino por miedo a otra Sukuri enviada —según nosotros— desde el mismísimo cielo.

Años después, cuando lo contábamos, los compañeros se reían a carcajadas.

Y nosotros también. Pero en el fondo sabíamos que aquella serpiente nos había enseñado la primera gran lección de nuestras vidas:
en el paraíso, también hay quien vigila que no te portes mal.

©antonio capel riera

sábado, 8 de noviembre de 2025

Descalzo en Santiago de Chiquitos: la infancia donde la felicidad no costaba nada

Hay recuerdos que no se borran, porque no nacieron del lujo, sino de la inocencia.
Cuando cierro los ojos, aún veo aquel pueblito perdido en la Amazonia boliviana, con sus calles de grama, los niños descalzos y las noches en que la Cruz del Sur parecía una lámpara encendida para nosotros solos.
Fue allí, entre luciérnagas y risas, donde aprendí que la felicidad no estaba en tenerlo todo, sino en no necesitar nada.


Mi padre fue destinado como director —y fundador— de la escuela secundaria en uno de los lugares más hermosos de la Amazonia boliviana: Santiago de Chiquitos, un pequeño pueblo fundado por dos jesuitas –Gaspar Fernández y Gaspar Troncoso– en el año 1.754.           
Yo hice la primaria en aquel colegio maravilloso, entre campanas, sol y pájaros tropicales. Las calles eran de grama verde, tan suaves que parecía que el pueblo entero caminaba sobre alfombras vivas. Los niños, por su pobreza —o tal vez por su libertad—, iban descalzos. Y yo también lo hacía, aunque me costara las broncas de mi padre.

Él quería que yo llevara los libros en la cartera, con correas bien ajustadas, como un niño “de ciudad”. Pero yo prefería sostenerlos en la mano, como mis compañeros. No era rebeldía, era una forma de ser uno más. Allí, entre risas y caminos de hierba, aprendí lo que es la solidaridad verdadera: no la que se enseña en los discursos, sino la que nace de compartir la pobreza sin vergüenza.

No conocíamos el lujo ni lo echábamos en falta. De vez en cuando llegaban noticias increíbles desde la capital: hablaban de unas bebidas con gas —“Fanta” y “Coca-Cola” las llamaban—, de helados que no se derretían y de aparatos que hablaban solos. Para nosotros, aquello sonaba a cuento.

Nuestro refresco era el jugo de tamarindo, y los frutos que endulzaban la infancia tenían nombres que los niños de la capital jamás habían oído: guayaba, achachairú, guapurú, totaí… sabores que no venían en botellas, sino en los árboles y en la sonrisa de quien los compartía.

En aquel tiempo no había médico en el pueblo, y sin embargo, nadie se enfermaba. Las fiebres se curaban con hojas, los resfriados con descanso y la única medicina que conocíamos era la tintura de yodo, que servía para todo: desde un rasguño hasta una picadura. La salud parecía venir del mismo aire limpio que respirábamos.

Y cuando no estábamos estudiando, hacíamos travesuras con los burros sin dueño que pululaban por la plaza: les poníamos sombreros, los montábamos de a tres, o los disfrazábamos con sábanas como si fueran fantasmas. Eran los juegos de una niñez sin televisión ni juguetes, pero con toda la imaginación del mundo.

Por las noches, el cielo era una inmensa lámpara. Se veía la Cruz del Sur tan clara que parecía colgada sobre el campanario. Las luciérnagas danzaban entre los matorrales, y nosotros las cazábamos con cuidado, metiéndolas en un vaso de cristal para que iluminaran como pequeñas linternas vivas.

Tal vez fue allí, en aquellas calles de hierba, pies descalzos y noches estrelladas, donde empezó a formarse en mí una manera de ver el mundo: la de quien entiende que la felicidad no depende de lo que se tiene, sino de lo que se recuerda con ternura.

©antonio capel riera