sábado, 17 de mayo de 2025

Aventura en la Chiquitania: El hallazgo que nunca olvidamos

Aventura en la Chiquitania: El hallazgo que nunca olvidamos

Tres adolescentes, una selva infinita y un descubrimiento imposible de olvidar

En unas vacaciones distintas, tres compañeros del instituto decidimos explorar la Amazonía boliviana siguiendo la ruta de las antiguas misiones jesuíticas. Lo que comenzó como un juego de exploradores se convirtió en una experiencia que nos marcaría de por vida. En una cueva olvidada por el tiempo… encontramos armaduras con esqueletos dentro. Esta es la historia real.

Un buen día, mientras todos hacían planes de playa o montaña, tres compañeros del instituto decidimos ser exploradores por una vez en la vida. Nada de vacaciones típicas: queríamos seguir los pasos de los misioneros jesuitas que llegaron a la Amazonía boliviana en el siglo XVIII, atravesando la Chiquitania.

Llevábamos lo que creímos esencial: repelente de mosquitos, medicinas, linternas, latas de conserva y muchas ganas de aventura. Nos reíamos pensando cómo habrían sobrevivido aquellos españoles sin nada de eso, solo con coraje, fe… y seguramente algo de locura.

Cada paso nos adentraba más en una selva densa, húmeda y ruidosa. Entre picaduras, sustos y lluvias tropicales, acabamos encontrando una cueva en la ladera de una montaña. Entramos para refugiarnos del chaparrón y fue ahí donde todo cambió.

En el fondo de la cueva, cubiertas por siglos de humedad y tierra, descubrimos tres armaduras antiguas con esqueletos humanos dentro. No era una película. Era real. Aquellos restos estaban allí, como si la historia nos hubiese estado esperando.

El acceso era difícil. Nosotros llegamos agotados con equipo moderno. Ellos, en cambio… ¿cómo? ¿Por qué? Nos llenó de asombro y respeto. Aquel lugar estaba cerca de Roboré, un pequeño pueblo perdido en el mapa, pero inmenso en recuerdos.

No teníamos cámaras, ni móviles. Solo nos quedó la memoria y la piel de gallina. No nos creyeron muchos cuando lo contamos, pero no importa. Nosotros lo vivimos.

jueves, 15 de mayo de 2025

El Visitante Inesperado


Cuando el pasado llama a la puerta… y nadie abre


Durante años fue el cerebro detrás de la economía nacional. Hoy, convertido en un anciano jubilado, recorre las oficinas donde una vez forjó imperios… solo para descubrir que la memoria colectiva tiene fecha de caducidad. Un relato nostálgico, irónico y profundamente humano.



El Visitante Inesperado

Don Francisco José Navarro había sido el todopoderoso director del Banco de España. Además, catedrático de Economía en una de las universidades más prestigiosas del país, formado en Harvard y Oxford. Por su despacho pasaron emprendedores que más tarde se convirtieron en magnates, y doctorandos que hoy dan conferencias en Davos.

Sin embargo, algo ocurrió tras su jubilación.

Ya retirado, Don Francisco comenzó a aparecer sin previo aviso en los despachos de grandes empresas. Se presentaba con su traje perfectamente planchado, su maletín de cuero antiguo y una mirada que combinaba dignidad con cierta melancolía.

—¿Tiene cita con el director general? —le preguntaban las secretarias.

—No, pero dígale que soy Francisco Navarro —decía con la tranquilidad de quien cree que su nombre sigue abriendo puertas.

Pero no las abría. Las jóvenes asistentes lo miraban con esa mezcla de cortesía y condescendencia que se reserva para los abuelos un poco perdidos. Nadie parecía saber quién era. En algunos casos, ni siquiera lograba pasar del recibidor.

¿Por qué lo hacía?

No buscaba trabajo ni favores. Solo deseaba ser recibido, entrar, saludar, intercambiar unas palabras y marcharse. Nada más.

Algunos directores generales, intrigados, accedían. Lo recibían por respeto, o quizás por curiosidad. Uno de ellos, más directo, le preguntó:

—¿Qué desea exactamente, don Francisco?

Y él, con una sonrisa serena y una pausa larga, respondió:

—Nada. Solo saber cuántos recuerdan... lo que hicimos juntos.

Afuera, en la calle, pasaba la vida sin saber que ese hombre de pasos lentos había sido uno de los arquitectos invisibles de la economía nacional. No sufría de pobreza ni de soledad: tenía una buena pensión, una familia que lo quería y una biblioteca entera con su legado académico.

Pero le faltaba algo más profundo:
El eco de su nombre.
El aplauso diferido que nunca llega.
El reconocimiento.

Porque el drama del genio no es que el mundo lo ignore al principio, sino que, cuando el telón cae, ya nadie se molesta en recordar quién fue el protagonista.


© Autor: Tony Capel Riera

martes, 13 de mayo de 2025

“El Yamaha 80 y su serenata en idioma desconocido”


(Crónica de una declaración absurda que salió bien)

En la cúspide de nuestra época gloriosa en el Instituto, uno de los más prestigiosos de la ciudad —cuando nuestra promoción ganaba todos los premios, robaba exámenes sin dejar huella y mantenía una hermandad casi delictiva— sucedió uno de los actos más insólitos, románticos y absolutamente ridículos que se recuerdan en los anales del colegio.

Nuestro compañero Takeshi Tanaka, alias Yamaha 80 —el más pequeño de la clase, ágil como una lagartija y con cara de emoticono confundido— se enamoró. Y no de cualquiera. Se enamoró de Susi, la reina de un curso inferior, la que recitaba a Rubén Darío con voz de locutora de radio y tenía un cuaderno con corazones en tinta morada. Yamaha estaba embobado. Hipnotizado. Totalmente in love, aunque él decía "muy camote".

Y un día, durante la Semana Cultural del Instituto, cuando el salón de actos se llenaba con más entusiasmo que un partido de la Selección, Yamaha pidió la palabra.

—¿Takeshi? —dijo el director por el micrófono, ya sudando—. ¿Estás seguro?

—Yes. I mean… hai! —respondió el japonés, agarrando el micrófono como si fuera un sable samurái.

Se hizo el silencio. Yamaha se sentó al piano (mal, por cierto, porque no llegaba bien a los pedales), carraspeó, y dijo con voz temblorosa:

—Dedico esta canción… a Susi, de Yacuiba. Se llama My Wave.

Los profesores se miraron con gesto cultural. El público adolescente enloqueció. Nos esperaba una balada romántica… Pero lo que vino fue otra cosa.

Yamaha empezó a cantar. Con sentimiento. Con lágrimas contenidas. Con mirada de telenovela venezolana.

Pero todo en japonés. O en algo que sonaba a japonés.

—"Watashi noooo kurumaaa… senshuu nooo… Tsunami waaa… Claudia-chan… anata waaa… SAKURA MOTOOOOO!!!"

El auditorio, hipnotizado. Susi, con la cara entre manos, derretida como helado en microondas. Algunos profesores se limpiaban las gafas. Otros lloraban.

Nosotros, su clase, sabíamos la verdad. ¡Nadie sabía japonés! Ni Susi. Ni los profesores. Ni el director. Ni el bedel. ¡Ni siquiera Yamaha!

Al bajar del escenario, en medio de una ovación con vítores, aplausos, lanzamientos de pañuelos y hasta una zapatilla (por error), lo acorralamos en los pasillos.

—¡Japucho! ¡Eso no era japonés!

—No —respondió sereno—. Me lo inventé todo. Era... espíritu del amor.

Lo peor —o lo mejor— fue que coló.
Todo el instituto creyó que había sido un gesto sublime de sensibilidad nipona. Susi le regaló una bufanda. El director le pidió que representara al colegio en el festival de idiomas. Y nosotros, por supuesto, lo llevamos en andas por el patio, entre lágrimas de risa.

Desde entonces, cada vez que queríamos burlarnos de un acto ridículo pero valiente, decíamos:
—Te has marcado un Yamaha.

"Yamaha 80 o la promoción que sabía demasiado" (Relato indebidamente brillante)



En el más prestigioso Instituto de la ciudad—ese bastión de disciplina, bilingüe, latinajos y medallas al mérito— nuestra promoción fue, sin discusión, la más laureada… y la más temida. Éramos muchos, brillantes y peligrosamente unidos. A los profesores les costaba distinguirnos por nombre, pero nos reconocían por el efecto devastador que dejábamos tras nuestra estela: récords deportivos, premios de redacción, certámenes de ciencias… y desapariciones misteriosas de exámenes.

Si alguna vez hubo una clase que combinara el genio con el descaro, esa fue la nuestra. Ni antes ni después se volvió a ver una promoción tan numerosa, tan premiada… y tan castigada. Éramos el orgullo y el temor del Instituto, donde hasta las paredes sabían latín y el himno lo había compuesto un primo segundo del compositor del Himno Nacional.

Ganábamos todos los trofeos: ajedrez, atletismo, poesía en latín macarrónico, física, solfeo, fútbol sala… Y a la vez, teníamos un historial de castigos tan extenso que nos daban recreo solo para variar de celda.

Pero lo que hizo famosa a nuestra clase no fue el talento, sino la logística criminal.

Todo empezó con Belinda Saladar, hija del excelentísimo director Don Mariano Saladar —un hombre tan solemne que hablaba en tercera persona incluso en casa:
—Don Mariano no tolera el desorden —decía mientras regaba los geranios.

Belinda era la única con acceso directo al centro de operaciones: la llave del despacho del director, que su padre dejaba “custodiada” bajo la tetera de porcelana cuando se iba a dormir la siesta. Belinda, que tenía menos vocación de hija que de espía, aprovechaba esos ratos para darnos la señal:
—Esta noche, Operación Yamaha.

¿Y quién era Yamaha?

Nuestro infiltrado: Takeshi Tanaka, alumno de intercambio japonés, que medía metro y pico con zapatos y hablaba más con gestos que con frases. Lo apodamos “Yamaha 80” porque era pequeño, ruidoso y ágil como una moto de dos tiempos. Lo lanzábamos, literalmente, por la ventana de los archivos, donde él se deslizaba como sushi en tabla de bambú.

Dentro, sacaba fotos de los exámenes con una cámara compacta Canon robada a un alumno recién llegado por intercambio de New York (otro premio nuestro, claro) y salía entre toses de polvo y risitas de hámster.

Al día siguiente, todos sobresaliente.

—¡Qué chicos tan aplicados! —decía Don Mariano acariciándose la enorme calva—. Esta promoción es el nuevo Renacimiento.

Los profesores se reunían para investigar si era una cuestión genética, si habíamos nacido en una alineación favorable de los astros, o si alguien nos alimentaba con calcio académico en el desayuno.
—Se ayudan mucho entre ellos —decía la profesora de Biología con lágrimas—. ¡Hay tanta solidaridad!
Solidaridad, sí. Como la de Bonnie y Clyde.

Durante tres años fuimos intocables. Yamaha se convirtió en leyenda. Hasta los bedeles le hacían reverencias y lo dejaban colarse al comedor primero. Nadie se atrevía a preguntar cómo era posible que el alumno que no sabía conjugar “ser” sacara un 10 en Literatura Española del Siglo de Oro.

Belinda, años después, se convirtió en juez de menores. Irónico, ¿verdad?

Y yo… bueno, aquí estoy. Contando la historia. Con una copa en la mano, una sonrisa en la cara y el alma tranquila. Porque si robar exámenes es delito, que me juzgue Belinda. Y si estudiar lo que uno ya sabe que viene es hacer trampa, que nos perdonen por ser visionarios.

Solo diré una cosa:
Nunca una Yamaha dio tanto por tan poco.


sábado, 10 de mayo de 2025

EL INGENIERO


En cada clase hay un cabeza loca. Uno que no puede, por más que lo intente, aceptar que la vida se reduzca a copiar fórmulas en la pizarra o a escuchar disertaciones soporíferas sobre Kant. En nuestra promoción, ese cabeza loca era El Ingeniero.

No se llamaba así, por supuesto, pero nadie recordaba su nombre verdadero. Le decíamos El Ingeniero porque cada travesura suya era un prodigio técnico, un atentado contra la rutina educativa diseñado con precisión suiza, una burla a la lógica escolar tan creativa que hasta el director —calvo, hipertenso y permanentemente al borde del colapso— debía, muy a su pesar, reconocer el genio detrás del caos.

Todo comenzó en clase de filosofía, cuando unas moscas empezaron a atravesar el aula con papelitos pegados al culo. Sí, así como lo oyen: papelitos. Unas banderitas minúsculas ondeaban detrás de los insectos como si fueran aviones de propaganda volando sobre Normandía. Aquello no solo era gracioso, era una coreografía aérea surrealista. La risa contenida era tal que más de uno terminó con espasmos en el diafragma.

Otro día, durante química, empezó a salir humo. Pero no humo de laboratorio, sino el inequívoco y macabro aroma del tabaco negro. El profesor, horrorizado, recorrió el aula husmeando como un sabueso asmático. Al final, tras seguir el rastro, encontró una tubería de tres metros fabricada con hojas de periódico —del propio profesor, lo cual fue interpretado por él como traición personal— conectada a la ventana, por la cual El Ingeniero, agazapado, se fumaba un cigarro como si estuviera en la Chichería de la Lena, nuestra segunda casa y la primera en vicios.

—¡¿Qué significa esto?! —rugió el profesor con voz aguda, mezcla de furia y nicotina ambiental.

—Estamos en clase de química, ¿no? Estoy estudiando la combustión —dijo El Ingeniero, con una solemnidad que merecía un Nobel o al menos una ovación en el aula. Menos al profesor, claro, que lo echó como alma que lleva el diablo.

Y claro, hubo más. Siempre había más. Como cuando construyó un cuaderno falso que, al abrirse, disparaba un clavo por resorte. Lo dejó “olvidado” en un pupitre, y fue la empollona de la clase —esa que subrayaba en seis colores y corregía hasta los acentos de los curas— quien lo abrió. El clavo le pinchó la palma y, según su versión, casi le perfora el alma. Hubo escándalo, llanto, amenaza de demanda, llamada a los padres, y El Ingeniero añadió otro expediente a su colección.

Disecciones de ranas que escapaban vivas por los pasillos, cucarachas introducidas en las carpetas de las chicas, petardos en el cuarto de limpieza... Nuestra clase era una mezcla entre laboratorio criminal y circo de los horrores. Los profesores nos daban clase como quien entra a una jaula de leones con un salmo en la mano. No había junta de padres sin mención especial (y airada) a nuestras “contribuciones a la pedagogía moderna”.

Y sin embargo —ay—, qué tristes serían los colegios sin un Ingeniero. Qué grises los días sin moscas patrióticas ni cigarros con tubería telescópica. El orden sin locura es solo una fila para el matadero. Y nosotros, gracias a él, entendimos que la adolescencia no era solo exámenes y castigos, sino también una guerrilla maravillosa contra el aburrimiento, una revolución en uniforme, con la hormona por bandera y la carcajada como himno.

Epílogo:

Años después, nos enteramos de que El Ingeniero… sí, ese mismo… había terminado brillantemente la carrera de Ingeniería en una prestigiosa Universidad de Chile. Ahora está jubilado, como todos los del poderoso Senior 69.

LA PROFESORA QUE NOS ENSEÑÓ MÁS QUE LITERATURA



La llegada de la señorita Mirna al colegio marcó, sin exagerar, el inicio de nuestra pubertad colectiva. Antes de ella, nuestras preocupaciones eran el recreo, los bolis mordidos y las alineaciones del Mundial. Después de ella, todo se volvió confuso, sudoroso y alarmantemente físico.

Mirna tenía unos veintitantos fresquísimos, blusas con botones que parecían sufrir crisis de ansiedad, y una manera de caminar por los pasillos que hacía que hasta los más aplicados olvidaran cómo se dividía una fracción. Era profesora de Literatura, lo que ya de por sí nos sonaba a asunto romántico, pero ella convirtió sus clases en verdaderos tormentos libidinosos con citas de Rubén Darío que pronunciaba con voz de radio nocturna.

Y claro, como buenos adolescentes sin manual de instrucciones, empezamos a padecer unos síntomas inexplicables: sudoración en la nuca, balbuceos en la lectura en voz alta, espasmos en la pierna derecha y una tendencia patológica a copiar frases del libro para leerlas en casa con tono dramático. A eso se sumaba una repentina admiración por la poesía modernista y la ortografía bien puesta.

La señorita Mirna, no vamos a mentir, parecía disfrutar de su efecto. No era provocadora, no. Era pedagógicamente erótica. Se inclinaba para subrayar adjetivos sensuales como "cálido" o "ondulante", rozaba nuestros hombros con su perfume olor a limpio y, de cuando en cuando, preguntaba "¿tú has amado alguna vez, Fernando?" con una seriedad que hacía que a Fernando se le escapara la voz de barítono recién estrenada.

Después de cada clase, nos reuníamos detrás del laboratorio —territorio neutral— para discutir, con tono científico, lo que había sucedido. "Cuando se agachó para recoger la tiza, ¿viste cómo se le marcó…?" "¿Marcó qué?" "¡Lo que se le marcó, pues!" Y entonces todos callábamos, no por decencia, sino porque no teníamos todavía el vocabulario adecuado.

Por supuesto, este pequeño paraíso hormonal no podía durar.

Una mañana, el director —que parecía un roble con gastritis— entró a clase y nos anunció, con voz de notario fúnebre, que la señorita Mirna ya no formaba parte del plantel docente. No dio explicaciones. Solo murmuró algo de "reubicación administrativa" y se fue. Nosotros entendimos, por instinto animal, que había habido un padre escandalizado o una madre celosa. Quizá ambos.

La pérdida fue devastadora. Algunos dejaron de afeitarse. Otros, como Fernando, empezaron a escribir sonetos. Yo me refugié en las novelas francesas con mujeres misteriosas y profesores desbordados. Nos había abandonado el primer terremoto de nuestras vidas, y no sabíamos cómo reconstruirnos.

Pero una cosa quedó clara: nunca más volveríamos a mirar una tiza del mismo modo.

domingo, 3 de septiembre de 2017

LA ISLA DEL BARÓN Y EL ENIGMA DE LA PRINCESA RUSA






LA ISLA DEL BARÓN Y EL ENIGMA DE LA PRINCESA RUSA


Inesperadamente aumentó la brisa –cosa inusual en el Mar Menor–, de manera que nos vimos forzados a fondear a escasos metros de la Isla del Barón hasta que amainara el viento. Mi hija y yo sabíamos que la isla era propiedad privada, de manera que decidimos no bajar del barco. No estábamos preocupados ni siquiera alarmados por la situación meteorológica; sabíamos que era cuestión de tiempo, y en breve regresaríamos al Club Náutico Los Nietos; además, el barco estaba preparado para navegar en situaciones mucho más comprometidas. De hecho, Mr. Cook, su anterior dueño, salía a pescar atunes a más de ochenta millas de la costa. De tal manera, el Mar Menor era una mansa charca para mi barco.

El ancla enganchó rápidamente y comprobamos que no garreaba. Hicimos una última comprobación y verificamos que el viento no nos llevaría hacia unas pequeñas rocas muy cerca de la playa. En tanto, esperando que dejara de arreciar el fuerte viento, decidimos tomar café. Cogí el termo y serví dos tazas del aromático café. Su penetrante olor nos espabiló. Dicen los entendidos que hay que tomarlo caliente, negro y sin azúcar. ¡Y así lo hicimos! No por falta de azucarillos, sino por comprobar si era cierto el consejo de los entendidos. Mi hija y yo teníamos mucha complicidad en experimentos de cosas nuevas…

Tras el primer sorbo, mi hija me pidió que le contara una vez más la historia de la Isla del Barón: ¡Le encantaban mis relatos…!

La Isla Mayor, que así se llamaba por ser la más grande de las islas que conforman el Mar Menor, fue una prisión de la Armada Española desde 1727, donde confinaban a militares de alto rango e ilustres aristócratas a finales del siglo XIX y principios del XX, condenados por batirse en duelo en lances de honor. Dicha isla se hizo tristemente célebre con el sobrenombre de la ´Isla del Honor` , porque todo el que la pisaba procedía de haber matado a su adversario en un lance de honor.
Y eso fue lo que le sucedió a Don Julio Falcó D’Adda, –Barón de Benifayó–, a quien un juez lo condenó por atravesarle el corazón con un sable a Don Diego de Castañeda, por batirse en duelo tras ofender a una noble dama, cuyo nombre era Doña María Victoria dal Pozzo della Cisterna, quien más tarde fue reina de España y esposa del rey Amadeo I de Saboya.       
El Barón de Benifayó acabó su cautiverio en 1878, y ocurrió un hecho insólito: ¡se enamoró de la isla…! Sus familiares y amigos no lo podían comprender…
–¿Cómo es posible que quieras comprar la isla donde has estado preso? –le preguntaban sus amigos con asombro.
–Es el lugar donde he visto los más bellos atardeceres –decía con voz melancólica, añadiendo. –Tenéis que visitarla, os invito.
Y así fue.
Ordenó a su administrador que hiciera los trámites pertinentes para comprar la  isla más grande del Mar Menor. Después de realizar contactos de alto nivel,  valiéndose de que el Barón fue senador, y además,  íntimo amigo del rey Amadeo I Saboya, esposo de la reina María Victoria por la que se batió en duelo,  de manera que obtuvo las autorizaciones necesarias en tiempo récord para adquirir la isla Mayor en propiedad, y además, un par de islotes de alrededor... 
-¿Entonces, ese es el palacio que mandó construir? –preguntó mi hija señalando a un palacete, extraordinariamente intrigada.
–Así es -respondí.– Es de estilo neomudéjar, y eran antológicas las fiestas que ahí se celebraban.
En dicho palacete se reunía la flor y nata de la aristocracia española. Las barcazas no cesaban de ir y venir desde San Pedro del Pinatar, para celebrar fastuosos bailes amenizados por orquestinas contratadas para dichos eventos. Y cuando había una celebración especial, el Barón hacía venir a un tenor desde Italia… ¡Era todo un bohemio y aventurero!
Realmente Don Julio Falcó D’Adda, Barón de Benifayó, fue un aristócrata que supo vivir la vida en toda su plenitud; era rico y podía permitirse todos los lujos y caprichos que se le antojasen.
Por eso contrató al arquitecto de más prestigio de la época, Don Lorenzo Álvarez Capra y le pidió que le construyera dos réplicas del palacete del Pabellón de España, inaugurada en la Exposición Universal de Sevilla en 1873; ordenándole edificar uno en San Pedro del Pinatar como residencia de verano, y el otro en la isla Mayor para galanteos, fiestas y coqueteos de la alta sociedad.
–Desde entonces, dejó de llamarse Isla Mayor por la Isla del Barón, hasta nuestros días –dije a modo de clase de Historia.
El viento fue amainando, de manera que el mar se puso como si fuera una balsa de aceite. Nos llamó la atención ese cambio tan extremo, además, del color. Parecía como si hubiesen pintado las aguas de azul turquesa. El contraste del palacete con el sol rojizo crepuscular,  convertía la tarde en una representación fastuosa. ¡Cuántas veces habrá disfrutado de esos atardeceres el Barón! No en vano presumía ante sus amigos de que es el único lugar del mediterráneo donde el sol nace por el mar y se acuesta en el mismo mar.
–Es verdad –afirmó mi hija-. Esta mañana vimos salir el sol del mar y ahora se pone por el mismo sitio.
Mi hija estaba emocionada; había visto el momento en que el sol despuntaba desde el mar, y también como desaparecía por el horizonte en el mar. Realmente dicho panorama producía gratas sensaciones.
De pronto, mi hija se quedó mirando fijamente un trozo de roca.
–Papá… ¿ves aquel saliente de roca? –me dijo apuntando con su dedo a un saliente rocoso, pegado a la arena.
–Sí… qué tiene de particular –pregunté.
–Parece que hay unos signos…
Cogí los prismáticos y comprobé que era cierto. Parecían signos cirílicos.
–Vamos a copiarlos –dijo mi hija. Cogió un papel y un bolígrafo y prácticamente los calcó. Siempre le ha gustado el dibujo.
–Parece ruso –le dije-. Cuando regresemos al club se lo preguntaremos a Dimitri.
Dimitri es un ruso que trabaja como mecánico en varias embarcaciones del club, incluido mi barco.
Tras ponerse el sol pusimos rumbo al Club, tardamos casi una hora en llegar, íbamos a media máquina; y ¡qué casualidad!...Dimitri estaba reparando una vela del barco de mi vecino. Mi hija, impertinente por su curiosidad me decía: “Papá, pregúntale” “Espera un momento que paremos motores” la apaciguaba.
–Hola Dimitri… ¿me puedes decir qué pone aquí? –le dije a modo de saludo.
Leyó el papel, se puso serio y me miró…
–Dice ‘Несчастный, несчастный'.
Mi hija y yo nos miramos.
–Qué significa –pregunté.
–'Desdichada, infeliz' –dijo el ruso con cara de curioso, intentando descubrir dónde habíamos copiado esas palabras.
En aquel momento me vino a la cabeza una historia que me contó un viejo pescador años atrás.
Resulta que cuando me disponía a dar un paseo por la Isla del Barón, me acerqué a la cafetería del club a tomar un café y le comenté al camarero mi intención de rodear la isla; y en ese instante, un viejo pescador, apoyado en la barra, al oír mi comentario dijo: “En esa playa se bañaba una princesa rusa desnuda” “Lo sé porque la he visto”, dijo con la naturalidad de un anciano que no tiene porqué mentir, mientras sorbía mi café. En realidad el viejo nunca había visto a la princesa rusa en vida; lo que vio era su imagen. Le pedí que me contara dicha historia porque empezó a interesarme. Decía que aparecía al amanecer o al atardecer y no siempre.
–Pero quién era esa rusa –me interesé con afán.
–Yo no la conocí –dijo el viejo-. Pero mi padre sí… y bastante.
–¿Pero no ha dicho que usted la ha visto?
–Sí… pero vi su ánima.
–¿Un fantasma? –pregunté cada más estupefacto.
–Así es… era una princesa rusa que murió misteriosamente –afirmó el viejo pescador con aires de circunspección.
Y al parecer fue así.
El Barón de Benifayó, constantemente  organizaba fiestas en su palacete de la isla; daba lo mismo que fuese en verano o invierno. Buscaba cualquier pretexto para organizar una reunión o celebración. Todo el pueblo de San Pedro del Pinatar se enteraba  que iba a acontecer un gran espectáculo al ver tanto trasiego de barcazas desde San Pedro del Pinatar hacia la isla; salían embarcaciones y lanchas cargadas de víveres, bebidas y flores… La fama de sus celebraciones, también llegó a la  aristocracia europea, de manera que empezaron a venir extranjeros al puerto de San Pedro del  Pinatar.
Sin embargo, no pasó inadvertida la presencia de una joven, guapa y rubia para el pueblo de San Pedro. Eran constantes sus visitas a la isla, despertando la atención entre los lugareños por su belleza. Se trataba de una princesa rusa, que, según decían, el Barón se había prendado de ella.
Y era cierto. Se había convertido en su obsesión, llegando utilizar todos los medios y recursos para invitarla  a sus celebraciones, bien sea a través de sus amigos aristócratas o de Casas Reales europeas, y con frecuencia, hacía venir a la familia en pleno, quienes viajaban desde Rusia a gastos pagados, de manera que estaba garantizada la asistencia  de la joven princesa. En breve tiempo, la familia de la joven princesa rusa llegó a pasar temporadas largas en el palacete del Barón, llegando a simpatizar y congeniar con los padres.
Los padres de la princesa le confesaron al Barón que estaban pasando por una situación económica muy crítica, y le pidieron ayuda financiera. Al Barón se le aparecieron los cielos abiertos, sabía que era una gran oportunidad para pedir la mano de su hija, de manera que podía tratar de contar con el asentimiento de los padres.
Y  así ocurrió.
Empezaron a preparar los fastos de la boda,  el Barón quería que fuese un acontecimiento suntuoso y de gran boato; invitaron con antelación a lo más florido y granado del aristocracia española y europea. Los regalos comenzaron a llegar, contrataron cocineros expertos en cocina internacional, músicos, criados… ¡aquello se convirtió en un fabuloso esplendor y ostentación!   No era de extrañar, porque así era la vida del Barón de Benifayó.
Durante mucho tiempo se habló de la boda del Barón, incluso se hicieron coplas en recuerdo de tan magnífico evento; todo el mundo salió contento menos una persona: la bella princesa. Se había casado contra su voluntad, fue una boda de conveniencia. El Barón se dio cuenta de que la princesa no era feliz con él, de manera que habló con los padres para que influyeran a su favor; estos, lo animaban diciendo que con el tiempo iba a quererlo, que aún era muy joven y que con el devenir de los años iba a  entender lo que es la vida y el matrimonio. En tanto, el Barón para intentar agradar a su joven esposa, todas las semanas organizada una fiesta en los jardines del palacete mirando hacia el mar. Sin embargo,  ocurría un hecho insólito. En el momento cuando todos los invitados estaban en los jardines disfrutando de la música, la princesa descendía hacia la playa y se ponía a caminar descalza, luego se sentaba en una roca y se quedaba mirando hacia la puesta de sol, hasta que acabara de ocultarse. Los últimos rayos, delirantes de colores rojizos en su rubia cabellera, creaban una exposición paradisíaca. Pero con una particularidad, en cuanto salía la luna, se  desnudaba y caminaba de un extremo a otro por la suave arena.
Cuentan los invitados que la vieron andar por la playa a la luz de luna, desnuda, que ni el mejor pintor del mundo podría hacer un cuadro tan bello como  ellos vieron. Y entre los invitados, había eruditos en arte y grandes coleccionistas.
Y esta escena se repetía una y otra vez cuando el Barón organizada una fiesta, de manera que se llegó a correr la voz en toda la alta sociedad de esta extravagante circunstancia, y muchos intentaban ser invitados por el Barón a su isla.
 Pero este hecho, también trajo sus complicaciones. Los invitados del Barón  empezaron a estar molestos con el comportamiento de la joven princesa. Decían que no había derecho a que le hiciera esas afrentas a tan excelente persona, e intentaban reparar dicho comportamiento. Pero el Barón no se enteraba, la seguía con la mirada turbia por el champán, y hasta parecía que disfrutaba observándola…
Una noche estrellada, los amigos del Barón tomaron una decisión: había que acabar con esta ofensa que la  bella mujer estaba haciendo a su gran amigo; era un ultraje y humillación. Y esa noche el plan se concibió: había que matar a la princesa haciendo creer que se había ahogado.  Para ello, contrataron a un pescador sin escrúpulos y borrachín, para que la  empujara mar adentro.
Tras oír la historia del viejo pescador en la cafetería del club, le pregunté:
–¿Y cómo conoce esa historia?
–Me la contó mi padre, porque fue a él a quien le propusieron que la matara y se negó –respondió con determinación.
Después de oír a Dimitri la traducción de los signos en ruso, los cuales significaban ‘desdichada’ e ‘infeliz’, me empezó a cuadrar el relato del viejo pescador.
Mi hija me miraba con atención, esperaba una explicación a la traducción del mecánico ruso. “Es una historia triste, pero te la voy a contar”…
Y empecé a narrársela mientras recogíamos los enseres del barco, luego, montamos en el coche rumbo a Murcia y continué con el relato.
Mi hija quedaba embelesada con mis relatos.
–Papá, ¿y es verdad que se aparece? –preguntó con candidez.
–Eso dicen… son varias personas que la han visto al atardecer en días de luna llena –dije, mirándola de reojo.
–¿Crees que nosotros podríamos verla?
–Un atardecer de luna llena lo intentaremos –respondí, sonriendo en connivencia.
Pero mi hija seguía pensativa…
–¿Te parece justo lo que hicieron los amigos del Barón?
–Lo que consiguieron fue que el Barón muriera al poco tiempo de tristeza… ¡y se acabaron las fiestas!


©antoniocapelriera