sábado, 26 de octubre de 2013

UN MÉDICO IRREVERENTE

Era su primera guardia como MIR (Médico Interno Residente). El MIR está capacitado para hacer guardias de 24 horas, siempre con la inestimable ayuda del Médico Adjunto, quien prácticamente duerme toda la noche, a no ser que al MIR se le complicara la guardia.
El hospital donde el joven Doctor hacía su primera guardia, era un centro comarcal, estratégicamente ubicado a una hora del mayor centro hospitalario de la Región.
La preocupación de todo MIR es no molestar al Médico Adjunto; y  tiene que intentar acabar la noche sin incomodar a su superior. Si esto ocurriese, al día siguiente sería la mofa entre los Médicos Residentes.
Y mayor escarnio ocurriría si el paciente expirase. Para algunos era una cuestión de pundonor y orgullo.
“En mi guardia no la palma nadie”, se decía más de uno.
Y era cierto.
Ningún Médico Residente quería firmar un Parte de Defunción en sus guardias nocturnas; era un desprestigio ante las enfermeras, auxiliares, celadores y demás personal de guardia. Sobre todo porque a nadie le apetecía amortajar a un muerto de madrugada. Era un fastidio.
Si alguno estaba en situación crítica, había que intentar mantenerlo con vida hasta que entre el turno de mañana. Había más personal y se podía dividir las responsabilidades del fallecido.
Pero un día ocurrió un hecho inaudito. Había un paciente que llevaba más de una semana agonizando. Los jóvenes médicos lo habían bautizado como ‘el inmortal’. Decían que era un pastor de ovejas, sin familia ni amigos, excepto un perro que lo aguardaba más de una semana en la entrada de Urgencias.
A la hora del café, los MIR hacían sátiras y bromas del pobre hombre. Se jactaban de que en su turno no pasaría a mejor vida. Entre otras cosas, no deseaban que así fuese, porque ninguno de los jóvenes médicos habían visto morir a ningún ser humano. Desconocían la experiencia de ver expirar a un ser vivo.
Y llegó el día de guardia de uno de los MIR más burlones e irreverentes del grupo.
-Tengo ganas de conocer al ‘inmortal’ –dijo a sus compañeros con pedantería -. Os aseguro que a mí tampoco me va a fastidiar la guardia.
-Pues ya le hemos inyectado de todo… no sé cómo le podrás alargar su agonía –dijo otro, entre risas.
De madrugada, el irreverente MIR, fue solicitado por una de las enfermeras.
-Doctor… el ‘inmortal’ se muere –dijo con mal humor -. A ver quién tiene ganas de amortajarlo a semejantes horas.
-Quiero conocerlo… ¿dónde está? –preguntó con altivez, dando a entender que le iba a inyectar lo que sea. En su guardia no iba a permitir que nadie le importune.
Al entrar en la habitación, el enjuto y anciano hombre de nariz afilada, miró al joven médico con sus ojos hundidos, y dijo:
-Ahora puedo morir en paz… dame un abrazo hijo mío.
La enfermera, desconcertada miró al arrogante Doctor.
-No sabíamos que era su padre –dijo entrecortada.
El médico quedó paralizado, literalmente. Parecía esculpido en mármol.
Y el viejo también, con los brazos extendidos, muerto.

©antoniocapelriera

viernes, 25 de octubre de 2013

MI VIEJO PROFESOR DE LITERATURA

Había oído que mi querido profesor de literatura vivía solo y jubilado en una casita modesta a las afueras de la ciudad; noticia que me extrañó, ya que él y su esposa vivían en una confortable vivienda en una de las calles principales de la ciudad. Parece ser, que al poco de enviudar, las garras de la soledad empezaron a mellar en su alegre espíritu. La noticia me entristeció. No podía imaginar a Don Fernando triste. Era todo ímpetu y alegría, fue quien nos enseñó a disfrutar de la poesía, la prosa y a descubrir a insignes autores...desde Cervantes a Neruda, y todos aquellos del Siglo de Oro, pasando por los de la generación del 27.
¿Qué le había sucedido al bueno de Don Fernando? ¿Acaso no nos había enseñado que en momentos difíciles un buen libro era el mejor bálsamo? 
Un buen día decidí ir a visitar a Don Fernando. Tras hacer algunas averiguaciones di con la casita del viejo profesor. Me dio un vuelco el corazón. La casa realmente estaba descuidada; el portal presentaba unas paredes desportilladas dejando ver unas sospechosas grietas. La puerta estaba entreabierta, asomé la cabeza con precaución y pude oír el cimbrar de una vieja mecedora. 
Allí estaba el solitario profesor, meciéndose suavemente con una carpeta en la mano. Golpeé remisamente la puerta con los nudillos, a la vez que pronunciaba su nombre:
-Don Fernando…Buenos días –dije en tono amistoso.
El viejo profesor volvió la cabeza hacia la puerta, con mirada imprecisa.
-¿Quién es? –preguntó siseando; le faltaban algunos dientes.
-Soy un antiguo alumno –respondí.
El anciano se quedó mirándome con mirada desvanecida.
¡Qué pena me dio! ¿Qué había sido de ese hombre de mirada franca y pródiga?
Me acerqué para saludarlo, y a la vez intentar distinguir qué estaba leyendo, con sus manos temblorosas.
Eran unas viejas hojas amarillentas sujetas a una carpeta con unas anillas oxidadas. Al ver mi interés por conocer lo que leía, me las acercó entre temblores.
Eran cartas poéticas de amor y ternura dedicadas a su esposa.
Era su bálsamo.
©capel

lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ENIGMA DEL SANTO CRISTO DE BRONCE

Repicaban las campanas del Templo de la Compañía de Jesús, situado en las faldas del cerro rico de Potosí,  llamando a misa. Era el día de la festividad de San Bartolomé. Todos los creyentes de la ilustre ciudad de Potosí sentían especial devoción al Santo que luchó contra el demonio, venciéndolo y acabando con el maligno.
-¡Petra!…¡Petra!, ¿dónde te has metido? –preguntaba la señora mirando impaciente el coqueto reloj de cucú colgado en una de las paredes del gran salón.
-Aquí estoy, señora –respondió la criada-. Ahorita estoy yendo a la Iglesia.
-Date prisa y resérvame el lugar de siempre –ordenó.
La señora le había mandado que se levantara temprano para coger sitio, porque con la festividad de San Bartolomé la iglesia se ponía a rebosar.
Cuando Petra llegó al Templo se lo encontró abarrotado, apenas pudo entrar. La gente se empujaba sin tapujos ni pretextos para conseguir un lugar.
A la pobre Petra casi le da un soponcio: ¡todos los bancos estaban ocupados! Incluso hasta unas sillas extras que habían colocado. Sin embargo, le llamó la atención que hubiera un espacio en uno de las bancos que estaba casi al frente del Altar.
-¿Está ocupado? –preguntó a una parroquiana.
Ésta la miró con una mezcla de ira y sorpresa a la vez.
-En ese lugar no se sienta nadie desde hace casi tres siglos –respondió la mujer.
-¿Y porqué pues? –preguntó inocentemente la ingenua Petra.
-¡Es del demonio! –respondió al instante.
Cuentan que era el lugar donde se sentaba una mujer potosina de alta alcurnia, Doña Ana Robles y su marido. Pero un buen día, su lugar lo ocupó con malas artes una bella joven rica y viuda; se rumoreaba que quería enredarse con el marido de Doña Ana.
Al llegar Doña Ana al Templo, vio que su espacio estaba ocupado por la atractiva viuda. Sus intenciones no dejaban dudas. Doña Ana le recriminó por su atrevida actitud, y ella ni corta ni perezosa, le hizo frente y no se movió de su  lugar. Se armó la trifulca en plena Casa de Dios. Fue llamado el marido, y éste, al ver que la alegre viuda había vejado el honor de su esposa, le lanzó un puñetazo que le puso la mandíbula de lado.
Tras varios meses de convalecencia, Doña Magdalena Téllez, que así se llamaba la lozana viuda, juró vengarse. Decidió casarse, pero con una condición: el futuro desposado debía castigar al matrimonio.
Pasaron los meses y no cuajaba el casamiento; no por falta de pretendientes, -que los tenía a docenas-, sino por la imposición de que el futuro cónyuge tenía que destruir a Doña Ana y al marido.
Pero un buen día, apareció en escena un vasco, mal parecido, sin ningún éxito con las damas y más excitado que un semental de reses indómitas. ¿Dónde iba a encontrar un guayabo así, guapa, rica y joven?
Se lanzó a por ella. Se consumó el matrimonio y desaparecieron una temporada. Estaban disfrutando de la  Luna de  Miel. El apellido del flamante y lascivo marido, pasó a la posteridad  como sinónimo de vigor sexual. Se llamaba Pedro Arrechua, coloquialmente Arrecho1. Al cabo de un tiempo, los parroquianos de la ilustre ciudad de Potosí, empezaron a echar en falta a los nuevos tortolitos. Eran muchos meses de Luna de Miel. Después del casamiento no se los volvió a ver por la Imperial Villa. La gente empezó a murmurar. “Tiene que estar agotado”, decían jocosamente.
Un buen día apareció por la botica la recién casada; había ido por medicamentos para su brioso marido.
-¿Cómo se encuentra el señor… Arrechua? –preguntaba con intención el boticario.
-Muy cansado, sumamente cansado –respondía malévolamente la alegre viuda.
Pero la realidad era otra. El pobre Arrechua estaba crucificado en un oscuro cuartucho, al fondo de la casona. ¿Qué había pasado?
Simplemente, el ardoroso marido se negó a realizar las atrocidades que la joven casada le había indicado. Ésta, presa de la ira, también juró vengarse; pero en este caso, de su marido. En el vino le dio un potente sedante y lo adormiló. Lo ató en una cruz que mandó traer, con el pretexto que quería hacer un altar. Lo izó, como pudo. Dicen que buscó ayuda con un sirviente negro, al cual después ahogó en una tinaja enorme de vino.
Parecía Jesucristo. Lo tenía sin comer ni beber. Estaba esquelético, resaltaba su enorme nariz, como buen vasco. Apenas se le veían los ojos, se le habían hundido. Pero ahí no terminó la odisea para el pobre Arrechua. Todos los días, la vil mujer,  le clavaba un alfiler de bronce para ver si deponía su actitud.
-¡Te voy a clavar tres diarios! –decía con la mandíbula cerrada con rabia-. Como a los toros de lidia, a ver si te los arrancas y cambias.
Pasaban los meses y los parroquianos se preguntaban qué estaba pasando. La única fuente de información era el boticario. Hasta el mismísimo cura un día se acercó para informarse.
-Es muy extraño, señor cura –dijo el boticario-. Sólo viene por sales astringentes.
-¿Sales astringentes? ¿Para qué sirven? –preguntó intrigado el párroco.
-Para desinfectar los jamones…pero no sabía que tuvieran cerdos –explicó el boticario.
El sacerdote tampoco sabía que tuviera cerdos. “Se lo voy a comentar al Corregidor”, murmuró el de la sotana.
Las murmuraciones se habían convertido en el pan de cada día. Todos los días aparecían nuevas historias. Unas jocosas con respecto a su apellido, otras truculentas. El Corregidor decidió que había que poner fin a tanta murmuración. Incluso algunos empezaron a dudar de la autoridad del mismo.
El Corregidor llamó al sacerdote:
-Vamos a investigar la casa de Doña Magdalena Téllez. Quisiera que  nos acompañe –le solicitó el representante de la Ley.
En realidad, se lo pidió porque el populacho llegó a hablar de demonios y fantasmas, y posiblemente habría que exorcizar la casa.
Tras pasar la verja de hierro forjado, y atravesar un porche con enormes piedras talladas, uno de los guardias que acompañaban al Corregidor, dio tres golpes secos con los aldabones de hierro macizo que colgaban de la gruesa puerta de madera.
-¿Quién es? –preguntó una voz afónica.
-La Ley –dijo el Corregidor-. ¡Abra la puerta!.
La puerta se abrió por dentro, dejando entrever a Doña Magdalena entre sombras. No había ninguna ventana abierta. La única luz que iluminaba era la llama oscilante de un cirio.
-Queremos ver a Don Pedro Arrechua –requirió el Corregidor.
La mujer fingió desconsuelo.
-No está.
-¿Dónde es encuentra?
-En los baños termales de Tarapaya –respondió la mujer con voz quejumbrosa.
-¿Está enfermo? –preguntó el sacerdote.
-Sí. Tiene reuma.
La respuesta para el Corregidor no fue convincente. Echó una ojeada por el salón. La débil llama apenas le dejaba ver con claridad.
-¡Vamos a requisar la casa! –dijo con autoridad el representante de la Corona-. Condúzcanos a todas las dependencias.
Sólo quedaba la pequeña habitación que daba al fondo. Las demás fueron inspeccionadas a fondo. No había evidencia de que estuviese.
Bajaron un par de escalones, tras un corto pasillo llegaron a la puerta del cuartucho. Estaba cerrada con llave. Doña Magdalena, se apresuró a abrirla. En ningún momento manifestó temor o inquietud. Estaba tranquila. Sin duda alguna, era fría y calculadora.
Nada más abrir, el sacerdote se santiguó. Lo  mismo hizo el Corregidor y los dos guardias que les acompañaban.
-¡Santo cielo! –exclamó el sacerdote-. ¡Qué maravilla de Cristo!
El Cristo estaba reluciente. Era una verdadera obra de arte, una auténtica filigrana. Estaba hecho con alfileres de bronce, uno junto a otro, sin dejar ningún resquicio. Las cabezas de los alfileres brillaban como el oro. No parecían de bronce. En la base permanecía un cirio de color rojo llameando, produciendo extrañas sombras.  
Tras comprobar que tampoco estaba el marido, dieron por finalizada la inspección, procediendo a cerrar la puerta con llave.
Pero hubo un detalle que no le pasó desapercibido al Corregidor. De vez en cuando oía el zumbar de un moscardón. Y antes de que dieran la última vuelta a la llave, pidió que abrieran nuevamente la puerta.
Se centró en oír el ruido del moscardón. Eran dos. Ambos entraban y salían por la parte de atrás del Cristo. Se agachó para ver con más detalle. Miró a la mujer. Por primera vez la vio nerviosa, motivo por el que sospechó más. Giró un poco al Cristo para ver mejor la parte posterior, se arrodilló, pero no  para rezar, sino pare ver el camino que trazaban los moscardones.
-¡Pardiez! –exclamó el Corregidor levantándose dando un salto hacia atrás, y tapándose la nariz con un pañuelo.
Resulta que el único lugar donde la afligida mujer no pudo cubrir el cuerpo de su marido con los brillantes alfileres de bronce, era el agujero del ano.
De ello se encargaron los moscardones.

arrecho, cha
1.     adj. amer. vulg. Excitado sexualmente, lascivo o lujurioso: se pone arrecho solo con mirarla 
©capel
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domingo, 17 de octubre de 2010

¡ Maldita Inquisición! Maldito Fray...

Fray Diego de Landa, subido en una gran piedra maya llena de jeroglíficos, se dirigió encolerizado a los españoles que había mandado citar:
-¡Oídme con atención! –dijo gritando-. A estos indios les hallamos gran número de libros con letras y figuras extrañas, que son supersticiones y falsedades del demonio, y se las hemos quemado.
Algunos de los colonizadores presentes apenas le hacían caso, estaban más preocupados en desmontar la selva para sembrar;  y preferían que sus indios estuviesen trabajando en sus tierras quitando hierbas que oyendo la palabra de Dios.
Este hecho enfureció más al fraile Landa.
-¡Traedme a  Pencuyut y a Tekit! –ordenó.
Y delante de todos, sacó una espada toledana y les arrancó una oreja a cada uno de los caciques mayas.
Francisco Montejo y Juan Pech, conquistadores veteranos, protestaron por el abuso.
-¡Se lo merecen! –exclamó Fray Landa-. Les he dado con su propia medicina, son sanguinarios.
Los conquistadores volvieron a desaprobar tal acción. Entonces Fray Landa decidió escarmentarlos ordenando cinco azotes a cada uno.
-Os estáis pasando- dijo uno de los colonos-. Me quejaré a la Corona.
El fray respondió quemando unos 5000 ídolos, multitud de manuscritos  y variados objetos sagrados. También ordenó que les raparan la cabeza. Algunos indios se suicidaron porque no pudieron soportar la humillación de que les cortaran el pelo.
La queja tuvo repercusiones. Felipe II mandó traer a Fray Landa para que se defendiera. Su obstinada actitud por evangelizar hizo desaparecer documentos valiosos de la cultura maya. No obstante, algunos colonos españoles guardaron algunos libros, que hoy en día, han servido para descifrar los misterios mayas. Mientras Madrid era una polvorienta aldea, los mayas poseían majestuosos observatorios. Sus pirámides tenían 365 escalones, coincidiendo con los 365 días del año.
El calendario maya finaliza el 23 de diciembre de 2012. ¿Qué pasará?
¡Maldita inquisición y santos oficios!
Dicen que al final de sus días, Fray Landa se arrepintió y escribió la obra más importante sobre la cultura maya.
¡A buenas horas…!
©capel

jueves, 2 de septiembre de 2010

Abuelo, ¿y por eso te hicieron Coronel?


Los Hogares del Pensionista y Centros de la Tercera Edad significaron en España un nuevo concepto de vida para los jubilados. Estos Centros Sociales para mayores, promueven la convivencia –a veces difícil- de los pensionistas; y canalizan el ocio y tiempo libre en diferentes actividades, que finalmente siempre son las mismas: jugar al dominó, participar en alguna rifa, bailar los sábados y alguna excursión que otra.
Es variopinto el personal que acude a estos Centros de abuelos: agricultores, pastores, jubilados del ferrocarril, albañiles, mecánicos, amas de casa, etc. de modo que el nivel cultural lamentablemente es limitado porque no han tenido la oportunidad –la mayoría- ni de ir a la Escuela Primaria, siendo la gran mayoría hijos de la guerra y pos-guerra civil española.
Muchos esperan que llegue el sábado porque es el día del baile; ahí se generan muchos flirteos y enamoramientos, algunos acaban en boda; pero son los menos porque los pretendientes al ser la mayoría viudos, prefieren llegar al amancebamiento porque si se casan pierden la pensión de jubilación.
-Prefiero “ajuntarme” para no perder la paga- decía uno de los abuelicos.
Sin embargo, la siguiente historia llama poderosamente la atención. Es el caso de un Coronel del Ejército del Aire, conquistador y galán de la Tercera Edad; deseado y apetecido por las ochentonas y envidiado y odiado por los abueletes.
No era para menos.
A este ochentón, -le gustaba que le llamasen “coronel” unas veces, y otras “piloto”-, tenía un gran poder adquisitivo con respecto a sus compañeros. Su sueldo era seis veces más y en algunas hasta ocho que el resto de los jubilados. ¡Era un potentado!
Sin embargo, su aspecto y forma de vestir desorientaba por su desarreglo ya que usaba colores chillones que no combinaban expresando un mal gusto; se colocaba en la solapa a modo de insignia un descomunal avión, y en la llamativa corbata amarilla colocaba una enorme hélice a modo de sujetacorbatas. ¡Ea!, ¡imposible que pasara desapercibido! Además era chocante que frecuentara un lugar como ese Centro de la Tercera Edad un Oficial de alta graduación cuando podía estar mejor considerado en un Casino Militar.
-Mi Coronel, ¿qué avión pilotaba usted?- pregunté intencionadamente.
-Un Junker alemán de siete motores- contestó tajantemente.
Ahí me percaté que mentía. Jamás han existido aviones Junker de siete motores.
-Mi Coronel, no me meta trolas. Ese avión no existe -le conteste mirándole fijamente a la cara para observar su reacción.
El anciano se derrumbó. Hundió la cabeza entre los hombros y con un susurro me dijo: “Le voy a contar una historia que me tiene atormentado muchos años.”
“Yo me hallaba destinado en la Base de Madrid como soldado de aviación, estaba encargado de proteger los tanques de combustible. Una mañana un Capitán y un Teniente republicanos, me dijeron que llene el avión de gasolina porque teníamos que huir puesto que las tropas de Franco estaban a punto de entrar”.
“El Capitán y el Teniente pusieron en marcha los motores del avión para que se calentaran, entre tanto, por el extremo de la pista llegaban las tropas franquistas; entonces el Capitán y el Teniente huyeron por una portezuela dejándome a mi solo con los motores en marcha.”
“Me dispuse a intentar parar las hélices pero no sabía, y le daba a todos los botones y llaves, y aquello no se detenía, hasta que entraron al avión las tropas del Generalísimo.”
“Una vez que me detuvieron un Teniente franquista me preguntó por mi Graduación y Escuadrón; yo le dije que era el soldado raso responsable de vigilar los tanques de combustibles. No se lo creyó. Dijo que un soldado no sabe poner en marcha los motores de un avión; que como mínimo hay que ser Oficial para tener conocimientos aeronáuticos, y en la Libreta de Registros que llevaba me apuntó como Teniente.”
“Terminada la guerra me fui a trabajar al campo porque era lo único que sabía hacer y además, porque me cogieron en zona roja y no tenia otra escapatoria.”
“Después de cuarenta años de dictadura vuelve la democracia con el presidente Adolfo Suárez, quien reconoce la antigüedad de los militares del bando republicano restituyéndoles el grado y asignándoles un sueldo.”
“Me llamaron porque apareció mi nombre en la Libreta de Registros como Teniente, y me dijeron que me correspondía la graduación de Coronel y me estipularon un sueldo.”
“¡Casi me desmayo! El encargado de darme la noticia se creía que era por la emoción. ¡Que va! Era por el dinero. Jamás en la vida soñé que me iban a pagar tanto dinero como jubilado.”
“Esa es mi historia: ni soy piloto ni soy coronel.”
©capel

viernes, 27 de agosto de 2010

Cómo echar a un cuarentón de casa


Francisco Javier es un Capitán de la Marina Mercante, jubilado, que ha surcado todos los mares del planeta. Como capitán veterano, tiene las huellas del duro trabajo de haber sido lobo de mar.
El aislamiento de la familia, los amigos, la sociedad, el país y la lejanía le han marcado su comportamiento y su forma de ser. El hecho de estar alejado de sus seres queridos: esposa, hijos, padres, hermanos, etc... ha condicionado la vida del navegante.
De vez en cuando, sus cortas estancias cerca de la familia, fue la leña que alimentó el fuego del cariño durante la larga separación. Francisco Javier vio crecer a sus hijos a “saltos”: tres mujeres y un varón. A todos ellos consiguió darles estudios universitarios.
Una vez jubilado y de vuelta al hogar empezó a adaptarse a su nueva vida: convivir con su esposa y con el único hijo que aún quedaba habitando en casa. Las demás, eran mujeres, se casaron y dejaron el domicilio paterno para constituir una nueva familia.
Los conflictos pronto empezaron. El hijo de 40 años, ingeniero, con trabajo, con buena posición social, no quería marcharse de casa a pesar de tener un magnifico chalet en una urbanización residencial.
El marino buscó auxilio ante un abogado y este le dijo que nada se podía hacer. Que no existe jurisprudencia para echar a un hijo de casa. Lo que más enrabietaba al Capitán era que su mujer trataba al hijo a cuerpo de rey; le planchaba las camisas, le preparaba comidas a su gusto y toda una serie de caprichos.
De ahí que el marino ideó un plan estratégico, porque entre otras insolencias del hijo, es que llegaba tarde a casa algo “alegre”. El hombre de mar empezó cambiando los muebles de lugar para que se desoriente, puso el perro a dormir en el salón, vació el frigorífico de cervezas, encendía la radio a las seis de la mañana, compró un canario y lo colocó cerca de su ventana, y cuando traía alguna “novia” le decía “¿tu eres con la que se va a casar o eres la que vino anoche?”…
A las pocas semanas el cuarentón marchó de casa.
©capel

viernes, 20 de agosto de 2010

TE JUBILAS Y TE OLVIDAN

 

            Don Francisco fue Director General de una importante Entidad Crediticia. Pero Director de los de verdad: con chofer y ordenanza. No como los de ahora, ya que ellos mismos hacen de chofer y de repartidor.

            “Parezco un vendedor ambulante”, se quejaba un Director de los de ahora, porque tenía que recorrer por las distintas sucursales bancarias a entregar material para captar clientes; es decir: se pasaba repartiendo menajes, vajillas, edredones y diversos utensilios de uso doméstico.

            Don Francisco tenía aspecto de lo que era: un señor Director. Por su despacho pasaron numerosos empresarios de la Región. No había empresario que no requiriere la bendición de Don Francisco para llevar a buen término su compañía. Ayudó a jóvenes empresarios, asesoró a los destacados e hizo incontables auxilios a quien se lo pidiera.

            Hasta el día de su jubilación fue generoso y espléndido. “Por fin podré pintar tranquilamente”, repetía a sus amigos. Le gustaba la pintura y no lo hacía mal. Creaba bocetos, esbozos y dibujos de todo cuanto le llamara la atención.

            Pero Don Francisco tenía un gran desconsuelo. Un hijo sufrió un accidente unos meses antes de jubilarse, y después de un coma y una larga convalecencia, el muchacho llegó a recuperarse. No concluyó sus estudios y decidió ponerse a trabajar.

            Don Francisco recurrió a todos aquellos empresarios que antes le halagaban y frecuentaban su despacho para pedir un empleo para su hijo, pero ninguno recibió a Don Francisco. Todo fueron pretextos y evasivas.

“La vida no es como un libro de cuentos, donde todas las historias acaban en un final feliz.", cavilaba don Francisco. Se jubiló y todos los aduladores desaparecieron.


"Los aduladores se parecen a los amigos como los lobos a los perros."
(George Chapman)
©capel